La vía del Samurai

por Alicia Pérez Gil


Estoy cansada.

Esto no es una queja, ni un clamor al cielo sino un hecho: estoy cansada.

Por eso estos días se me ve menos por Facebook. Cada vez que entro encuentro una enorme cantidad de interferencias. Están las fotos de crecimiento personal con leyendas de las de vive y deja vivir, que siempre me han gustado en su justa medida y que ahora me ahogan. También encuentro fotografías de las que dicen lo bueno que es leer, algunas son muy graciosas. Hay publicidad a espuertas de unos y de otros. Antes había mucha mía también. Ahora hay poca o ninguna.

En general me aburro.

Me decían hace poco que es que yo soy una gafapasta y que, claro, así me ponen los huevos las gallinas. Siempre, desde que conocí el término, me he identificado con él: voy a exposiciones, me gusta comentar lo que veo; leo, me gusta hablar de lo que leo; escribo, me gusta hablar de escribir.

No he encontrado a mucha gente en las redes que disfrute del modo en que yo lo hago. Vamos, que no me he topado con muchos gafapastas. Y me pesa. Me siento un poco sola con todo el input que me chuto y sin personas de verdad con las que debatir ese input. Hace unos años, no muchos, sólo quería ser brillante y tener razón. Así que veía una peli, procuraba decir algo ingenioso al respecto y discutía hasta el infinito con quien me llevaba la contraria. Solo para tener razón.

Ahora echo de menos a alguien que tenga algo que decir acerca de alguna cosa. No pretendo ofender a nadie. Estoy segura de que la mayor parte de las personas cuyos estados leo son interesantes y tienen puntos de vista interesantes sobre al menos un par de cosas cada uno. Sin embargo, la mayoría de ellos se dedica durante muchas horas al día a actividades que a mí me parecen estériles.

Entiendo a los vendedores, a los polemistas, a los rotuladores de fotografías, a los graciosos, a los quejicas… Incluso disfruto de lo que hacen. El problema es que estoy saturada. No encuentro en la red ninguna conversación que me satisfaga. Seré una soseras, no lo niego. Pertenezco a ese grupo, que no sé si será poco numeroso o es que yo no he encontrado a sus miembros, que disfruta con una buena conversación a la vera de un café, de una caña o del chat de Facebook. Pero lo que yo considero una buena conversación escasea.

Lo que yo considero no es lo bueno, sólo es lo que yo considero.

Leo muros de escritores y me dan ganas de hacerme fontanera; o al menos de no decir nunca más que escribo. Aquí ya podéis empezar a ofenderos, si os va bien. Sigue sin ser mi intención, pero comprenderé la reacción. Veréis, es que cuando uno dice que es escritor, así, con todas las letras, dice muchas cosas, no sólo que escribe. Un escritor es una persona que se ha desarrollado intelectualmente al menos lo bastante para escribir una novela, un poemario o una colección de relatos. Al menos eso es en mi mundo un escritor. Mierda, me digo mientras releo. Resulta que conservo una visión romántica de los literatos. Repito: Mier-da. Es una idea a la que no quiero renunciar.

Quizá yo espere mucho de los intelectuales, yo creo que no. Espero lo mismo que de los científicos: un intelectual debe ejercitar su cerebro leyendo e intercambiando opiniones. El intercambio de opiniones es lo más enriquecedor que yo he encontrado hasta el momento. Te permite acercarte a un objeto, a una persona, a una situación, desde puntos de vista que ni te habrías planteado. Pero, para que ese intercambio se dé, debemos estar dispuestos a asumir que las opiniones de los demás son, al menos a priori, tan buenas como las nuestras.

Eso entre escritores no sucede. No sé si porque los egos de los que escriben han alcanzado tamaños inabarcables o porque los que se dicen en Facebook escritores solo son productores de textos escritos. Y mirad que me fastidia la distinción. De nuevo, creí que ya había pasado la época de las tonterías semánticas, que había dejado atrás aquello de escribidores, juntaletras y escritores. Pero va a resultar que creo que sí, que lo de ser escritor son palabras mayores.

Queda ahora decidir qué soy yo. En realidad es por ahí por donde debería haber empezado. Ya lo dice el señor kendoka con el que vivo: mi camino es mío. Nadie puede hacer mi camino por mí. Sólo yo puedo hacer mi camino. Añado yo que no puedo hacer el camino de los demás.

En mi camino está escribir. En mi camino debe haber personas. Sólo puedo desear que lo que escriba traiga a mí las personas adecuadas. Hasta ahora ha sido así: he tenido mucha más suerte con lo que he encontrado que con lo que he buscado.

Sigo releyendo y llego a lo de “debe haber personas”. Quizá no. Yo creo que sí, pero quizá no.

Seguiré informando.
Anuncios