El clásico

por Alicia Pérez Gil



A ver si soy capaz de resumir, con cierto gracejo y sin ofender a nadie, todo lo que he aprendido hoy. Pero aprender de verdad de la buena. He comprobado cosas que sospechaba y ahora soy una persona mejor y más rica y por tanto me tomaré un pedazo de bizcocho de zanahoria que hice ayer.

Como todo el mundo debería saber, soy del Madrid por obra y gracia de las hormonas adolescentes y una relación mal aspectada con mi padre. Mis novios siempre han peferido a los blancos así que eso no me ha traído ninguna desgracia. El actual tenía Gol TV y ahora Canal +. Además de todo ello, Xabi Alonso me parece un tipo muy mirable, los deportes me hacen gracia y yo, por compartir una afición, me apunto a casi cualquier cosa; así que llevo dos ligas pegada al televisor cada lunes y cada martes. Ese es todo mi conocimiento del deporte rey. O sea, que soy una absoluta analfabeta. Sirva esto como precedente.

Así las cosas, el Madrid lleva unos partidos muy majete, se ha metido en la final de la Copa del Rey (No sé si esto es un nombre propio pero, por si acaso, le pongo las mayúsculas), el sábado le atizó un dos-uno al Barça y mañana se juega la Champiñons (Es chiste doméstico y no pienso cambiarlo. En casa la canción de la Champions League va unida indefectiblemente a Lisa Simpson cantando Niños, niños. Futuro, futuro y ahora es Champiñoooonssss. Futuuuuroooo.). Todo esto ha traído mucha tinta de esta de mentira que nos gastamos en internet, muchos comentarios y análisis y a mí me ha abierto la puerta a un mundo nuevo.

Que nos veníamos creyendo algunos que la capacidad de análisis era propia de científicos y la chanza aguda e incluso mortífera de los que jugamos con las letras; pero no. Los señores y las señoras (aunque no me he encontrado ninguna espero que las haya) del fútbol son tan capaces, tan divertidos, tan procaces, tan precisos, tan todo, como los analistas de cualquier otro tipo. Incluso más, porque analizan desde la emoción de los colores. Algunos incluso despojándose de ella. Y descubren así conspiraciones, complots, estrategias propagandísticas, tendencias, mentiras, juego sucio y cualquier otra de las muchas cosas que se puedan encontrar en una buena novela de suspense o en un buen reportaje de investigación. Y no me burlo, ojo. Esto va muy en serio: hay mucha capacidad intelectual invertida en desentrañar los misterios que rodean al fútbol.

¿Por qué no me burlo? Porque soy una ingenua. Cuando veo los partidos los comentaristas me sobran. Se ponen de un florituroso que da mucho repelús o dicen cosas que yo no veo. En serio, asumen intencionalidades según les vaya la feria y, sobre todo, se inventan cosas que no suceden. Cosas como que Pichiflús señala con saña a su contrincante cuando lo que Pichiflús ha hecho ha sido, no sé, atarse el cordón de la bota, pongamos por caso. Yo había atribuido esto al asunto colorista: si un periodista es del Pichónez Balompié, pues hará comentarios Pichonistas. Y punto. Bastante malo me parecía ya el tema en esos términos; porque, sea de la rama que sea, un periodista se debe a la información veraz y objetiva. Pero es que resulta que no, que hay intereses creados en el fútbol como en todo y las arengas de comentaristas, presentadores y redactores responde a esos intereses y a ninguna otra cosa.

Llevo un rato pensando que ya es puñeta que toda esa gente que dedica sus esfuerzos a desvelar tramas deportivas que descubren la bajeza de algunos empresarios, técnicos y deportistas no utilicen la Fuerza para el bien y se dediquen a poner de manifiesto los horrores de la política y la economía; la desigualdad social, la pobreza, el racismo o alguna otra lacra con mejor prensa que el fútbol. Pero ¿Quién soy yo para pedir eso? Yo me encierro en mi cuarto a desentrañar historias que nunca han pasado, ni pasarán sobre personas que nunca han vivido ni vivirán. Y cuando me cuadra en la agenda me manifiesto en contra de la privatización de la sanidad pública. Los autores de los blogs que he estado leyendo hoy hacen lo mismo.

Una es pequeña –Ni peluda, ni blanca ni tan suave que bla, bla, bla.- y no se da cuenta de que la pluralidad existe por mucho que los antipluralistas se empeñen (¿nos empeñemos?) en negarla. No todas las personas que salen a la calle a protestar son buenas personas con una gran conciencia social. Ni todos lo que van al hipódromo son ludópatas ni, por supuesto, los que acuden a los estadios de fútbol son discapacitados intelectuales.

Sin embargo, para alcanzar a la pluralidad es necesario alcanzar al mayor número posible de individuos. Y, amigo, los individuos son un asunto peliagudo. Porque son los otros. Y son los otros de uno en uno. Son esos que quizá tengan ideas mejores que las nuestras, que quizá nos gusten más que las nuestras y que por tanto nos obliguen a cuestionarnos a nosotros mismos. Con lo complicadito que es eso de cuestionarse uno y lo fácil que es cuestionar al de en frente. Mejor seguimos como hasta ahora ¿no?
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