Crisis y Holocausto

por Alicia Pérez Gil

El gran dictador, crisis, chaplin,judíos,nazis

Escojo la segunda guerra mundial. Como periodo favorito de la historia, donde favorito quiere decir más interesante. Y del periodo me interesan dos cosas que nada tiene que ver, en principio, con batallas, puntos estratégicos, armamento ni política internacional: la capacidad de los nazis para llevar a cabo el holocausto y la capacidad de los judíos para someterse a él. De eso va esta entrada, de cómo el ser humano es capaz de estos dos extremos, de los motivos y de sus consecuencias.

El partido nazi, desde la noche de los cristales rotos (desde antes, pero para lo que nos interesa nos vale esta fecha) hasta el hundimiento, llevó a cabo un experimento cuyas ramificaciones llegan hasta nuestros días: aisló a un grupo social completo en función de su religión y lo hizo de forma totalmente democrática. Por lo que sé, aunque seguro que hubo excepciones, valía lo mismo un judío rico que un judío pobre. Estigmatizó a las personas primero, las sacó de sus entornos y las hacinó en guetos después. Por fin, las trasladó a campos de exterminio y las asesinó de manera sistemática y organizada. Pido disculpas por la simplificación; pero, en líneas generales, esto es lo que hubo.

Las personas que llevaron a cabo estas acciones y las acciones horrendas, individuales o grupales, ordenadas o voluntarias, eran personas. Los nazis, que no se nos olvide, eran seres humanos como nosotros –y quien lo niegue que lo haga en voz alta, por favor. Para que los demás sepamos de quien debemos alejarnos-. Eran personas con una ideología determinada, convencidas de que lo que hacían estaba bien. Ojo, de que estaba bien para ellos. Fueron injustos, parciales, brutales, asesinos, torturadores y todo lo que se quiera, pero perseguían un objetivo loable. Para ellos, repito. Desde su punto de vista.

En aras de esa ideología cometieron toda una serie de atrocidades que comenzaron por la privación de derechos y terminaron en el asesinato de millones de otras personas.

Esos millones de personas, los judíos –de nuevo simplifico, lo sé,- también eran seres humanos como nosotros. Permitieron, sin ofrecer demasiada resistencia, según dicen los libros de historia, que les identificaran con estrellas amarillas, que les desposeyeran de sus pertenencias, que les impidieran usar locales y transporte público, que les sacaran de sus casas, que les explotaran como esclavos y, finalmente, que les asesinaran. No les atendían los mismos médicos, no podían comprar en las mismas tiendas…

En 2013 ambas actitudes me fascinan y me ofenden por igual.

¿Habéis visto “El pianista”? Vale cualquier otra película de los noventa en adelante que trate el mismo tema. Los judíos llevados al matadero, consintiendo, mostrando una resignación digna del Santo Job. Cuando veo esas películas siempre me echo adelante en el asiento y deseo que los hombres y mujeres de los trenes den un grito de batalla, que salgan de los vagones, que planten cara, que hagan valer su dignidad. Sé que no pasará. Porque lo sé y porque casi siempre hay algún personaje que explica al más rebelde, al más exaltado, al que quizá fuese a prender la chispa de la lucha, que no pasa nada, que no puede pasar nada peor, que lo que se oye es falso, que todo terminará pronto, que saldrá bien.

Esto es lo que nos está pasando ahora. Si no fuera porque me está tocando vivirlo, me pararía a estudiarlo igual que estudio libros sobre la creación de Auschwitz, la sicología nazi y la pasividad judía. Lo que ocurre es que estoy en el meollo del asunto. Hoy lo he visto claro cuando salía del metro: docenas de personas subiendo unas escaleras, recortadas contra la luz de la mañana. Avanzábamos peldaño a peldaño, despacio, un poco bamboleantes y sin ganas, pero sin barajar otras opciones.

Primero renunciamos a nuestro propio valor y quisimos ser personas diferentes: más altos, más guapos, otros. Luego quisimos tener más cosas. Destruída la identidad, nos quedaba la acumulación. Luego nos explicaron que debíamos realizarnos y buscar el sentido a nuestras vidas, de modo que sin ese sentido nuestras vidas no valían. Ya no somos personas, sino entes confusos que dan palos de ciego en busca de una seguridad que no existe, de una paz de la que nos hablan pero que no podemos alcanzar. Nos enseñaron que el bienestar se conseguía trabajando, pero ha resultado que esto no era cierto.

Nos han quitado el derecho a la sanidad pública, el derecho a la educación pública, no se financia la investigación ni el desarrollo, pueden despedirnos cuando les venga en gana, la gente se tira desde las ventanas de sus casas porque no tienen cómo ni dónde vivir. Nos enseñan en televisión que quienes nos lo están quitando todo, además nos roban el dinero con el que podrían salvarnos. Un dinero que es nuestro, que hemos generado con nuestro trabajo y pagado con nuestros impuestos. Un dinero que debía comprar nuestro bienestar, ese que se conseguía trabajando, pero ya no. Y nosotros, como los judíos en 1939, pensamos que esto se va a arreglar con alguna intervención milagrosa, que ya no puede pasar nada peor.

No hay mucha diferencia entre lo que hicieron los nazis y lo que nos están haciendo a nosotros. No nos encierran en campos para asesinarnos, pero nos están cercando. Nos están enseñando a vivir cada vez un poco peor mientras ellos viven cada vez un poco mejor. Lenta e inexorablemente.

Pero ellos son personas. Y nosotros somos personas.

Y somos más.

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