Para escritores que apenden: Jugar a ser Dios

por Alicia Pérez Gil

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Ilustración original de Calavera Diablo.
Más trabajos del autor en
http://cgcalavera.wix.com/calaveradiablo

A veces a las personas que practicamos el ancestral arte de la escritura creativa se nos enciende la bombilla. Pocas. Durante la mayor parte del tiempo vamos con un pabilo  cercano a la extinción y nos arrastramos por la senda de las palabras que segregamos, como culebras que tientan la tierra sobre la que reptan con golpecitos de lengua bífida. No es que nos miremos el ombligo, que también, sino que nos miramos los pies. No nos damos cuenta de que, más que cada paso, lo que importa es el camino, tomar la dirección correcta y aspirar a un punto final digno.

Terminada la metáfora me explico: nos ofuscamos tanto con nuestras historias que nos hacemos un lío, nos tropezamos con nuestros propios pies y nos damos de morros contra el suelo. Sí, el mismo sobre el que se deslizaba sibilina la serpiente esa (shhhhhhhh).

Pero a veces se nos enciende la bombilla y vemos algo claro. Algo, no todo.

Esto me ha sucedido hoy a mí a la hora del desayuno. Le daba vueltas a mi historia: una cosa como de ciencia ficción ligerita que me está costando. Me decía que había algo que no funcionaba, que no entendía cómo los demás podían crear personajes que reaccionaran de manera estúpida y que eso les fuera bien “¿Cómo es posible?” Me increpaba a mí misma. Y, desde la lejanía, la voz de mi padre, a coro con la de mi madre, me han contestado: porque si noooo  no habríaaaa historiaaaaaa.

¡Zas! En todas las meninges. Error de diosa novata por mucho que lleve mil años dándole al boli. Error garrafal que se basa en que casi todos mis personajes me parecen creíbles porque se me parecen en lo básico: todos actúan según mi concepción del mundo y mi interpretación de la lógica que lo rige. Por tanto, ninguno de ellos reacciona de forma que a mí me parezca illógica, por tanto todos mis conflictos se resuelven igual o no se resuelven o ni siquiera se plantean.

Traducción: no me pongo en la piel de los personajes, no veo su mundo ni sus circunstancias a través de sus ojos, sino a través de los míos. Pobrecillos, cómo les maltrato.

Ellos no mienten, no manipulan. Mis historias carecen de dobleces necesarios porque yo no doblo la realidad. Es la que es y punto. No tengo crías con pataletas ni héroes con accesos de humanidad. Eso convierte a la pobre gente que vive en mis relatos en personas a medias y no en personas reales. Como si yo me ciñese siempre a lo que creo que debo ser.

¿Por qué a Dios se le fueron las cosas de las manos? Pues porque Luzbel tuvo un acceso de simismidad: hizo lo que hizo, no lo que su creador hubiera hecho de estar en su lugar. Porque tuvo un rasgo de voluntad propia y le dio un vuelco a la historia.

¿Quiere esto decir que son los personajes los que deben decidir cuál será el relato? No, escritor mío, no escritora mía. Eso lo decides tú. Lo que ocurre es que, cuando diseñes tu historia, debes diseñar también personajes adecuados para ella. Tipos que tengan reacciones coherentes con ellos mismos y que sirvan a lo que estás contando. Si necesitas una histérica o un capullo integral, te toca crear uno por mucho que te fastidie estar jugando con estereotipos que detestes. A lo mejor tu capullo sirve para poner de manifiesto el carácter de otro personaje que se parece más a lo que buscas. O a lo mejor tu protagonista es una tía serena y equilibrada que tiene una reacción extrema.

Si no son humanos no van a ser creíbles.

Recuerda: lo que importa es la historia. Y si no importa lo suficiente: no la escribas.

¿Por qué peco yo de rígida Atenea cuando debería ser más del rollo Afrodita la disoluta? Porque cuando los personajes rompen mis reglas me parecen tontos o increíbles. Si escribo que una mujer, cualquier mujer, se sacrifica por amor, me parece que no se lo va a tragar nadie y entonces no lo pongo. Si necesito un sacrificio lo justifico con complicadas construcciones mentales o, lo peor, lo suprimo y la historia pierde sentido.

Otra cosa que hago mucho es tratar de salvar a los personajes. Parece que me cuesta crear harpías. No sé si es que mi cerebro esconde en algún lugar la creencia de que si escribo una mujer malérrima estilo lady Macbeth la gente creerá que eso es lo que opino de las mujeres.

En conclusión, que toca revisar puntos de vista, coherencia y humildad. Sobre todo humildad, como casi siempre.

 

 

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