Invisible (II)

por Alicia Pérez Gil

 

chicle, relato, misterio

El comienzo de este relato: aquí

Por supuesto, en la oficina tampoco había nadie. Filas de pantallas planas y CPUs antiguas poblaban los escritorios. En los cristales separadores quedaban las fotografías de personas a las que no conocía: hijos, maridos, sobrinos, nietos de sus compañeros. No les había prestado atención hasta entonces. Uno de los puestos en particular aparecía plagado de instantáneas: niños morenos en la playa, niñas sonrientes en fotografías artificiales de la escuela, graduaciones, estampas de grupo frente a las patas enormes de la Torre Eiffel, la de Pisa y las Kio, como un chiste.

Trató de ubicar el rostro del empleado que ocupaba el lugar antes de que todo el mundo desapareciera. Si Luisa se sentaba junto a ella, el becario a su derecha y Margarita al otro lado, aquella debía de ser la mesa del viejo que olía a moho. Ella no le había olido nunca, claro. Se sentaba muy lejos, pero su amiga la quejona solía referirse a él como “señor oloroso”.  Valentina no recordaba su cara. Apenas una pelusa blanquecina que cubría la parte de atrás de su cabeza y los hombros encorvados, cubiertos siempre por jerseys de colores oscuros. Incluso en verano.

— ¡Con el calor que hace! — acusaba Margarita — ¿Cómo no va a oler?

Valentina no participaba en esas conversaciones. Se sentía incómoda. Por sus abuelos. Porque, cuando les visitaba en la residencia, el olor a anciano, a antiséptico y medicamentos la golpeaba en la nariz de tal modo que debía aclimatarse antes de acercarse a su habitación. Y se sentía culpable. Quizá porque pensaba, en algún lugar remoto de su cabeza, que el olor de los ancianos debía de parecerse mucho al olor de la muerte.

Le parecía extraño no recordar su rostro. Si se cruzara con él en la calle no le reconocería. Aunque no importaría mucho quién fuese. Empezaba a resultar extraño que no hubiese nadie en ninguna parte.

Se sentó frente su ordenador. En cuando movió el ratón la pantalla, en modo reposo, se iluminó. Allí la esperaba el informe en el que estaba trabajando: absentismo laboral en el ministerio. Una comparativa de los últimos 5 años por departamento, con especial énfasis en los empleados más antiguos. No tenía buena pinta. Los datos que había extraído hasta el momento revelaban que, cuanto más tiempo llevaba un funcionario en su puesto, más  a menudo caía enfermo. No sabía nada de todas esas personas cuyos datos manejaba, pero sospechaba que su futuro a medio plazo dependía de lo que escribiera en aquellas páginas.

— Luisa…

Se calló a tiempo. A su lado no había nadie, aunque habría jurado que, durante un momento exiguo, había oído el golpeteo de las uñas larguísimas de su compañera contra las teclas. Sonaba como un hámster en un suelo de parquet. Debía de ser su cerebro: ya empezaba a comportarse como una sorda que oye… o una loca que oye cosas que no existen.

— Valentina, guapa — se dijo en voz alta—, haz el favor y pásate a ti misma los chicles.

Iba a levantarse para sacarlos del cajón de Luisa, donde guardaban las chucherías, pero no fue necesario. La bolsita con las grajeas de clorofila estaba a la distancia precisa para que las alcanzase con sólo extender el brazo, en la intersección entre ambos escritorios.

— Yo no he puesto eso ahí.

— Pero me voy a comer uno igual.

Y siguió tecleando.

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