Gato por liebre

por Alicia Pérez Gil



Hay novelas buenas que ni te van ni te vienen, de cuya calidad eres consciente pero que no traspasan esa línea entre las letras y el cerebro con la que nos pegamos los que escribimos para otros. Hay novelas malas de arrancar que contienen alguna cosa, algún detalle, que te engancha y no puedes dejar de leerlas. Hay novelas buenas que disfrutas, novelas que no disfrutas pero con las que aprendes, novelas que cierras porque duelen… Vamos, que de todo hay en los anaqueles de las bibliotecas y, en el mundo de la letra impresa, el que no se consuela es porque no busca.

Para mí Gato por liebre ha sido, es, una buena novela con la que he disfrutado, he aprendido y por la que doy gracias.

Habla de Gaby, una mujer guapa, inteligente, chispeante, llena de vida, que se pierde a sí misma y lo pierde todo en una relación tóxica de las que dan miedo. También habla de Abolafio, un diablillo de los que van en el hombro de las personas, redondo, brillante y colorado, con un gracejo y un garrulismo pueblerino que tiembla el misterio.

Os diré que la trama me ha succionado de tal modo que ni siquiera he visto las torpezas de redacción que le veo al mismo Tolstoi (O a sus traductores, dejen mi yugular en paz.). Esto no quiere decir que no las tenga, sino que a mí, la neurótica de la corrección ajena, la que se tira de los pelos cuando descubre un error propio (En realidad lo que sale sobre mi cuero cabelludo en las fotos es una peluca carísima.), a mí mismísima, si alguna incorrección me ha pasado desapercibida. Os dirá también que la prosa de la Roman es fluida, asequible como la que más sin resultar por ello plana. Encaja las frases hechas con un léxico cuidado y preciso de modo que el conjunto resulta colorido, personal y muy atractivo.

Otro de los grandes aciertos de esta mujer es el ritmo. En la página dos ya están pasando cosas. No te has dado cuenta de que estás leyendo cuando ya te has sumido en una vorágine de pensamientos, personajes y acciones. Bien por Regina, que no te deja respirar.
En cualquier caso, a mí lo que me ha vuelto loca es la manera de explicar un tema tan duro, tan triste, tan común y tan delicado como el maltrato sicológico no ya con gracia, sino con sensibilidad, profundidad y ligereza; con una claridad meridiana, con una vocación de servicio intensa y sospecho que sentida ¡sin perder todo lo bueno de una obra de ficción!

Sí, lo reconozco, doy palmas con las orejas. Lo fácil en estos casos es caer en el drama tópico que todos conocemos, que nos conmueve y quizá nos lleva a la lágrima, pero que no nos remueve. Sin embargo, Gato por liebre, un libro que podría haberse convertido en un culebrón o en un manual de autoayuda, cuenta una historia, desarrolla unos personajes y te pone delante de las narices esas actitudes de las que hay que huir como de la tiña.

En definitiva, una novelaza.

Por lo que me toca, lo he pasado mal mientras leía. No conozco mucha gente tan fuerte que jamás se haya encontrado con un parásito del estilo del prota masculino de Gato por liebre. Somos humanos y todas y todos pasamos por etapas de vacas flacas emocionales. Yo he sido muy ingenua, muy manipulable, muy débil y muy tonta. Me han traído y me han llevado por donde les ha dado la gana porque casi nunca he confiado en mi propio criterio. Y no han sido los hombres los que más me daño me han hecho, sino las mujeres. Una en concreto, que se llamaba mi amiga y me convenció de que era:

1.- Una persona pasiva y cobarde.
2.- Una persona egoísta y nada empática que prestaba mucha atención y luego la quitaba y que eso hacía daño a los demás.
3.- Una mujer incapaz de tener amigos porque todos los hombres perseguían únicamente mis favores sexuales.
4.- Una mujer sin estilo.
5.- Una mujer envidiosa.
6.- Una tonta de la que todo el mundo se aprovechaba.

Consiguió que no escribiera apenas durante 20 años porque me conocía y sabía que exigírmelo era la mejor manera de que no lo hiciera. No la culpo, ojo, supo aprovechar mi debilidad y yo dejé que lo hiciera.

No creo que ninguna de las cosas horribles que me hizo creer ni que ninguna de las malísimas decisiones que tomé debido a su influencia sean culpa suya: yo soy dueña de mi cabecita y responsable de mis actos. Así que quitar la puerta de mi cocina y de mi baño y tirarlas a la basura, por gilipollas que parezca, son acciones de las que me responsabilizo. Dejo constancia de ellas para que os hagáis una idea de a qué extremos de estupidez es capaz de llegar una persona cuando deja en manos de otra asuntos que le incumben solo a ella.

Y suscribo las palabras finales de la narradora de Gato por liebre: huyamos como de la peste de todas las personas que no nos dejan crecer, que nos ahogan, que nos hacen sentir pequeños, insignificantes o feos. Busquemos la felicidad. A saco. Con todo.

Para terminar quiero dar las gracias a Regina: Gracias, rubia cambiante. Creo que hay mensajes que no pueden transmitirse de manera efectiva si uno no los ha integrado primero, así que creo que debes de ser una mujer de verdad positiva, de verdad segura y de verdad, de verdad. Me alegro infinito de haberte conocido y de seguir leyéndote.
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