Escribir ficción: el deseo

por Alicia Pérez Gil

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En “Escribir ficción” he encontrado pistas que me ayudan, en este momento, a descubrir por qué algunas de mis historias no funcionan.  Antes de leer este libro, de empezar a estudiarlo, había hecho algunos talleres literarios y leído algunos manuales de estilo. Además, había oído en algunas ocasiones hablar de mi talento. Vamos, que iba yo por la vida más contenta que chupillas conmigo y mis capacidades para la literatura.

Lo que ocurría cuando me encontraba ante un relato cojo perpetrado por mí, era que me estrellaba una y otra vez contra el damero pulido de mi incapacidad para dar con la clave del error. A lo Humpty  Danty: huevo ladino que se tira desde lo alto de un muro y se sorprende del desastre: de la cáscara hecha trizas, la yema que fluye, reventada y la clara sucia de polvo. Servidora repasaba una y otra vez los verbos, los adverbios, los participios, las frases. Como nada de eso mejoraba el relato, me decía: es la estructura, le falta estructura, fijo.

Pero no. A mis relatos malos no les hace malos la carencia de andamiaje. A mis relatos malos les destrozan dos cosas. Una de ellas es que mis personajes no desean nada.  Van por la vida con unos dramas a la espalda que ni Sísifo colina arriba. A algunos les ocurren unas desgracias que dejan pequeños a los huracanes del Pacífico. Son gente con conflictos, gente que reacciona, gente que, oye, se pregunta cosas y eso. Pero lo mismo les da tres que revés.

Hace unos meses, de manera mucho más intuitiva, se lo decía yo a una rubia y a un moreno:

– Tengo a una señora que va desde A hasta B y ni pajolera idea de por qué lo hace.

La rubia, con toda la razón, casi se me muere de la risa. Lo mismo me podía haber recomendado que me aficionara al macramé, que lo de los nudos no exige mucho devanarse los sesos, sino las madejas y visto estaba que yo problemas con madejas no tenía.

Tras leer una primera vez “Escribir ficción”, me he encontrado que el motivo por el que tus personajes hacen algo es vital. Pueden pasarles cosas, pueden reaccionar a ellas de una manera o de otra, pero si no quieren algo, si no les anima algún deseo, la cosa va a avanzar a trompicones o no avanzará en absoluto. Es ese deseo lo que hace que las historias se muevan hacia adelante.

Parece ser que no importa mucho la importancia de ese deseo: puede que quieran la barra de labios del tono exacto o puede que pretendan la paz mundial. Eso a la historia se la trae muy al pairo. Lo que le importa a tu historia y, por tanto, lo que te importa a ti, es la intensidad con la que tu personaje quiera eso.  Por algún motivo, recuperar el garbanzo negro que ha sacado de la selección de legumbres para el cocido es lo más importante para la limpiadora de tu relato. La mujer no saldrá de esa habitación hasta que lo saque de la rendija donde cree que ha caído. Ya le puedes dar caña a eso, porque eso y no otra cosa es lo que permite a tu lector identificarse con tu personaje.  Si un personaje no desea nada, los lectores se aburren y se van. Así de simple.

Es para pensarlo: ¿Por qué me voy a interesar yo por el descubrimiento de la cura del cáncer si al enfermo terminal que está a punto de encontrarla no le importa lo más mínimo?

Hay que dedicar el tiempo necesario a definir un deseo como Dios manda para nuestros personajes. Y no sólo por lo que comentaba más arriba, sino porque, a la vera de ese deseo, la línea argumental crecerá, crecerá, se hará más rica y más interesante y… será más coherente.

Si no hay deseo, ya puedes llenar todas las páginas del mundo de descripciones preciosas, que no va a PASAR nada. Y si no pasa nada…

Así que en eso estoy ahora. Les busco deseos a mis personajes nuevos. Les busco más cosas, claro; pero eso es otra historia y ya la comentaremos en otra ocasión.

 

 

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