El gato negro del primo del perreque

por Alicia Pérez Gil

El gato negro, Poe, Calavera Diablo

Yo es que si me lo cuentan no me lo creo, así que sois muy libres de pensar que esto es puro cuento. Eso sí, igualito que mi primo, el de los perreques, os digo que yo de loco no tengo un pelo. Si cuento esto es porque me tiene a mal traer… vamos, que me agobia. Y, aunque no soy muy religioso, mejor fuera que dentro. No vaya a ser que me de un pasmo y me muera yo con esto dándome vueltas. Eso sí, como lo viví lo cuento. Que no tiene lógica ninguna ya lo sé, pero es lo que hay.

Yo de pequeño era un poco lelo. Amigos no tenía muchos, pero me encantaban los bichos. Todos. Los otros chavales me tomaban el pelo, pero yo con los animales era más feliz que un ocho. Además, en casa tuvimos de todo: desde pájaros a perros. Los que habéis tenido mascotas y eso ya sabéis lo que es: lo que te dan ellos no te lo da otra persona. Aunque yo tuve la suerte de ir a casarme con una mujer igualita que yo: le gustaba más una tortuga que un collar de perlas, una cosa loca. Así que teníamos el piso que parecía el arca de Noé. Sin exagerar. Peces, perros, loros, conejillos, un mono y, por supuesto, un gato.

El gato era lo más bonito que os podáis echar a la cara: negro, negro… pero negro, vaya. Y más listo que los ratones coloraos. Tanto que mi mujer me recordaba aquello de las brujas, los gatos y los espíritus. No porque lo creyera, hombre. Que somos pobres pero no tontos. Lo decía porque el gato era, de verdad, mucho más listo de lo normal.

Se llamaba Plutón y era como mi mejor amigo. Yo le daba de comer y él me seguía por todas partes. Lo que viene a ser amor del bueno.

Lo que no sé es qué me pasó. Porque, en fin, lo de mi primo y sus ataques había sido desde pequeño, pero a mí es que me cambió el carácter un buen día y me volví tonto del culo. Una cosa depresiva, quejica, me cabreaba por nada… Un asco de persona, que no sé ni cómo me aguantaba a mí mismo. Y ni puñetera gracia que me hace, pero es verdad así que lo diré: me dio por insultar a mi mujer. Y por cosas peores con el tiempo. Los bichos, los pobres, también sufrieron lo suyo. No es que los abandonara, es que a alguno lo maltraté y todo. A todos menos a Plutón, porque le tenía cariño. Lo que pasa es que el pobre envejecía y, según perdía forma, reflejos y lustre, yo perdía la paciencia con él.

Vamos que si la perdí. Una noche llegué a casa cargadito de gintonics y me pareció que el gato me apartaba la mirada. Me cabrearon tanto aquellos humos que lo agarré, el bicho se asustó y me dio un zarpazo en la mano. Yo ni sangré, casi; pero me ofusqué. Lo veía todo rojo y, sin pensarlo más, cogí un pelapatatas que mi mujer había dejado por allí y le saqué un ojo al animal.

¡Qué asco que doy! Si fuera ahora, habría preferido sacarme el ojo a mí mismo, por estas. Y cuando me levanté al día siguiente me sentía fatal, aunque tampoco mucho, la verdad. Más bien poco, supongo, porque seguí a lo mío, cogiéndome unos pedos de no contarlo.

Plutón recuperó más o menos la salud. De cara se quedó más feo que un pecado, con un agujero en mitad de la cara, pero iba y venía como antes. Eso sí, evitándome como si yo fuera el mismo diablo; que tampoco hay que echarle la culpa al animal. Eso pensaba yo, que la culpa era mía. Pero es que yo no era del todo yo y esa culpa se transformó en un cabreo de padre y muy señor mío. A los dos días ya no soportaba al gato de los cojones ¿Qué se había creído? El cabrón vivía en mi casa ¿Qué era aquello de evitarme? ¿No se suponía que el gato me adoraba? Sería culpa mía o no, pero el cacho de carne con pelos aquel parecía bipolar y para bipolaridades ya tenía yo la mía; así que una mañana me bajé a la ferretería, compré cuerda verde de esa de tender la ropa y lo ahorqué ¿No hay Dios? ¿Pues que me perdone?

Del gato no tuve mucho tiempo de acordarme porque por la noche mi casa se incendió. Mi mujer y yo salimos vivos de puro milagro. Y ahí ya sí que me entró la desesperación. Y conste que no quiero decir que el incendio fuera cosa del gato ahorcado. Yo lo único que digo es que la cosa fue justo la noche siguiente al ahorcamiento. Sin más. Punto. Y tengo testigos de que la única pared que quedó de pie fue la del cabecero de mi cama  y de que las llamas y el humo dejaron un dibujo perfecto de un gato con una soga al cuello. Y cuando digo dibujo perfecto, es dibujo perfecto. Y si no, pásame tu Facebook, que te pongo las fotos. Vamos, que hasta salimos en el programa del tío ese que se llama como el portero del Madrid.

Yo no creo que hubiera nada raro en lo del gato. Se me ocurre que, como lo dejé colgando en el jardín, alguien lo cogió y lo tiró por la ventana para avisarme, el gato se estampó contra la pared y el fuego hizo el resto. El tío ese del programa de misterio da explicaciones mucho más raras a sus cosas, así que la mía vale lo mismo.

Me daba cosa que me hubiera salvado la vida mi gato muerto. Mucha cosa, como repelús y mala conciencia. Sería la mala conciencia la que me tuvo bebiendo como un cosaco. La cuestión es que una noche, en un bareto, estaba yo mirando al tendido cuando lo vi: un pedazo de gato negro igualito que el mío pero con una mancha blanca en el pecho. Aluciné con el gato. Me acerqué, le acaricié entre las orejas y el bicho se refrotó conmigo como si me conociera de toda la vida. Cosa más cariñosa de animal. Vamos, que se vino detrás de mí.

