Sara y Margarita

por Alicia Pérez Gil

Ambas jugaron el juego según las reglas de otros. Ambas ganaron.
Cada una nació con unos atributos. Ambas los aprovecharon.

Yo no puedo llorar la lucha de Sara Montiel, ni celebrar su victoria porque no las comprendo. Me cuesta juzgar con ojos de una época en la que no viví y en la que habría sido infeliz, manipulada, traída y llevada. Me cuesta no ser la Alicia injusta que cree que, con la inteligencia que acompañó ese cuerpo, Sara podría haber hecho más cosas. Podría haber ido más allá, llegado más lejos que a la joyería de la esquina. O al joyero.
No me gusta de mí lo que voy a decir, pero es cierto que no me sale respetarla. Lo que obtuvo ella no se logra siendo estúpida. Por eso le exijo más.
Comprendo más a la Thatcher aunque la hubiera abofeteado. Me cuesta menos comprender su empeño en hacerse oír, que comparto. Esta mujer obtuvo un poder real, ejerció una influencia real en el mundo que vivió. Seguro que familias ex-mineras celebran su muerte. Seguro que familias de soldados muertos hacen lo propio. Yo no comulgo con ella pero la admiro. No solo porque ganase en un juego de hombres, sino porque les venció sin armas de mujer.
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