Invisible (I)

por Alicia Pérez Gil

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Valentina  no se había quedado ciega. De otro modo, el neón verde que señalaba la farmacia no la atraería como la miel a las moscas. Cada poco levantaba una mano a la altura de los ojos y la agitaba. Los dedos se balanceaban arriba y abajo, borrosos porque estaban muy cerca de los párpados. Estiraba el brazo y repetía el movimiento de manera que la carne se balanceaba, blanda, ante su vista. Aún así, no se habría sentido a salvo sin la luz intermitente con forma de cáliz en el que se enroscaba una culebra. Había leído acerca de esos ciegos que se comportaban como si vieran. Personas que utilizaban sus recuerdos para recrear escenarios u objetos comunes. A sabiendas se había alejado de su barrio. Media hora después había dado con esa luz. Durante todo el camino no se había cruzado con nadie.

A media mañana, durante el almuerzo, Margarita cotorreaba incansable, como cada día. Charlaba en un tono  lastimero que ninguna de sus amigas soportaba; por no hablar del camarero, un muchacho peruano que ponía especial esmero en que el mollete de la llorona estuviese lo bastante dorado sin quemar. Cualquier cosa que evitase nuevas quejas. Desde la barra de acero, los otros empleados le observaban, divertidos. Valentina y las otras sospechaban algún tipo de apuesta. Margarita siempre encontraba alguna pega.

— ¿Seguro que no le has añadido sal?

— No, señora— contestaba el chico.

— Pues a mí me parece que tiene sal—se envalentonaba ella. —No deberías mentirme. Si te has equivocado, te has equivocado. No pasa nada. Todos nos equivocamos.

El camarero solía abandonarlas a la cháchara quejumbrosa, pero ese día replicó.

— Tiene usted razón, señora. Pero no le he añadido sal. Tampoco herví la leche anteayer, ni le he dejado el pan crudo adrede.

La respuesta la pilló tan desprevenida que perdió la oportunidad de réplica.

— Es usted una consentida, desagradecida y quisquillosa. Pero no se preocupe, que no volveré a atender su mesa.

Muy digno, los hombros en ángulo recto con su cuello, la bandeja en alto, se dirigió hacia sus compañeros, que mostraban el mismo gesto atónito que todas nosotras. Todas excepto Luisa, que se había atragantado con unas migas de magdalena en medio de un ataque de risa. Valentina golpeó un par de veces la espalda de su agitada amiga mientras no quitaba ojo de la expresión de Margarita. La interpelada no tardó en reponerse.

— ¡Eh! — El camarero ni se inmutó. — ¡Te estoy hablando! ¡No hagas como si no existiera! ¡El que va a desaparecer en cuanto hable con el encargado vas a ser tú!

Entonces, ante la mirada incrédula de Valentina, su compañera desapareció. No salió corriendo, resbaló, cayó y se sustrajo a su campo de visión, no: despareció. Como por ensalmo. Lo mismo hizo el peruano, junto con Luisa, los dos camareros tras el mostrador acerado y, por lo que había visto; o sea, a nadie, todo el mundo.

El sensor de movimiento hizo que la puerta corredera de la farmacia se deslizara, franqueándole así el paso. El interior se conservaba fresco… y vacío. No había nadie junto a la caja registradora ni se oía nada en la rebotica.  Aún así, Valentina rebuscó en su bolso de imitación y sacó una receta y unas monedas. Se sirvió ella misma los analgésicos de costumbre (aunque le costó encontrarlos porque aquel no era su comercio habitual) y decidió volver al trabajo. Al menos de momento.

Este relato continúa aquí

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