Bajo mínimos

por Alicia Pérez Gil



1.- Antes que escritora soy lectora.

2.- Me consta que no soy la lectora perfecta.

3.- Me consta aún más que no soy la escritora perfecta.

4.- Me consta —Sí, otra vez. —  que habrá quien lea esto como si estuviera escrito tras el filtro de la envidia, de la frustración o de ambas.

5.- El punto cuatro me trae al pairo, pero me apetecía dejar patente que me consta.

6.- Por algún oscuro motivo me nace justificar lo que voy a escribir a continuación, como si el solo hecho de ser consumidora de libros no me diera derecho a expresar mi opinión sobre lo que compro. Ni os imagináis lo que me fastidia esto.

7.- Ya me han dicho lo de que y a mí que me importa.

9.- A veces me pongo cabezona.

10.- Soy una utópata. Dícese de la persona con cierta tendencia a engancharse de una, varias o todas las utopías posibles.

Dicho lo cual, ahí vamos:
Estoy hasta el moño y no llevo moño. Estoy hasta el moño de que en televisión y en radio salgan señoras y señores escritoras y editores que dicen que en España no se lee y que el sector está en crisis. En principio la afirmación me molesta porque es falsa: cada mañana en el metro veo a un porcentaje de personas muy alto con sus libros de papel y sus lectores de libros electrónicos, enfrascadísimos en sus lecturas. Internet está plagado de blogs de reseñas, La casa del Libro y FNAC siguen rebosantes de clientes y conozco gente que vende más de mil ejemplares de sus obras al mes.

Hace nada que ha cerrado una librería al parecer emblemática de Barcelona que le echa la culpa de su cierre a, entre otras cosas, la aparición del e-book y la tendencia del español medio a no leer más que el anverso de las cajas de cereales. Ni un resquicio de autoanálisis ni autocrítica. Ni la más remota intención de echarse un poco la culpa ellos mismos también. No sé, quizá los libreros están libres de la necesidad de reinvención por la que pasan todos los negocios pequeños. A lo mejor los libreros no son como las perfumerías o las tiendas de ultramarinos. Quizá es que a ellos no les afecta la influencia de las grandes superficies, de la globalización ni ninguna otra tendencia. Sin ironía ninguna: a lo mejor el negocio de la literatura está exento de la necesidad de adaptarse a nuevas condiciones de mercado. Será que los libros no deben cambiar jamás de formato, de destinatarios ni de temática.

Bien, asumamos que los libros poseen algunas características inmutables. Me pido escoger una de ellas, por favor. Me pido escoger que los libros publicados por empresas que los ponen a la venta por un precio deban estar correctamente escritos. Me pido además escoger en qué consiste esa corrección, que luego vienen los de que “estar bien escrito” es una cosa subjetiva y no me apetece discutir eso en este momento.

Un texto bien escrito debe… —Vale, esto es más difícil de lo que parecía hace una línea.— Debe expresar con claridad la idea que contiene, debe respetar las reglas del idioma en el que está escrito, debe tratar al lector como un ser inteligente (nada de repetir la misma idea tres veces en un párrafo, por favor), debe evitar las formas no personales del verbo tanto como sea posible (lo sé, yo abuso del infinitivo más que de las grasas polisaturadas y los hidratos de carbono.),debe contar con una puntuación correcta, ocurre lo mismo con los adjetivos y alguna otra cosa más, seguro. De momento me conformo con estas, que son un puñadito. Quede claro que no hablo ya de la calidad literaria de una novela o de un relato, sino de la corrección de un texto. Sencillito: uno más uno dos y en español los adverbios finalizados en mente se deben utilizar como superlativos y o si la expresión compuesta no tiene una concordancia de sinonimia total (Esto último me lo dijo a mí una rubia hace como un año.).

Vale, con todo eso en mente llega una a una librería, abre un libro cuya portada le ha gustado, cuya sinopsis le parece atractiva; un libro publicado por una editorial conocida; un libro que cuesta 18 eurazos y que ha pasado por el filtro del propio autor, del editor y de unos señores y señoras a los que alguien paga por corregir para que cumplan con esto que decía yo más arriba. Lo mínimo que espera esa una; o sea, yo, es que el texto sea correcto. Lo mínimo es que los verbos concuerden con los sujetos y que los pronombres concuerden con los sustantivos a los que se refieren. Nada del otro mundo. No hablo de que la prosa sea brillante. Pido peras, sí. Pero a un peral. Además, las pido desde mi conocimiento, que es escaso. Pido mínimos. Imagino que alguien más versado que yo en estas lides pedirá otros niveles.

¿Por qué me pongo exigente y pejiguera con estas cosas? Pues porque estoy cansada de decir que quiero que la gente lea porque creo que a través de la lectura se amueblan las cabezas —Hay más modos de hacerlo. — . Y para amueblar bien las cabezas hay que usar mesas con cuatro patas, no sillas que cojean. Eso para empezar. Porque pago un dineral cuando compro un libro de papel y lo pago, al parecer, para remunerar el trabajo de editores y correctores entre otros. Esos señores que dedican su tiempo y su esfuerzo a cobrar un salario a fin de mes para que las obras de los autores a los que publican salgan a la luz con la ropa lavada y recién planchá.

por si a alguien se le ocurre la idea de que no, sí: pido los mismos mínimos a los autoeditados. Pero ese es otro asunto y debe ser tratado en otra ocasión.


Me fastidia que una editorial que rechaza manuscritos a porrillo publique luego un texto mediocre porque “encaja en su línea editorial”, lo que quiere decir que supone que le va a dar una cantidad razonable de beneficio económico. Las editoriales no son ONGs, eso lo tengo muy claro. Son empresas y sus dueños lo que quieren es vivir lo mejor posible y trabajar lo menos posible. Lo que quiere la mayoría, vaya. Bien, no hay problema. Entiendo que publiquen solo obras que se vayan a vender. Me toca las narices, pero lo entiendo. No lo comparto ni lo respeto, pero lo entiendo. Lo que sobrepasa mi capacidad de comprensión es que pretendan cobrar una cantidad desmesurada de dinero por un producto mal acabado.

Bueno, vale, lo entiendo. Pero cuanto más lo entiendo, más me indigna.

Y ya seguiré con el tema, porque me tiene contenta el mundo editorial, los dobles raseros aplicados por según qué escritores, según qué lectores y muchos segunes más.
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