La niña que amaba a Tom Gordon

por Alicia Pérez Gil

 

 

 

En La flor de mi secreto, Marisa Paredes escribe con una pluma de apariencia cara y pesada. Traza apenas dos frases, extraídas de una novela de Djuna Barnes cuyo título creo que no se menciona en la película. Lo hace sobre unas hojas naranja rabioso. 

En el mismo momento en que vi la tinta negra correr sobre el papel anaranjado quise repetir el gesto en la soledad de un bonito ático en una ciudad grande llena de tráfico. En aquel momento, para mí, escribir una cita de mi propia elección, tomada de un libro escrito por alguien con un nombre exótico, era el colmo de la sofisticación.

He recordado esto hoy porque , todos estos años después, me he encontrado a mí misma en la planta baja de un edificio de oficinas en una ciudad grande, con un Pilot azul y un cuaderno de cuadros de los que compramos en la empresa, anotando un párrafo entero de un autor de conocido prestigio (o desprestigio, depende de a quién le preguntes): Stephen King.

Releo La niña que amaba a Tom Gordon. La primera vez lo leí en versión original y siempre lo había traducido como La niña que amó a Tom Gordon, lo que demuestra que mi dominio del inglés no es tal dominio. Lo hice con prisa; con esa prisa que dan los libros del maestro porque les imprime un ritmo tan frenético que sólo quieres saber qué sucederá a continuación. Ahora lo releo con fines didácticos. La mayor parte de la novela transcurre en un bosque donde una niña de nueve años, camino de diez, se pierde. La pobre lo pasa fatal. En el país de los ciegos contiene una parte central que sucede en un terreno agreste, posiblemente una zona arbolada, y mi protagonista también está perdido y también debe sobrevivir. Podría haber empezado por un manual de supervivencia en aras de la documentación, pero esta novelita corta contiene casi todo lo que necesito. 

Aun así la estoy leyendo con la misma voracidad de la primera vez, de modo que hoy he sacado el bolígrafo y me he dicho, Ali, párate cuando veas algo que te sirve, porque nos conocemos y no vas a pasar por ella una tercera vez. La cerrarás, confiarás en tu memoria y se te olvidarán las sutilezas. Sí, recordarás lo más gordo, pero los detalles que establecen la diferencia no. 

Me he hecho caso y, entre otras muchas cosas, he transcrito este párrafo: 

“ Era la cabeza cortada de un cervato. Había caído por la pendiente del montículo, dejando un reguero de sangre y brotes de helechos manchados. Se había detenido al borde del agua, vuelta del revés. Sus ojos eran un enjambre de liendres. Regimientos de moscas habían aterrizado sobre el muñón de su cuello.” 

No, no es el mejor párrafo de la historia de la literatura, no es agradable, pero es un buen párrafo. Me lo he quedado mirando a los ojos y le he preguntado:

 – Oye ¿Tú por qué eres bueno?

 – Echa un vistazo.

 – Sí, eso hago.

– ¿Y qué ves?

 – Sustantivos. Veo muchos sustantivos para una descripción.

 – ¡Ahá!

 – Y todos con su contenido semántico: cervato, pendiente, montículo, reguero, sangre, helechos, borde, agua, revés, ojos, enjambre, liendres, regimientos, moscas, muñón, cuello.

 – Ahí lo tienes.

 – O sea, que el truco no es usar muchos adjetivos floridos, sino sustantivos con cuerpo y aroma, como los vinos…

 – Eso parece. Y seguro que ves otra cosa.

 – No sé, no caigo…

 – Cuando dices contenido semántico estás muy cerca de decir otra cosa.

 – Bueno, a mí todas esas palabras me despiertan ecos de otras. Por ejemplo, cervato me recuerda a cervatillo y cervatillo a Bambi. Y Bambi con la cabeza cortada ya es bastante siniestro. Pero además Bambi es marrón y los ciervos me recuerdan a caballos y cabezas de caballos me recuerdan a El padrino, así que el sentimiento de amenaza se junta con el de injusticia y desmesura. Asusta un poco la verdad.

 – ¿Algo más?

– Hmmmmm. Pendiente, montículo, reguero, sangre, helechos, borde, agua me dan una idea muy clara del entorno. Pero eso está relacionado con el contexto. Yo sé que la chica está en un pantano y tal…

– Vale, pero ¿y el resto?

– El resto da mucho asco, la verdad. Pero bueno, me esfuerzo. Revés convierte la escena en algo retorcido. Aún más retorcido, quiero decir.

 – ¡Ehhhh! Muy bien esa cursiva. El maestro la habría colocado justo ahí.

 – Sin coñitas, párrafo, que te dejo a medias.

 – Tú sabrás. No soy yo quien está aprendiendo nada.

 – Whatever. Ojos, enjambres y liendres forman el trío ganador. Los ojos son la parte más sensible del rostro. Seguidos de cerca por la boca. Enjambres da sensación de movimiento, de mucho movimiento, incluso. Y liendres tiene esa facultad de algunas palabras de llevarme a un entorno muy preciso: niños en una escuela a merced de todos los contagios.

 – ¿Ves como podías hacerlo?

 – Espera, no he terminado. Veamos… Moscas es un poco más normal, pero continúa creando atmósfera desagradable. De hecho, moscas conlleva zumbido. Las moscas hacen ruido. Al menos en mi cabeza. Muñón nos recuerda que falta algo ¡el resto del caballo! Y cuello cierra con una referencia al principio del párrafo.

 – No está mal, no. Si fuera tú me sentiría orgulloso.

 – Así que, resumiendo: El padrino ha enviado la cabeza cortada de Bambi a unos niños de parvulario.

 – Algo así. Sí.

 – ¿Sabes una cosa?

 – Pues sí, alguna sé.

 – Lo malo de todo esto es que ahora que lo sé, todo lo que he escrito me parece bazofia de cuarta.

 – A ver, mujer, tampoco hay que exagerar.

 – Pero eso no es lo peor.

 – ¡Lo que te gusta el drama!

 – ¡¡¡Lo peor es que me he dejado a esa niña en medio de la ciénaga y no recuerdo lo que ocurre después!!!

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