Sentir los colores

por Alicia Pérez Gil

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Hay cosas que no comprendo bien. Por ejemplo, no comprendo bien el apego emocional de los aficionados del fútbol a sus equipos. Eso que hace que se llore cuando se baja a segunda división o se den saltos de alegría cuando once tipos (más los suplentes) a los que no te une nada de nada, ganan un trofeo que jamás verás; excepto pagando para visitar una sala de exposiciones.

No lo entiendo, no, aunque lo comparto. Salen los once merenguitos al campo y ahí estoy yo, con el corazón en un puño cuando la situación lo requiere, cabreada si se tercia, triste en su caso… Pero todo esto de manera genuina y real, con sus latidos desacompasados, sus sonrojos, sus pitos y sus aplausos. Una cosa incomprensible.

Como soy de mucho darle vueltas a la cabeza, he llegado al conato de conclusión de que lo que hay es una especie de transferencia de identidad. A uno le llegan los colores de una manera o de otra, por motivos futbolísticos o emocionales, o lo que sea,  y la moto ya está comprada. Y está comprada para siempre. No hay nada que hacerle. Las personas que han decidido comprometer su identidad con otras cosas no lo comprenden. Es normal: para ellos un equipo de fútbol no significa nada. Igual que para mí no significan nada muchos otros objetos o aficiones. Yo qué sé, estilos de música con los que uno se identifica o hábitos alimenticios. Cada uno sabrá qué le mueve el mondongo.

No comprendiendo bien el apego emocional y sintiéndolo como una believer siente lo suyo, me fui al Bernabeu a ver el último partido de Mou en la liga española. Iba a palmear todo lo palmeable porque soy muy de ponerme del lado de quien creo que no ha sido tratado con justicia; en este caso, Mou. Por parte de la prensa deportiva española. Que no sea ni prensa ni deportiva ya lo hablaremos en otra ocasión.

En el campo había mucha más gente de la que yo esperaba. Claro, que mi idea era que allí estaríamos dos y el del tambor. Entre ellos, muchas personas con ganas irrefrenables de gritar a los cuatro vientos lo que pensaba de la prensa esa que ni es prensa ni es nada. Hicieron mucho, mucho ruido. Y no me gustó. Seré una ameba sin sentimientos, pero por mucho color que tiña mi víscera motora, soy de la opinión de que las madres de nadie no tienen la culpa de los despropósitos que cometan sus hijos adultos. Creo además que el insulto vociferado dice más de quien lo profiere que de quien lo recibe y me parece un engorro tener que desmarcarme de esas actitudes. Me explico: no soy una perroflauta y estuve en el 15M del mismo modo que no soy una energúmena pero estaba muy cerca de algunos el otro día en el campo.

Dicho lo cual, yo esto lo escribía para decir que hay actitudes que comprendo menos aún que la exacerbación de los colores. Por ejemplo, la ausencia absoluta de sangre en las venas. A mí me habían hablado de unos seres extraños que iban al estadio del Madrid a comer pipas con la única inquietud de terminarse la bolsa y abuchear a su equipo. Yo me lo creía lo justo. Hasta el sábado pasado. Delante de mí se sentó un hombre con gafas de sol, camiseta azul eléctrico y una bolsa de pipas de tamaño familiar. Le identifico como objeto de estudio inmediatamente y sigo sus no andanzas durante los 90 minutos del partido y los 10 de descanso:

Por megafonía sueltan la alineación de ambos equipos. Yo aplaudo la del Osasuna porque son mis invitados y hay que tratarles con cortesía. El tío de azul abre la bolsa. Suenan los nombres de los jugadores madridistas y yo aplaudo aún sin mucha pasión. Salvo cuando mencionan a Essien y a Ozil. Debilidades de una. El colega de azul se aplica con las semillitas de girasol.

Entregan un trofeo a Cristiano Ronaldo. Yo aplaudo y el de azul ni se inmuta.

Sale Mourinho al campo, los fotógrafos invaden la zona del entrenador y parte  del terreno de juego, se para el partido, la grada se viene abajo: la mitad pita, la otra mitad jalea al portugués. El tío de azul, impertérrito, sigue con lo suyo. Yo alucino mucho.

Comienza el partido. Nada reseñable. La mayor parte del juego se desarrolla en el campo del Madrid porque el Osasuna está más en ello. Hasta que llega el primer gol de nuestro equipo. Yo me lo pierdo porque estoy intentando hacerle una foto a Ozil. Nadie es perfecto. El tío de azul quizá se lo haya perdido también, porque no mueve un músculo.

Los ultras cantan el nombre de Mou. Yo coreo y aplaudo. A mi alrededor oigo coros, aplausos y pitos. Más o menos al 50%. Aquello no va con el tío de azul, que continúa pelando pipas con una diligencia que para mí quisiera yo en otros menesteres.

Segundo gol, de Essien: me levanto, aplaudo, se me sale una sonrisa de felicidad genuina que me hace pensar si no estaré mal de la cabeza. Por supuesto, el tío de azul… ¡No, un momento! Cuando Essien corre al banquillo a celebrar el gol con el entrenador del que va despedirse en un rato, el tío de azul reacciona. Desde su espalda le oigo decir, sílaba a sílaba: “Negrata gilipollas”.

Me quedo con una cara de alelada que aún conservo.

El resto del partido transcurre exactamente igual. El tío es un abonado del Madrid que se ha gastado 400€, que ha ido al campo, que se supone que simpatiza con el equipo y lo único que hizo, excepto comer pipas, fue ese comentario inaceptable. Y eso sí que no lo entiendo. No entiendo el esfuerzo económico, el sol que soportó en el asiento –yo me freí-, el estoicismo emocional ni el exabrupto.

Y con gente como esa se identifica a la afición madridista. Con esos y con otros peores. Vas a un campo de fútbol con la sana intención de disfrutar del espectáculo y ver a unos señores que te dan horas de diversión vía satélite y te encuentras con que el blanco nuclear cobija a gente más o menos sana y a gente mucho menos sana que más. Y se te quitan las ganas de salir de casa. Hasta que piensas que no. Que mejor salir y dar la cara si se tercia. Mejor salir para que sea cierto que también hay simpatizantes del Madrid que son de izquierdas, educados, cultos, respetuosos y que ejercen su derecho a disfrutar de su equipo.

A ver si el tiempo trasforma a la afición, si no es por ósmosis, por fagocitosis.

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