Satisfecha

por Alicia Pérez Gil

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Veréis, la mayoría de vosotros me conoce únicamente por lo que escribo en este blog, o en el otro blog o en Facebook. Es lo que ocurre ahora con muchos de nuestros contactos. Esto trae una consecuencia que no es privativa de la red, pero que sí se nota en este medio de manera mucho más acusada. Sólo muestro lo que muestro, lo que me apetece. En la vida en tres dimensiones existen los gestos reflejos, los despistes, los tonos de voz. En la red, si no digo que estoy triste o que estoy contenta, es más difícil advertirlo.

Hoy estoy orgullosa.

De mí.

Hace meses que estoy muy orgullosa de mi hermana pequeña. Olga está en medio de una situación que nació en octubre y que nos ha tenido, sobre todo a ella, con el corazón en un puño desde entonces.

A esas alturas del otoño, mi cuñado sufrió un hictus. No sabemos cómo ni por qué. De buenas a primeras se le inflamó el cerebro, comenzó a dolerle la cabeza y tuvo miedo. Miedo junto con el valor y la presencia de ánimo de llamar a urgencias, esperar a que llegara la ambulancia, avisar a mi hermana, abrir la puerta a los paramédicos y notificar que tiene implantes de metal en la espalda. Luego perdió el conocimiento y pasó varias semanas en coma.

Los médicos nos dieron muy pocas o ninguna esperanza. El primer día dudaban de que Juan fuese capaz de sobrevivir a esa noche. Más tarde dudaron de que despertara. Luego las incógnitas se trasladaron  a cómo sobreviviría una vez despierto. Las lesiones cerebrales son imprevisibles. No hay nada que acumule más magia ni más misterio que el cerebro humano. De él surgen mundos enteros: La Tierra Media, Narnia, el Nautilus. De la misma materia nacen las ideas que llevan al Holocausto. De nada se puede decir con mayor precisión que es capaz de lo mejor y de lo peor. Dentro de nuestros cráneos conviven todas las posibilidades del universo. Cuando las mentes se desconectan nadie sabe cómo se van a reconectar. Pasa con las drogas y pasa con los derrames cerebrales.

Cuando despertó tardé en verle. Toca hablar ahora de mi incapacidad para ofrecer consuelo. Es una incapacidad que lamento y que no me deja dar el pésame a tiempo, ni ofrecer ayuda cuando se necesita. Lo único que puedo decir en mi descargo es que si me llamas iré. Y si hay que limpiar un palacio de doce pisos y podar los jardines los podaré por ti. Lo que no sé cómo se hace es decir que no pasará nada y que todo saldrá bien. No sé hacerlo porque, cuando alguien sufre, yo sufro. Cuando alguien a quien quiero, llora, yo lloro. Y lo único que me sale es hacer cosas. Porque mientras haces cosas, parece que solucionas algo. No sirvo para alma en pena ni para animar. Yo estoy para lo que haga falta, cuando haga falta. Así que cuando preguntaron a  Juan si quería vernos y dijo que sí, fui.

Le vi mal. Muy mal. Mi hermana estaba animada, claro, pero yo sólo tenía miedo. La primera vez no hablaba aún, no movía apenas el lado izquierdo del cuerpo y yo no podía saber si nos conocía. Emilio se portó como yo no supe y habló con él; una conversación entera. Yo me quedé a los pies de la cama con cara de acelga, impotente, incapaz.

La segunda vez fue mejor. Ya hablaba, se mantenía erguido, bromeaba, me conocía, conocía a Emilio. Pasaron tres o cuatro semanas entre una y otra. Ahora está en una clínica de alto rendimiento en Badalona y parece que el cambio es espectacular. También parece que va a recuperar una gran parte del uso de su brazo izquierdo. Diréis que con el derecho ya se puede dar con un canto en los dientes, pero es que Juan fue atropellado a los 21 años por una mujer con menos escrúpulos que cerebro y es parapléjico. Si no me falla la memoria, desde la octava vértebra. Así que la diferencia entre dos brazo y uno es mucho más grande que en mi caso, por ejemplo.

Durante todo este tiempo, Olga ha estado a su lado. Primero porque le quiere. Si no le quisiera, otro gallo nos cantaría. Y segundo porque es lo que se hace: estar. Quedarse. Cumplir con los compromisos. Ha estado ahí, ha sido fuerte, sigue siendo fuerte. Mucho más que yo y tanto como mi madre. Aquí el eslabón más débil de la familia es la que suscribe. He visto cómo mi hermana pequeña se ha portado como una señora hecha y derecha. La he visto consumirse a ojos vista, seguir trabajando en el hospital, viajar a Cataluña todas las semanas y no rendirse nunca. Y me he sentido muy orgullosa y muy afortunada de poder decir que esa chiquilla  (es lo que parece) es hermana mía. Sí, esa con la que nadie puede, con la que nada puede. Esa que, cuando flaquee, podrá hacerlo entre mis brazos. Esa que se ha ganado (ya lo había hecho antes. No ha tenido una vida fácil) descansar para los restos.

He hablado hoy con ella y me ha pedido una serie de favores muy tontos. Cosas como encontrar juegos de nuestra infancia, como el Conecta 4 o el Quién es Quién, Hundir la flota, puzles… porque les dan el alta a finales de Mayo y a la cabeza de mi cuñado, que tiene mucha pinta de ir a recuperarse por completo, le queda un largo camino por delante. Al parecer le cuesta relacionar y recordar. Tiene además  un importante déficit de atención.

No se concentra, se le va la cabeza… con todo excepto cuando mi madre le lee “Inquilinos” (Un momento, que se me caen las lágrimas). Cuando no saben qué hacer, mi madre –que ha pasado esto con mi hermana a pie enjuto, con un par de huevos a su edad y en su estado de forma- mi madre, digo, le pregunta a Juan si quiere que le lea. Él le pregunta si tiene mi libro, porque ese le gusta. Y mi madre le lee mientras él escucha.

Le lee relatos de terror y suspense que escribí pensando en casi cualquier cosa excepto en un hombre en pleno proceso de recuperación de un hictus. Unos cuentos para adultos en los que veo errores de novata, torpezas, palabras mal usadas, estructuras simplonas y algunos finales deslavazados (toma propaganda y autobombo). Ojo, que no son malos relatos, es que los miró con ojos de madre neurótica. En cualquier caso, son mis historias y ayudan a Juan a fijar su atención. Aunque sea poco tiempo. Aunque sea de vez en cuando.

¿Qué queréis que os diga? Aunque nadie más leyera nunca una palabra mía, me doy por satisfecha.

Eso y que, si queréis escribir, escribid. Aunque creáis que no vale la pena ni llegará a ningún sitio. Yo ni me imaginaba que unas pocas páginas de mi puño y letra dieran para tantísimo.

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