Si te ha pillado el toro, jódete.

por Alicia Pérez Gil

Toro, San Fermín, Bulls, encierro

Esta noche he tenido un sueño extraterrestre: Doce personas encerradas en una habitación oscura no hablaban. Miraban a uno y otro lado con angustia, sudaban de miedo. Fuera sonaba una multitud enfervorecida. Los de dentro no comprendían el lenguaje exterior.

Se abría la puerta y los doce salían en una carrera enloquecida. Miraban hacia delante, sólo adelante, huyendo, alejándose todo lo posible de las paredes desnudas donde les habían encerrado. El aire de la mañana que despuntaba les daba alas. Sin embargo, correr no resultaba sencillo: frente a ellos, detrás, en los flancos, docenas de perros enormes corrían a su vez. Mostraban sus mandíbulas, los colmillos afilados, las babas. El aliento de los canes se condensaba en la madrugada despuntada. El sudor de los hombres, frío, se mezclaba con el sudor caliente de la carrera; una carrera sin fin cuyo comienzo no comprendían.

Los perros aullaban de júbilo y excitación: las orejas hacia atrás, las fauces entreabiertas en jadeos satisfechos. Corrían a la par que los hombres, se jaleaban unos a otros.

En una esquina comprometida, de ángulo difícil, algunos hombres, resbalaban, caían. Se formó un desastre de patas, piernas, dientes de sierra y carne. Uno de los hombres salvaba el escollo y era perseguido con saña por los perros. Se revolvía. Era un hombre grande, poderoso. De un puñetazo certero se quitaba a un perro de encima y seguía corriendo. Los otros perros le detenían, a dentelladas. Devoraban sus tobillos primero, las pantorrillas, los muslos, las caderas. De un mordisco reventaban el vientre musculoso y extraían tripas, vísceras, sangre a borbotones.

Desde los balcones, detrás de las barreras, más perros ladraban, celebraban, saltaban.

Los once hombres que permanecían en pie siguieron corriendo. No podían hacer otra cosa.

Me desperté. Si hubiera sido un hombre, me habría levantado con una erección

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