El terruño

por Alicia Pérez Gil

 

FEAT-VIVIR

Anoche no vi el partido de marras.

Porque estaba muy cansada tras un fin de semana de trabajo físico intenso.

Porque no quería empezar la semana laboral arrastrando falta de sueño de más.

Porque no soy española.

Mi DNI dice que lo soy y yo no puedo más que darle la razón. Establece que nací en Valladolid y Valladolid, según el orden establecido, se sitúa dentro del estado español. Pero, ojo, que el Estado Español, no es una entidad llena de tentáculos con cierta tendencia a la opresión de algunas de las regiones que lo integran. No: el estado español (con minúscula porque estado es un sustantivo común y español un adjetivo común y juntos no conforman un nombre propio) es una unidad administrativa. Punto. Las personas que nacen dentro de las fronteras de un estado se rigen según sus leyes, poseen los derechos que estas leyes establecen y deben cumplir con las obligaciones que esas leyes determinen. Se acabó.

Esto me lo enseñaron a mí en la facultad de derecho: que una cosa era el estado y otra cosa la nación. Los estados están delimitados por sus fronteras. Las naciones, y esto no me lo ha enseñado nadie, no existen. La Wikipedia, por su parte, dice cosas muy peculiares acerca de la nación.

¿Por qué mi elección personal es que no existen? Porque no ofrecen nada al individuo. Nada sólido ni real. Y en cambio son peligrosas. De nación proviene nacionalismo. Y todos sabemos lo que los nacionalismos son capaces de hacer en defensa de un concepto que engloba sentimientos tan peregrinos como el de pertenencia a un grupo, la identidad y otros igualmente difusos.

Se supone que los españoles de sentimiento tienen cosas en común: modos de ver la vida, elementos culturales, mitos de los antepasados. Quizá eso fuera así hace una cantidad indecente de años. Ahora mismo yo comparto mucho más con una persona de clase media inglesa que con un terrateniente andaluz o un muchacho de los arrabales de Madrid, que es donde vivo. No me veo capaz de defender sin sonrojo los valores de este país que es España. No sé cuáles son. Tampoco me reconozco en la marca España esa de la que tanto se habla.

Sé que hay personas que me hacen de menos por ser administrada en el estado español. Igual que hay personas que les hacen la ola a los administrados por Angela Merkel. Hay que vivir con ello igual que vivimos con aquellos que nos miran el escote antes de darnos los buenos días. Por poner un ejemplo. En cualquier caso, yo tengo clarísimo que no soy más ni menos por haber nacido aquí. Más ni menos persona, quiero decir. Tengo muchos privilegios de los que carece una mujer de la cordillera andina y no disfruto de muchos de los que posee una banquera suiza. Dicho esto, si me pinchan sangro y trabajo un montón de horas para sobrevivir.

No soy vaga, no duermo la siesta, no ensucio las playas y me da igual que la comunidad catalana se independice o no. Me trae del todo al fresco que León quiera a su vez ser una república independiente.

España no existe. Isabel se casó con Fernando y la cosa no funcionó ni para ellos ¿Cómo pretendemos que funcione para nosotros? Hay muy pocos españoles. Hay castellanos, andaluces, catalanes, valencianos, gallegos, vascos. Hay de todo. Hay localismos para todos los gustos, más o menos arraigados. A mí me parece un error apegarse al terruño. Me parece falto de miras y me parece peligroso. La tierra, cuando deja de estar bajo tus pies y se te mete en el pecho, consigue que pierdas de vista que los señores y señoras de más allá de esa tierra tuya son iguales que tú. Aunque no hablen tu lengua y cocinen con aceite de oliva y no con manteca de cerdo.

Pero es que yo soy muy rara.

 

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