Vivir y morir en el espejo: un año de “Inquilinos”

por Alicia Pérez Gil

Inquilinos, espejo, Alicia Pérez

El año pasado escribí, hablando de esta fecha, el cuatro de julio, lo siguiente:

El 4 de julio colgaré por todas partes un enlace a mi colección de cuentos y esperaré a los resultados.

Internet es un mundo cruel. Es una especie de monstruo cefalópodo en cuya cabeza sólo hay dos ojos ávidos y una boca gigante, voraz. Das de comer a la web tan a menudo como puedes, pero siempre quiere más. Tus pedazos de pastel se pierden en el abismo del sistema digestivo de esa sepia descomunal sin hacer ningún aporte nutritivo, casi. Encima de tu delicatesen caen otras tan buenas como ella. Muchas veces, mejores.

 […] Cuando no duermo pienso que, incluso aunque sea una buena escritora, quizá lo que yo tengo que decir no interesa a nadie o a casi nadie. Quizá sólo unos pocos se encuentren con mis textos, quizá sólo unos pocos los disfruten. No es un pensamiento agradable; aunque es mucho mejor que el otro, el de que puede que sea una mala escritora.

[…] con burbuja pinchada o sin ella, con éxito o sin él, escribir es lo que me hace feliz. Sé hacerlo y es el único medio -descarto quemarme a lo bonzo- que poseo y que, hoy por hoy, estoy dispuesta a usar para influir de alguna manera en eso que decimos todos de crear un mundo mejor.

El cuatro de julio de 2012 saltarán a la vida los inquilinos de mi espejo. 

El cuatro de julio de 2005 mi padre acometió su propio salto”.

Hoy es cuatro de julio de 2013 y puedo decir que he seguido escribiendo y que lo hago mejor que hace un año. Escribo más, encuentro más dificultades para hacerlo, es más divertido resolverlas aunque también sea más duro. Soy más ambiciosa.

Quería que la entrada de hoy fuese muy emotiva porque lo que tengo hoy son emociones. Otros han celebrado sus aniversarios compartiendo su experiencia en Amazon o con sus lectores. Han explicado la evolución de sus obras, los lugares a los que han llegado. A mí eso no me sale. No he empleado demasiado tiempo y casi nada de esfuerzo en mejorar mi posición en listas, he vendido menos de lo que he regalado y tampoco me relaciono demasiado con los lectores.

Agradezco las lecturas y las compras, de corazón, pero no soy una persona de palabrería fácil. De hecho quizá resulte demasiado seca. Se me atragantan los “cariños”, los “cielos” y los elogios vacuos. No sé decir de alguien que es el mejor o que es tan bueno que sabe a tocinillo de cielo. No me gusta el peloteo. Cuando digo algo bueno de alguien es porque lo pienso. Cuando sonrío lo hago desde el estómago. Como cree el ladrón que todos son de su condición, creo que quien habla bien de mí lo hace con todas las consecuencias. Excepto cuando los halagos llegan de halagadores habituales.

¿Lo veis? No es una manera conveniente de venderse.

Imagino que por eso este año ha sido discreto de puertas afuera, aunque por dentro haya habido montañas rusas de todo tipo.

A estas alturas no estoy segura de casi nada. Sólo de que escribir está inextricablemente ligado a mi modo de entender la vida y de que vivir es una opción, pero no es la única posible.

A muchos os cuesta entender que haya personas que creemos desde la médula que la vida no merece la pena por sí misma, pero esto es así. En mi naturaleza está plantearme, uno de cada dos días, por qué estoy viva y si quiero seguir estándolo. La mayor parte de las veces la respuesta a la primera pregunta es que no lo sé y la respuesta a la segunda es que no: no quiero vivir. La tercera pregunta también tiene una respuesta negativa: no quiero morir.

Hay personas que prefieren morir a vivir y que deciden en consecuencia. A otras nos da lo mismo y seguimos con la opción que viene de serie. No creemos en la justificación de la vida por la belleza; ni siquiera por el amor. La vida carece de justificación. Lo mismo que la literatura. Yo estoy viva por costumbre y me temo que escribo porque eso hace soportable la costumbre: cuando escribo creo un orden ilusorio en el mundo. Cuando entretejo historias y personalidades me hago la ilusión de que comprendo un poco mejor el mundo y, por tanto, la vida.

Escribo por tanto para vivir. Si me garantizaran que muerta también escribiría, quizá optase por la muerte.

Quizá esto explique por qué mis historias no son alegres. Quizá también explique por qué no son tan populares como otras. Disculpad el deje de soberbia, pero creo que la mayor parte de las personas no está dispuesta –ni preparada- para plantearse escoger entre la vida y la muerte. A diario. Vivimos en modo automático, respiramos por reflejo. Yo también. No todo el tiempo, pero sí la mayor parte.

Me cuestiono constantemente. Es agotador. Estos últimos doce meses he cuestionado la validez de todas mis decisiones y de todos mis discursos. Una o dos veces al mes he cuestionado la validez de Inquilinos y la necesidad de retirarlos de Amazon. Hay un motivo por el que no lo he hecho: su publicación respondió a una necesidad real. Cada uno de los relatos, por otra parte, refleja una pequeña porción de lo que he sido o pensado.

Ha sido un buen año. En conjunto no puedo quejarme.

Hoy comienza el siguiente.

 

 

 

 

 

 

 

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