Smart ¿phone?

por Alicia Pérez Gil

 

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Hoy es un día especial.

Ha habido varios días especiales en mi vida, todos muy parecidos. De hecho, dada mi afición a las papelerías y a la profusión de las mismas, he tenido tantos días especiales como cuadernos y bolígrafos nuevos. Con cada nueva adquisición llegaba la promesa de escribir más (siempre más) y mejor (sea eso lo que sea), de emprender una nueva disciplina y adoptar una rutina efectiva. He pasado por libros del Ordning & Reda, libretas de Agatha, cuadernillos cuquis, resmas de papel suelto siempre que el tamaño o la pauta se distinguieran del resto…

Más tarde, hace apenas un año y medio, llegó la Tablet. Una pequeña, manejable, que me cabe en el bolso. Iba a ser el último invento en mi carrera literaria, el artilugio por excelencia que me permitiría teclear en los tiempos muertos del metro, durante la hora de la comida en el trabajo, frente al café del Starbucks y en cualquier parte, en realidad. Por supuesto, no fue así. Con la pobre Tablet tuve el problema de que la aplicación de open office para Android que me descargué me ponía tantas trabas ya sólo para abrir documentos nuevos y guardarlos, perdí tanto texto por accidente, que me volví a los cuadernos.

Llevo tres o cuatro días usando el artilugio con Evernote y mi productividad ha alcanzado cotas míticas. Y no es que vaya a abandonar a mi reencontrada mascota, sino que esta tarde adopto otra:

SAMSUNG GALAXI SIII

Hará lo mismo que la pequeñaja pero pesa mucho menos, tiene una cámara de 8 megapixels, lo que permite un postprocesado decente sin demasiada pérdida de información, viene con su tarifa de datos barata para que pueda inundar las redes sociales, es azul y no blanco, cabe en el bolso, el mismo Evernote permite la sincronización con mi amigo MAC y la propia Tablet, me permite usar el Line y… Sí, bueno, como es un teléfono se puede hablar.

Me hace ilusión. La pantalla es lo bastante grande para mis dedos y lo bastante pequeña para que no me lean por encima del hombro como si fuera el periódico, me permite crear listas de música para diferenciar la que oigo en el gimnasio, del resto. Me hace ilusión mandarme mensajes gratuitos llenos de caritas sonrientes con mi novio, me apetece poner comentarios absurdos acerca del Dortmund-Madrid mientras como palomitas.

O sea, que con mi izquierdismo (que es real), mi conciencia ecológica (menos acusada pero igualmente real), mi ansia por diferenciarme del resto porque me aterra ser un número y mis todas esas otras cosas, quiero lo mismo que la mayoría, disfruto con lo mismo que la mayoría, me afectan la publicidad y la presión de grupo lo mismo que a la mayoría y caigo en los defectos y actitudes de los que abomino.

Esto no es malo. Esto es lo que hay. Hay que aprender de una vez por todas que las personas nos repetimos más que el pimiento o que la morcilla. Hay algunos signos externos que parece que nos diferencian de nuestros congéneres, pero se trata de elementos superficiales: unos pintan, otros escriben, otros hacen macramé, cerámica, deporte o nada frente al televisor. Hay personas más y menos creativas, es verdad. Hay personas con unos rasgos más evidentes que otros: radicales, se dice. Pero todos somos iguales. En la esencia, en lo que somos al final, somos calcos unos de otros: nos enfadamos, nos alegramos, disfrutamos, nos entristecemos, nos enorgullecemos, presumimos, nos avergonzamos… de nosotros, con nosotros, por nuestras cosas, por cosa ajenas, en la intimidad o en público. La manera de hacer y lo  que hacemos no son lo importante. Lo que es sólido en cada ser humano son sus motivos y sus emociones (ni siquiera los pensamientos) y estos son siempre los mismos o al menos un rango muy pequeño de ellos.

Miremos alrededor y démonos cuenta de algo que cambiará nuestras vidas y nuestras relaciones para siempre: los demás quieren lo mismo que nosotros. Quieren ser felices. No quieren molestarnos, no quieren ponernos en evidencia ni herirnos. Su fin primero es la propia felicidad. Con eso en mente, con ese concepto bien amarrado a la conciencia, hay que valorar qué respuesta damos a las personas amargadas que nos devuelven un ceño fruncido en lugar de un buenos días. La gente no es negativa porque le guste, sino porque no sabe ser de otra manera.

Aunque sea difícil, quizá podamos compadecerles y ayudarles. Aunque sólo sea ofreciendo nuestra felicidad a cambio de su amargura. Si somos positivos de verdad, esto no menoscabará nuestro bienestar, pero quizá mejore las vidas de otros.

Que digo yo que, como construcción mental para justificar la compra de un Smartphone tampoco está  mal ¿no?

 

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