El exótico hotel Marygold

por Alicia Pérez Gil

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Los británicos saben hacer este tipo de películas corales, comedias agridulces como Love Actually, en las que se intercalan historias duras con relatos simples, en las que el final es feliz a lo cuento de hadas con princesas y bodas, pero alguien se queda por el camino. De la mejor forma, pero por el camino. Como en la vida, que te pone en contacto con unos y con otros. Unos se quedan, la mayoría desaparecen y tú sigues hasta el final, donde todo saldrá bien y si no, es que no es el final.

Extrañas circunstancias llevan a seis ancianos a pasar sus últimos años de vida a la India, donde esperan alojarse en un hotel de lujo. Por supuesto, se dan los momentos graciosos típicos: habitaciones sin puertas, malos entendidos, un anfitrión obsequioso, el clima… Pero todo eso pasa a un segundo plano en cuanto los huéspedes se dejan ver.

Maggie Smith y Penelope Wilton son mis personajes favoritos. La profe de transformaciones de Harry Potter interpreta a una mujer asustada, llena de prejuicios, confinada en una silla de ruedas, racista hasta la médula, que se ve obligada a viajar porque no puede permitirse una operación de cadera. Sufre con cada intercambio, con cada interacción o golpe de brisa. Ella sólo quiere volver a su casa, rodearse de sus cosas, de su familia. Pero no puede. No tiene casa, no tiene cosas ni tiene familia. Sólo se comunica con una criada hindú, una intocable a la que enseña a limpiar el suelo. Con malos modos y derramando condescendencia. En la escena en que la Smith le cuenta en perfecto inglés a la hindú, que no lo habla, la historia de su vida, la cámara se mantiene en los ojos de la joven paria mientras se oye la voz de la viejecita. Y entonces el personaje de la anciana desagradable, que resultaba cómica y despreciable por su odio a todo lo diferente, aparece en forma de persona completa. Y el espectador se conmueve o es que está muerto.

Penelope Wilton, que comparte Downton Abbey con Maggie Smith, es una mujer agarrotada, inflexible, histérica, miedosa y mezquina a la que nadie ha enfrentado jamás con sus defectos. Exigente, quisquillosa, celosa, insegura… Creo que es el personaje que más sufre de toda la película. Sufre porque la realidad es más grande que ella, porque no puede meter en tarros ni en vereda a los otros, a sí misma, a La India o al calor. Sufre porque no encuentra la calma, porque no sabe dónde está, porque todo lo que ha trabajado para conseguir en la vida se le ha escapado.

Y estos dos personajes, que durante la primera mitad de la película me resultaron antipáticos hasta la náusea, me llevaron a pensar en personajes más reales, más cotidianos: domésticos. Por ejemplo, las ancianitas adorables que te clavan un paraguas en los riñones mientras esperas al autobús. Hace un par de semanas una de ellas se nos coló en una tienda de helados. Entonces sólo pensé en lo desagradable que era y el morro infame que tenía. Hoy se me ocurre que en realidad es una pobre mujer. Alguien que basa su estima, su felicidad, en salirse a toda costa con la suya, si puede ser pasando por encima de algún congénere, debe de llevar una vida muy triste.

No creo que las personas sean malvadas de manera gratuita. No creo en el mal por el mal. Creo que la perfidia esconde una retorcida manera de obtener satisfacción. Y creo que deben de ser muy desdichados quienes conocen el placer sólo a través del sufrimiento ajeno. Quien no disfruta de un dulce si no es robado no disfruta del dulce, sino del robo. En España, no sé si por nuestros complejos, admiramos esas figuras ladinas: los pícaros que usan su astucia para prosperar hasta donde son capaces, siempre a costa de otros. Sospecho que algo de eso hay cuando se admira a banqueros estafadores, por ejemplo. Lo que me pregunto es si esos personajes son felices de verdad. No me refiero a que el dinero no de la felicidad, sino a la falsedad que implica basar la plenitud propia en la capacidad de engañar al prójimo.

Conste que  no les justifico y que no les tengo ninguna simpatía. Creo que deberían pasar todos una larga temporada —una vida o dos — prestando servicios a la comunidad. Pero empiezo a compadecerles.

Llamadme loca…

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