Rellenar huecos

por Alicia Pérez Gil

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Escribir rellenando huecos es lo que muchos hacemos por estas redes de Eru. El concepto viene a englobar toda aquella actividad literaria que se desarrolla entre otras actividades, por definición no literarias, que ocupan la mayor parte de nuestras horas. O sea, que escribimos en los tiempos muertos que nos deja el trabajo, mientras hacemos la comida, cuando todos se acuestan y encontramos un rato de paz, en el metro de camino a nuestras obligaciones… Rellenando huecos. Nada más descriptivo.

Esto puede confundirse con el horror vacui; eso que hacemos los seres humanos de abarrotar hasta las esquinas de nuestras vidas, no sea que nos demos cuenta de su absoluta carencia de sentido y nos despeñemos en masa como los lemmings. Sin embargo no es así. No es que agarremos libretas, móviles de última generación, tablets o lo que más a mano nos pille para huirle a la muerte, no. Es que tenemos hijos, gatos, novias, maridos, esposas, jefas, jefes y sólo 24 horas diarias. Y tenemos también la manía de escribir. Manía, empeño, picorzuelo. Lo que sea, excepto un ser alado de estructura molecular comprometida que se traduzca en una cierta transparencia o cualidad etérea. Eso, que los CURSIS llaman musas, no existe. Hay unas salsas muy ricas e hipercalóricas que, de hecho, contribuyen a que nuestra propia estructura molecular se vuelva muy, muy visible. Estas salsas se parapetan bajo el nombre comercial “Musa” y tienen mucho que ver con la creación literaria, pero no de la manera  en que se suele hablar de ellas.

O sea, que tenemos ganas de escribir y poco tiempo para satisfacerlas. Aun así, cuando juntamos unos minutos, los aprovechamos para darle rienda suelta a nuestra ansia creativa. La mayor parte de las veces el rato del que disponemos no alcanza para una composición completa. Sea un relato o una novela corta, en raras ocasiones dispone un autor doméstico del tiempo necesario para comenzar por el érase una vez y terminar por las perdices de un tirón. En mi caso, de hecho, rara vez junto los segundos imprescindibles para llenar una página. Y aquí quería yo llegar.

Una novela es una obra compleja, un todo que debe tener coherencia interna, cuyos personajes deben desarrollarse o, como poco, transmitir cierta sensación de solidez. Las historias que se cuentan deben tener sentido  –el que sea, uno. Quizá el sentido de algunas sea su carencia de sentido-,  el tiempo y el espacio utilizados deben servir a un fin, el fin de la novela. El tipo de lenguaje, la atmósfera y el tono escogidos deben servir al mismo fin, el fin de la novela.  Y todo ello debe encajar. De algún modo extraño que yo identifico con muchas notas, esquemas llenos de flechas y cuadros de colores, todos esos elementos (y otros cuantos), funcionan juntos como una especie de pelota gigante llena de pies y manos. Una pelota que rueda sin desviarse desde la cima de la colina hasta la ladera o en dirección contraria; de modo que las patitas y las manos se apoyan en suelo y paredes para llevar a la pelota a buen fin ¿Qué fin? Pues ese: el de la novela.

Esto resulta más o menos complejo en función de la habilidad de cada cual. A mí lo que más me cuesta es el tono. Porque no es lo mismo sentarse en un vagón de tren un lunes a las siete y media de la mañana y tirar palabras con la desesperación pegada a los pulgares, que sentarte en tu escritorio un miércoles por la tarde, aprovechando una reunión del comité ejecutivo, con la espalda muy recta y cara de estar redactando actas de aprobación de cuantas anuales. Nada que ver con salir un sábado con tu cuaderno y un bolígrafo de tinta morada a tomarte un café, con el disfraz de gafapasta y la determinación de finiquitar el capítulo doce.

Los que escribimos rellenando huecos tenemos esta dificultad. Pero somos animales cabezones y esto que hacemos lo hacemos porque nos da la real gana. Gran ventaja, diría yo, frente a cualquier inconveniente que se nos plantee: escribimos por voluntad propia, así que nos da igual que nuestra protagonista hable como Betty Page en la primera página y como Teresa de Jesús hacia la mitad de la historia. Disponemos de muchos huecos más para releer y limar diferencias, unificar. Que sí, que es lo más aburrido de la tarea del escritor, pero tampoco es el paradigma de la diversión comprar preservativos y todos estamos de acuerdo en que son necesarios.

Así que repasemos. La historia de la literatura no va a sufrir mucho –con toda probabilidad no sufra en absoluto- si terminamos una obra o siete. Y nuestros tres lectores (treinta, trescientos, tres mil), disfrutarán mucho más de una obra terminada que de siete bocetos.

Que yo estas cosas las escribo para aplicarme el cuento, conste. Y por si a alguien le sirven. Qué se yo.

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