Westley, Verano, Otelo y Pipi

por Alicia Pérez Gil

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En el principio fue Nymeria, la cachorra de lobo wargo que se queda con Arya Stark, la pequeña de los Stark. Sí, ya sabéis, la niña fea de Juego de Tronos que quiere ser un niño porque no le ve futuro a lo de la feminidad. En mi oficina una chica circuló un e-mail en el que explicaba que su casero había descubierto a sus dos gatos y la invitaba a elegir entre conservar a los bichitos o el piso. Dado que Nymeria terminó en el brazo de mi sofá enganchadísima a Perdidos la primera noche que pasó en mi casa y que no ha salido de allí desde entonces, queda claro qué escogió mi compañera.

Nymeria tenía un par de meses, era una pelotilla blanca de pelo. Una ricura en toda regla. Me cabía en el hueco de las dos manos, era tímida, asustadiza, frágil y necesitaba mucha atención. A mí me daba miedo tocarla, no se fuera a romper. Al principio, entre su timidez y mi miedo, casi no nos hablamos. Se escondía de mí, me miraba con los ojazos azules que conserva y daba vueltas como una loca alrededor de las patas de la mesa. Hasta que me hice la digna y pasé de ella, momento que aprovechó para dejar claro que sí, que se sentaría cerca de mí porque ella quería y no por desesperación o por mi insistencia. Luego llegaron Sawyer y Jack y nos hicimos íntimas. Se dormía entre mis brazos y me chupaba las yemas de los dedos como si no hubiera mañana.

En semana y media me informaron de que Nymeria, con quien yo había trabado una relación de complicidad pocas veces igualada en mi historia, era más Nymerio que otra cosa. Se me quedó cara de idiota, miré al gatito, él me miró a mí, se encogió de hombros, me indicó que la culpa era mía por no preguntar y se conformó con Westley. Westley, el campesino, que entra de vez en cuando en modo Pirata Roberts y ya te puedes despedir de tus medias.

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El hermano de Westley seguía en su casa, muy próximo al abandono o al sacrificio. Para entonces Wes me ponía de los nervios. El pobre pasaba las horas solo en casa y, a mi llegada, se me tiraba encima en busca de juegos, caricias, comida, o lo que fuera. Por supuesto, deduje yo solita que lo mejor que podía hacer era llevarme al gato mayor a casa para que hiciera compañía al pequeño y que eso me dejara tiempo libre para hacer mis cosas de soltera huraña. Verano aterrizó en mi piso dos semanas después que Wes. Esa tarde, en lo que bajé a comprar un segundo arenero y un segundo set de recipientes agua-comida, se desencadenó una guerra. A mi regreso, un reguero de gotas de sangre adornaba el parquet del pasillo: desde el salón hasta mi cuarto. Una bola de patas y pelo blanco rodaba entre lo que sonaba como maullidos de dolor. Presencié lo que había desencadenado esa debacle un par de días después: Verano, el gato mayor, paseaba por la casa mientras Wes le acechaba, taimado. En un descuido se le tiró sobre el lomo, le mordió en un costado y el otro se defendió, lo que provocó un nuevo ataque. Con el tiempo una aprende que eso son juegos felinos. Ya digo: con el tiempo.

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Otelo llegó a casa de la mano de Emilio, el archiconocido rizos. Es un tigretón anaranjado, timidísimo, apocado, miedoso pero tozudo como una mula. Se esconde de todos los desconocidos y de parte de los conocidos, pero se sentó encima de mí la primera noche que pasé en casa de su dueño, ante la atenta mirada del mismo, que creo que decidió adoptarme sólo para no pasar por el suplicio de enseñar a convivir al gato con otra mujer, ya que yo le daba tan buena espina. Una de las cualidades más destacadas de Otelo es su infinita capacidad para dormir en cualquier ángulo. Si le entra sueño, no importa dónde esté: se queda frito, se le descuelga la cabeza e incluso es posible que se desplome y se despierte del impacto. La última vez se desmadejó en mi regazo. Parecía un trozo de pellejo elástico.

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La historia de Pipi es compleja. Otelo tenía un hermanito: Yuki. Yuki era un gato blanco como la nieve, vivo, despierto, curioso. El estereotipo de gato hecho gato. Murió poco antes de que Emilio se viniese a casa. Fue el primer gatito por el que lloré. Le despedí con una caricia en la naricilla y un apretón de patas. El pobre estaba muy cansado: una afección de los riñones. Me miró a los ojos antes de cerrar los suyos. Pipi vivía entonces en casa de un compañero de trabajo que pasaba mucho tiempo fuera. Todas las circunstancias a la vez terminaron en una nueva adopción. Nos costó sudor y mucha risa sacarla de debajo del sofá donde se escondía. Cuando lo conseguimos y la llevamos a casa no tardó en encontrar un sitio en el que esconderse: entre el horno y la vitrocerámica. Nos fustigó con su indiferencia durante tres largas semanas en las que nos preguntamos si habríamos hecho bien. La gata se mostraba huraña, despegada, fría… hasta que cambió.

Una de las mejores cosas de mi vida sucede a diario: Emilio y yo hemos terminado de cenar o de comer y nos sentamos en el sofá. We vive en el respaldo, junto a la ventana del salón. Otelo, Verano y Pipi se turnan los cojines y un Poäng que hay junto a la tele. Una vez aposentados el Rizos y yo en el tresillo, los tres gatos se recolocan encima de nuestras piernas. Se hacen ovillos o se estiran. Se hacen su hueco, como las gallinas ponedoras, nos abrazan si se tercia y ronronean. Nosotros les acariciamos. Vemos nuestra serie o nuestra película y siempre, invariablemente, interrumpimos el curso del programa para avisarnos de que uno de los cuatro ha cambiado de postura o ha hecho un mohín monísimo. Sonreímos como bobos. A veces, muchas, nos besamos.

Los gatos salen a la puerta a recibirnos, nos echan la bronca si llegamos tarde y nos castigan con maullidos madrugadores si trasnochemos en exceso. Nos consuelan si estamos trsites, nos piden caricias y atención. Cada uno tiene su personalidad: Pipi es un arma de destrucción masiva con un claro trastorno de la alimentación. Cuando algo no sale como ella quiere, le da una colleja a alguno de los otros, bufa y se va a comer. Verano exige con un gañido insolente que le abras la bañera para jugar con el agua cada vez que entras en el baño. Otelo pierde su sitio porque tiene miedo de que los gestos bruscos y casi siempre se le adelanta alguien. Wes tiene un maullido afónico, irresistible, que usa para recordarte que pasa mucho tiempo en lo alto del sofá y que ya es hora de que le cedas tu regazo.

Todo lo que te dan los gatos es gratis. Son listos, sí, y te echan pulsos de poder. Por ejemplo, se suben en la mesa del comedor cuando saben que no deben hacerlo, te miran de reojo para ver si reaccionas y saltan cuando ven que vas a levantarte para enchufarles con un spray… Pero es un juego. No hay gatos malvados. Los hay mejor o peor educados, más o menos traviesos, más o menos sociables, pero ni uno solo es malo. Cuando se acostumbran a ti y te conocen y se dejan conocer, se establece con ellos una relación muy parecida a las buenas relaciones con buenas personas: hay un cariño mutuo y sin exigencias.

Hay quien opina que, antes de dedicar esfuerzos a salvar animales callejeros, habría que dedicarlos a salvar a niños de las calles. Yo tengo sentimientos encontrados al respecto, así que no me pronunciaré. En cambio, sí que creo que quien no es capaz de amar a un animal, de respetarlo, de mala manera podrá amar o respetar a un semejante.

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