Ya en casa, era como si hubiera vivido en ella desde siempre, y con mi mujer se llevó bien desde que se vieron. Flechazo brutal. Reconozco que no me hizo mucha gracia, que aquel gato era mío, lo había encontrado yo y me había seguido a mí. No venía mucho a cuento tanto amor a primera vista con mi mujer. Pero bueno, me fui a la cama. Con un ligero mosqueo, pero sin más. Lo malo vino por la mañana. La cogorza no me había dejado ver que el gato nuevo también era tuerto. Ya es mala suerte, joder. Le faltaba el mismo ojo que a Plutón.

Claro, le cogí una tirria… Y no era lo que yo quería, en serio. Yo lo que quería era mimar al gato, quererle… pero no le soportaba. El bicho además era pegajoso hasta decir basta. Se me enredaba en los pies, me hacía caer, lo llenaba todo de pelos que parecía que vivíamos dentro de un cojín. Y no le di una paliza porque me daba mal rollo. Me acordaba del gato ahorcado y no quería volver a eso.

Vale, y porque me acojoné. Aquí donde me tenéis, todo lo largo que soy, empecé a imaginarme historias y no podía mirar al puto gato sin echarme a temblar. Para empezar, la mancha blanca del gato cada día se parecía más a un nudo de horca. Ya sé a qué suena eso, pero es verdad. Al principio eran solo unos mechones blancos, pero aquello se fue definiendo y al final era la viva imagen de la soga. Y cuanto más se dibujaba la cuerda, más frenético me ponía yo y más odio le cogía al gato. Sí: igualito que mi primo con el ojo del viejo. Pero lo mío tiene mucho más sentido, no jodas.

Pero el odio al gato se convirtió en odio al mundo. Lo odiaba todo: a mí mismo, a mis vecinos, a mi mujer… Sobre todo a mi mujer. La primera víctima de todas mis iras. Ella no se quejaba nunca. No sé si iba para santa o qué.

Un día bajamos los dos al sótano a reordenar los muebles. A la mujer le daba por reordenar los mueles cada dos días y ese me pilló escaso de cabreo así que me fui con ella. El gato nos siguió. A mala idea, fijo, se me cruzó según bajaba la escalera y me di un porrazo que, cuando lo pienso, todavía me duele la cadera. Aterricé en el rincón donde amontonamos las herramientas del jardín. Me entró tal mala hostia que cogí un hacha y me lancé a por el gato. Ni miedo ni nada parecido: lo que yo quería era terminar con él de una buena vez. Y va mi mujer y se mete en medio. Vamos a ver ¿Para qué se metió en medio? ¿Qué no veía el peligro o qué? Pues eso: le di un hachazo en todo lo alto de la cabeza y se la hundí. Un cisco vaya.

Por lo menos no me puse nervioso. Después de lo de mi primo, en la familia hacemos muchos ejercicios de esos de respirar hondo y contar hasta diez. Así se nos ocurren las ideas brillantes. Por ejemplo, lo de emparedar a la muerta en el mismo sótano porque fijo que, si la sacaba de la casa, alguien me vería y me denunciaría. Que está la cosa muy chunga para los asesinos accidentales.

El muro me quedó niqueladísimo. Como guardábamos ladrillos y piedra del incendio, no se notaba que había una pared nueva en absoluto. Lo único que no me gustaba era que el gato, con tanto trajín de argamasa, piedra y hachazos se había escapado. Si se llega a quedar por allí no lo cuenta. Eso sí, que no estuviera por ninguna parte me dio una paz que no recordaba desde hacía mucho tiempo. Y no es que no me remordiera la conciencia por lo de mi mujer. Claro que tenía remordimientos, pero al fin y al cabo no había sido culpa mía: ella se había metido bajo el hacha, como quien dice. Y el causante de toda mi angustia había desaparecido. Motivos de celebración, había.

El cuarto día apareció por allí la policía. Lo normal. En las tiendas no habían visto a mi mujer y todos sabían lo de nuestras peleas. No es que les esperase, pero tampoco me sorprendió que aparecieran.

Párrafo corto, de todas maneras: llegan los señores agentes, me hacen las preguntas de rigor, les digo que ni idea, que lo mismo me ha abandonado, que total, un poco hijoputa sí que soy. Les enseño el sótano, lo examinan en plan CSI pero sin luces azules y, a la que se van, oigo un maullido que me deja muerto. Muerto y callado como una tumba. Ya hemos hablado antes de lo de mi primo el del perreque. Eso nos ha enseñado a no hacer caso a ruidos extraños que salen de debajo del suelo, de la pared o que suenan en nuestras cabezas.

Peeeero ¡Es que los policías también lo habían oído!

– ¿Qué ha sido eso?

Y yo ahí con cara de no haber colgado nunca un gato, como si oyera llover.

Y el gato traidor que maúlla de nuevo.

– Ha salido de ahí.- No dijo Johnny, ni Billy, pero habría quedado que te cagas.

Total, que se cogen una azada y un martillo y la emprenden a golpes contra mi muro. En cuanto el agujero se ensanchó un poco salió de allí el gato, con todo el pelo erizado y el único ojo rojo como un demonio. Se dirigió derechito a mí, me bufó y huyó escaleras arriba dejando expuesto el cuerpo a medio podrir de mi difunta…

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Alicia Perez Gi, mono escritor, Max Knows How, Inquilinos, Espejo

 

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