Sin corazón

por Alicia Pérez Gil

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Los que leéis esto quizá sepáis que mi gato, Westley está enfermo.  Nos ha pillado por sorpresa descubrir que su delgadez extrema no era el problema, sino un síntoma. Wes fue un cachorro muy cariñoso que creció más desapegado, al contrario que su hermano. Cuando llegaron otros dos gatos a casa, su comportamiento cambió de nuevo: más tímido, más esquivo, más asustadizo. Es una pelotita blanca muy dulce pero miedosa. Por eso casi nunca se nos sienta encima ni nos permite abrazarle. La selección natural habría hecho lo suyo hace tiempo: los animales que no se atreven a acercarse a la fuente de pienso, no sobreviven.

Por todo esto, cuando lo llevamos al veterinario para que le diera un suplemento alimenticio y resultó que tiene el hígado muy pequeño, que se ha quedado en pura piel y huesos, que presenta en sangre indicios de ictericia y de una horrenda infección, nos quedamos  con cara de idiotas y nos sentimos muy culpables. Era imposible que lo supiéramos: Wes juega, come y se porta como siempre. Está flaco como la flaca. Nada más.

Ese es el 50% de mi bagaje. Hay una parte de mi historia personal que tiene que ver con los hijos y con los afectos familiares que lo complementa: yo no sé querer a la gente. No me sale. Tomo cariño a las personas con mucha rapidez. Con la misma con la que lo pierdo. Es uin cariño sincero, real. Si tuviera que regalar las tiras de mi piel por alguien a quien aprecio, aunque la relación sea reciente, las regalo. De la misma manera, una vez que me siento decepcionada, el cariño se esfuma.

Me consta la injusticia de todo esto.

Me pasa también otra cosa: no entiendo el amor paterno filial. He visto a padres que adoran a sus hijos y sé que una desgracia de esos hijos supondría una debacle real para esos padres, pero es un sentimiento que me pilla muy, muy lejos. Tan lejos, que no siento el dolor de una madre que lleva a un bebé al hospital porque le pasa algo. No consigo empatizar con eso. De verdad. Seguro que se trata de algún trauma, aunque no sé qué trauma será. Siempre digo que los padres y las madres deben perder el culo para cuidar de sus hijos, pero lo que está detrás de esa exigencia no es el amor, sino una creencia básica: que los hijos deben crecer sanos y sintiéndose protegidos. Considero las relaciones de los padres con los hijos obligaciones.

Sin embargo, a mis gatos me une un lazo emocional sólido que me ha tenido llorando por las esquinas desde el sábado. Literalmente destrozada, cansadísima. Y hoy me he encontrado con una persona a la que le pasa lo mismo con mis gatos que a mí con sus hijos: le traen al pairo. De hecho, cree que soy una exagerada, que el tema no merece la pena y que me deje de tonterías. Y eso es justo lo que pienso yo de los padres: que los bebés caen enfermos, que ya vale de comprar tonterías y de preocuparse, que los críos están hechos a prueba de bombas…

Así que me he ahorrado lo de colocarle a mi jefe (sí, era él), el calificativo “despreciable” de la camisa. Al fin y al cabo, a mí no me conmueve casi nada de lo que les pasa a los bebés del universo…

Al menos a priori.

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