Discapacidades

por Alicia Pérez Gil

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En mi equipo de tres personas, que lidero, una de ellas tiene una ligera discapacidad intelectual. Cuando la conoces no resulta evidente, pero en un segundo vistazo se percibe el leve estrabismo del ojo derecho, la boca casi siempre entreabierta y un andar pesado que combina con la espalda apenas encorvada. Ya digo que, en un primer momento, esta mujer joven (acaba de cumplir 24 años), pasa por una persona como cualquier otra. Porque lo es, claro. Una persona normal.

Jara trabaja mucho, de manera constante y aplicada. A veces se le va la cabeza a sus cosas, como a todos; sólo que en ella este hecho es más perceptible porque carece de la picardía de ocultarlo. En eso también se nota su discapacidad. Sin embargo, lo que hace más evidente que hay algo diferente en ella no es ella, ni su actitud, sino la de los demás.

Hace ya tres años que trabajamos juntas, así que he tenido tiempo de observarla. Es cierto que me avisa cuando baja a desayunar –todos los días- y que me pregunta muchas veces acerca de la misma tarea. No le gusta equivocarse y ha aprendido que la mejor manera es asegurarse de las cosas, así que hay días que me desespera. Tengo un compañero altamente ineficiente que me saca de mis casillas y a quien suelo mandar a freír espárragos del orden de… bueno, cada vez que se acerca por mi escritorio. Aunque sólo venga a preguntarme de qué manera puede hacer su trabajo sin molestarme. A este muchacho no le paso una. Soy incapaz. Además, el asunto no me concierne a mí en exclusiva. En las inmediaciones de mi puesto, nadie soporta sus interrupciones ni sus dudas. Hablamos de un hombre adulto, casado y con tres hijas.

Tenemos un cuidado especial con Jara: le explicamos las cosas más despacio, más veces, con más paciencia. Usamos un tono más amable, construcciones gramaticales más sencillas y cuando se equivoca se lo señalamos sin armar ninguna escena por culpa del error. Aunque suponga que un trabajo se terminará más tarde o signifique un sobreesfuerzo para nosotros. Porque ella, asumimos, es especial, distinta, y necesita que la cuidemos y la protejamos. Al menos en nuestro ámbito, al menos en lo que nos toca relacionarnos con ella.

Por lo general, Jara es una chica alegre, se relaciona muy bien con todos sus compañeros, acepta las tomaduras de pelo, embroma a quien corresponda… Lo que todos hacemos. Sin embargo, tiene muy poco control sobre las emociones que dependen de su autoestima. El otro día se acercó a mí y me pidió una reunión en privado. La noté muy afectada, cercana a las lágrimas y enseguida me encerré con ella en un despacho –soy su jefa-. Le costó sudores fríos y muchas lágrimas, mucha agitación y mucho balbuceo contarme lo que yo resumiré en unas pocas líneas: un par de semanas antes, un compañero se había acercado a mi sitio a preguntarme por el contacto de la mediadora que trabaja con Jara. Le pregunté si había algún problema y me dijo que no, que lo necesitaba por un viaje que el equipo de fútbol de la empresa estaba preparando y al que Nacho, el otro trabajador discapacitado de la compañía, quería asistir. Le di el número de teléfono y allí terminó la cosa. Al menos para mí.

Jara, que es un poco cotilla, había escuchado su nombre en la conversación y había deducido, ella sola, sin ninguna ayuda, que nuestro compañero tenía algún problema con ella, que estaba enfadado y que no quería hablarla más. Esto coincidió con unos días de mucho trabajo, así que el otro chico, por supuesto, no se acercó a Jara, ni la habló. Ella se puso a analizar qué podría haber hecho y concluyó que todo venía del día del cumpleaños del otro, cuando no se había levantado a felicitarle.

No imagináis lo mal que lo pasó, la angustia. Sus primeras palabras fueron de disculpa. Antes de contarme todo esto y de ponerle nombre me dijo que lo sentía mucho, que había tenido un mal comportamiento y que por eso había sucedido todo. Me llevó mi buena media hora y muchos mocos lagrimeros extraer toda la historia. Jara estaba de verdad convencida de que alguien había dejado de quererla. Y decía que lo respetaba, que sus razones tendría. Cuando le expliqué lo que en realidad había pasado se quedó mucho más tranquila, respiró hondo y se sintió muy tonta pero aliviada (me lo dijo).

Yo le he estado dando vueltas desde entonces. La tratamos con todo el cuidado, somos exquisitos con ella y aún así se lleva unos malos tragos horribles, la pobre. Sin embargo hay personas a las que tratamos como a trapos sin pensar en sus sentimientos, en sus emociones, en cómo procesarán nuestras palabras, nuestros gestos. Y no lo pensamos porque la mayor parte de nosotros hemos aprendido a procesar las ofensas y a controlar las emociones negativas; de manera que sólo una acumulación extrema de las primeras nos hace el daño suficiente para dejarlo translucir.

No se trata de callarnos lo malo. No se trata de dejarnos pisar por la ineficiencia de los demás, ni por sus malos modos, ni por lo que nos molesta. Se trata de tratar a los otros como nos gustaría que nos trataran a nosotros. Y es difícil. Mucho. La repetición mecánica, los hábitos, están tan arraigados en nosotros que supone un esfuerzo considerable romperlos. Para mí es un reto no poner cara de perro a este chico o no ser borde cuando percibo determinadas actitudes que no soporto. Pero debo hacerlo.

Un ejemplo, para terminar: esta mañana el compañero irritante me ha interrumpido. Ha colocado unos papeles en mi mesa, ha balbucedo algo que no he comprendido, le he dicho que sí a todo y, cuando se iba, le he preguntado por qué habla tan rápido. Al parecer está muy cansado y en ese estado no controla su vocalización. Le he dicho que es que es muy difícil seguirle. Me ha contestado que me hablará en inglés, que le han dicho que en inglés es muy lento. Nos hemos reído.

Con ese pequeño esfuerzo hemos conseguido reírnos, yo le he dicho lo que tenía que decirle y espero que se haya quedado con la copla. Ya veremos. La cuestión es que, por lo menos esta vez, no he terminado con los pelos erizados por el odio y la frustración. Oye, eso que me llevo. Eso que nos llevamos todos.

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