Mormones violados, perros clonados

por Alicia Pérez Gil


Joyce, la violadora


En 1977 sucedieron muchas cosas, que para eso fue un año entero. Por ejemplo, un misionero mormón, de nombre Kirk Anderson, fue secuestrado y violado por una miss Wyoming, bautizada Joyce McKinney.

Kirk Anderson, la víctima
También es verdad que tengo al menos seis libros pendientes, tres proyectos a medias y cosas mucho más urgentes que hacer, pero ayer estaba incluso más enferma que hoy y me dejé atrapar por el sensacionalismo televisivo. Vi Tabloid de cabo a rabo y, si tuviera la oportunidad, lo vería hoy de nuevo. La protagonista de esta historia es Joyce, una mujer con su buena docena de síndromes sicológicos a la espalda, que se echa un novio mormón. El novio desparece y ella, desesperada de la desesperación, contrata un detective que le dice que el hombrcito está en UK, confirmándose en su mormonez.

Nuestra amiga Joyce se va a Inglaterra, le secuestra a punta de pistola, le encierra en una cabaña, le ata a la cama y le da un repaso pero bien dado. Vale, le da tres repasos. El muchacho escapa, a ella la detienen por secuestro, pasa un mes en prisión, hay un juicio del que ya me gustaría tener las transcripciones, consigue huir del país.

– No hui. No me gusta esa palabra. Me ofende. No hui. Me fui

La historia tuvo una repercusión brutal en la prensa inglesa. El Daily Mirror y el Daily Express cubrieron el evento con el mayor derroche de tinta de la época. El Express contó con las declaraciones en exclusiva de Joyce. El Mirror hizo los deberes en USA, donde encontró un exnovio aún enamorado que conservaba material de alto contenido erótico y unos cuantos anuncios en prensa especializada donde Joyce ofrecía servicios de prostituta.

Lo mejor del programa, el motivo por el que me tuvo con mi mocosa nariz pegada a la pantalla, no fue el morbo de la historia, sino mis prejuicios contra los mormones, tan guapos ellos, tan arregladitos; y, sobre todo, la personalidad de esta mujer.

Bajita, regordeta, mayor, con una sonrisa de las de apagar la luz porque ya no hace falta. Que no se enfade mi amiga María, pero en algunos gestos, sobre todo de los ojos, me recuerda a ella. Con una expresión de candidez que me tuvo convencida de su versión durante cinco o diez buenos minutos. Daba gloria bendita verla y oírla. Hasta ella misma dio gracias por las clases de arte dramático que había tomado.

En su mundo, Kirk se había mostrado renuente a seguirla cuando ella fue a rescatarla de la horrible secta; pero, gracias a una generosa dosis de dulzura y buen hacer femeninos, se había entregado a ella y habían pasado tres días de sexo pleno y satisfactorio tras los cuales le había pedido matrimonio. Encantada, como una novia reciente, había salido con él de su cabaña-nidito de amor. Visitaron Londres, dieron de comer a las palomas de Trafalgar Square, comieron en el Hard Rock Café, él salió a por el periódico y volvió con el gesto demudado: Scotland Yard y el FBI le buscaban. A ella se la acusaba de secuestro. Entre lágrimas y pasión se despidieron: él marcharía a explicar a su congregación que estaba estupendamente y que tomaba las de Villadiego. Nunca volvieron a verse. Nunca excepto durante el juicio, cuando, preguntado acerca de su connivencia en la relación sexual, contestó que todo había sucedido en contra de su voluntad. Ella relata, frente a la cámara, como su amado miró al dirigente de su iglesia que, con los ojos entornados, cual rabino malvado, le instó en silencio a que la condenara.

Joyce fichada.
¿No os encanta su expresión en la foto de frente?
A partir de este momento todo cae en una espiral de locura, disfraces, huidas, traiciones, antiguos novios, prostitución, bondage, Joyce eclipsando a Joan Collins en una premiere, siendo besada por el cantante de los Who, vilipendiada por el Daily Mirror, protegida por el Daily Express… Y ella más feliz que una perdiz con toda aquella atención. En serio, hablaba con total desparpajo de gente que arrastró su nombre por los suelos, se vanagloriaba de actitudes extrañísimas, entre irreverentes y surrealistas, lloraba cuando correspondía, se tomaba a risa experiencias traumáticas y, cuando ya parecía que la cosa no daba para más, décadas después, reaparece.

Joyce se recluye en el campo. Acosada por los cazadores de imágenes compra un perrazo. Unas farmacéuticas le prescriben un fármaco equivocado, el perro entra en furia bersheker, la ataca y casi la mata (brazo inútil, intestinos al aire, toda la parafernalia). Quiere la suerte que poco tiempo antes ella haya recogido de la carretera a un perrito, Booger. El perrito la adora, atiende a todas sus instrucciones y, en un arranque de valor y raza, la salva de las garras del perrazo enloquecido.
Campaña del Mirror

Años después, Booger muere.

Inmediatamente Joyce llama a un médico coreano que clona a booger. Durante el proceso, Joyce oye la voz de Dios en su corazón. Le dice que no se preocupe, que le devolverá a Booger y un regalo extra. Con el perro clonada nacen otros cuatro. Cosas de la ciencia. Y lo mejor es que la mujer se cree todo lo que dice; estoy convencida. No miente porque en su cabeza las cosas son así.
Joyce con Booger 2

Joyce en el documental
Y nada, aquí estoy yo, animándoos a ver Tabloid, el documental completo, que ha ganado algún premio y no sé si ha estado nominado a Oscars incluso…

Os dejo el tráiler.

Ya me contaréis…
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