Estática

por Alicia Pérez Gil

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Es que, dicen, hoy en día lo primero es la imagen.

Y como tenemos la mala costumbre de tragar la mayoría de las píldoras que nos dan, con o sin azúcar, tragamos con eso sin darle muchas más vueltas. La consecuencia directa es que, efectivamente, los libros y las personas se escogen por las portadas. Ni siquiera, además, deben ser personas o portadas bellas, sino llamativas. O, lo que me gusta menos aún por lo que tiene de aún más superficial y volátil: que cumplan con la moda. Incluso, vayamos un poco más lejos, deben atenerse a su rol.

Las mujeres nos depilamos las piernas, decoloramos el vello de nuestros brazos y lloramos lágrimas amargas si nos sale una sombra en el bigote. Como si fuera culpa nuestra, como si esos pelillos debajo de la nariz señalasen una culpa horrenda, un pecado atroz. Cuando envejecemos de manera más o menos natural, sin haber echado horas en el gimnasio ni haber empleado grandes presupuestos en cosmética o en cirugía, nos sale celulitis, se nos descuelgan los pechos, encanece nuestro cabello, se nos arrugan los rabillos del ojo, perdemos colágeno y además dejamos de ser fértiles.

Ser una mujer estéticamente aceptable, si no te toca una genética generosa, es un trabajo a tiempo completo. Yo tengo una piel impecable aunque empiezan a salirme manchas, los ojos muy grandes, bonitos, el pecho abundante, una estatura aceptable, un bonito pelo oscuro, una sonrisa agradable. Tengo todo eso y, como un porcentaje aterrador de las mujeres que conozco, cuando me miro en el espejo veo todo lo demás. Lo que la naturaleza no me ha dado pero exige la publicidad y, de mano de la publicidad, exigen las personas a mi alrededor y exijo yo.

Me niego. Voy muy despacio, pero voy, a lo largo de la senda que lleva a la creencia real de que le cuerpo sirve para vivir, que hay que cuidarlo porque cuanto más sano esté, mejor vida me dará y nada más. Me niego a asumir como cierto e inamovible que las mujeres con narices grandes, los ojos juntos o patizambas tengan menos oportunidades de encontrar un buen empleo. Me niego a destrozarme la columna por montarme en unos tacones matadores que sólo sirven para perpetuar un modelo de ser humano que no me gusta. Me niego a sufrir por no llevar la última marca, el último volumen.

Limpia, cómoda y adecuada. Si me acuesto tarde tengo ojeras. Si como grasa me salen granos y si cumplo años me hago vieja. Si vivo y me uso, me estropeo. O me enriquezco. Todas sabéis lo difícil que es quererse a una misma. Quizá no se nos haya ocurrido que es imposible querernos si no nos vemos. Y para vernos hay que mirarnos. A nosotras, a todo lo que somos. Porque también somos lo que ocultamos.

¿Tenemos que escondernos por ser humanas? ¿Por ser bajitas, demasiado flacas, por tener el pelo fosco o por combinar los colores según un criterio que nadie más comparte? ¿Tenemos que esconder nuestros michelines, nuestras cicatrices? No.

Tenemos que reclamar lo que somos y enorgullecernos. Y no intentar ser otra cosa. Una pelirroja neumática vale tanto como una castaña enclenque o una rubia obesa. Vale tanto como se quiere. Y, ojo, las más deseadas no están libres de complejos. Pero los complejos sólo son ficciones. Son síntomas que encierran una única realidad: que somos muchas, que somos diferentes, y que ningún canon puede encorsetar todas las variedades de belleza.

Me pregunto qué sucedería si un buen día dedicásemos la media hora extra que empleamos en nuestro aspecto, todas nosotras –y todos nosotros, no me olvido de los hombres- a pensar sobre nuestras vidas, sobre quiénes somos y qué queremos, cuáles son nuestros valores y nuestros deseos.

Al final es lo que importa: quién eres. No qué pareces ser.

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