Annabel Lee

por Alicia Pérez Gil

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Su familia la enterró aquí, cerca de la arena. Quizá para que la meciera el sonido constante de las olas. Pensaron que me iría, imagino, porque éramos muy jóvenes y este un pueblo minúsculo que no ofrecía nada. Sin embargo nos amábamos. Y estaba el mar.
 
Ella no pensaba más que en quererme y lo mismo hacía yo. En nada más, ni en Dios. Ese debió de ser nuestro pecado, por eso envió a sus ángeles, a sus arcángeles, a toda la corte celestial. Parece que les veo: baten las alas, sus corazones helados enfrían el viento que llega al pecho de Anabel, que la congela, la detiene, me arranca de la vida y me ata al mar.
 
Porque se equivocaron si pensaban que me iría: me he quedado. Yerran quienes creen que el amor es adulto como los hombres. El amor es eterno, como el mar.
 

 

Así que descanso mis huesos junto a los suyos cada noche, la veo cuando miro las estrellas, la sueño si contemplo la luna pálida; dibujo su nombre en la hierba muerta bajo mi peso de tantos años, con dedos de esqueleto que serán como sus dedos de cadáver. Y oigo su voz en el susurro del mar.
 
 

 

 

MAX RECOMIENDA a los enfermos de amor que:

no se compren chapas con corazones de color rosa, tazas con frases cursis, ni bolígrafos con plumaje sospechoso.

LLEVAD EL AMOR ETERNO COMO UNA SEGUNDA PIEL. HACED

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