El daruma que no tenía una misión

por Alicia Pérez Gil

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No hay nada más triste para un Daruma que una comunidad eficiente y segura de sí misma que no necesite ningún recordatorio. Los Darumas son dioses domésticos de aspecto severo con los ojos en blanco. Cuando una persona necesita un empujón para conseguir una meta, toma una estatuilla o un dibujo de uno de estos espíritus, pinta una gran pupila negra en la cuenca del ojo izquierdo y lo coloca en un lugar bien visible para que le recuerde su propósito y le inste a esforzarse y perseverar para conseguirlo.

Sin embargo, en la aldea de Xii todos vivían dedicados a sus oficios y no necesitaban de seres divinos que les ayudaran en las tareas diarias. Por eso la comunidad Daruma se veía abocada a la desaparición; pues cuando un dios no es necesario, desaparece de la faz de la Tierra.

Así las cosas, Xam-Puh, el Daruma más joven del concilio, hubo de abandonar la Fuente de los Logros. Los demás le encargaron que encontrase a alguien, a una sola persona en Xii, que colgara su efigie en un lugar público y les devolviera así la entidad y la visión.

Xii aceptó –no le quedaba otro remedio-, aunque se dijo que aquellos tres vejestorios tenían la cara muy dura. Al fin y al cabo ellos se quedaban con los pies a remojo en la fuente mientras que él debía adentrarse en una aldea repleta de personas que no le ofrecían ninguna confianza.

Paseó a escondidas por varias casas. El maestro de sho-do dibujaba sus caligrafías con diligencia y cuidado; nada que hacer allí. En la escuela, los alumnos recitaban la lección a coro, sin cometer errores. En las casas, los fogones ardían y exquisitos aromas habrían cautivado a Xam-Puh si los Darumas tuvieran nariz. Nada estaba fuera de sitio. Allí, le pareció, no encontraría a nadie que le diera una misión.

Se disponía a regresar con los tres ancianos cuando oyó un suspiro que le pareció alentador: una mujer joven y guapa, con los moños más perfectos del mundo y las agujas más coloridas que los sujetaban firmes a su cabeza, pintaba con tesón. A punto estuvo, al ver con cuánta pericia y concentración trazaba las líneas, de dejarla con sus suspiros, pero la belleza de la escena le encandiló y se quedó a observarla. Los trazos de la joven eran precisos y ligeros, pero teñidos de melancolía.

— ¡Tihn-Tah! ¿Ya estás de nuevo con tus garabatos? Seguro que las cuentas están a medias y los libros no cuadran.

— No padre— la chica dejó los pinceles a un lado y se levantó, respetuosa, para explicar que había terminado con la contabilidad a primera hora, había realizado un inventario exhaustivo de las sedas, los hilos y los tintes, había limpiado la tienda y mandado al repartidor a entregar las telas estampadas de los clientes que ya las habían pagado.

El padre de la joven pareció confuso, pero siguió en sus trece.

— Aún así, no me gusta que uses nuestros tintes ni los pinceles del negocio para esos dibujos tuyos. Eso es sólo una pérdida de tiempo. Debes dedicar toda tu energía y tus esfuerzos al negocio familiar.

Xam-Puh volvió a la fuente, abatido. Estaba seguro de que los otros tres Darumas le acusarían de no haber buscado bastante. Le dirían que tendría que colgarse a sí mismo en plaza de Xii para recordarse que no debía cejar en su empeño.

Como sospechaba, el trío de los pies a remojo le esperaba, expectante.

— ¿Has tenido éxito?

— ¿Lo has tenido?

— Te hemos visto con Tihn-Tah. Hace tiempo que nos necesita, seguro.

Xam-Puh, que se había acercado a la fuente de los Logros con ansia por darse un chapuzón después de todo el día correteando por la aldea, se paró en seco antes de probar si el agua seguía tan fresquita como la había dejado.

— ¿Éxito? Esa chica es perfecta en todo. Cumple con todos las tareas que le impone su padre y aún le queda tiempo para dibujar. Y muy bien, por cierto. Mirad —dijo, mostrando un boceto que había tomado cuando la chica no miraba.

— ¡Botarate!

— ¡Inepto!

— ¡Ignorante!

Xam-Puh no daba crédito a sus oídos ¿En serio se estaban poniendo aquellos tres perezosos más colorados que un dragón rojo de bigotes largos? ¿Por qué?

— No te has enterado de nada. Hace tiempo que observamos a Tihn-Tah.  Es la mejor dibujante de la isla, pero su padre limita el tiempo que puede dedicar a la pintura.

— Sí, le impone tantas obligaciones que, si ella misma no consigue recordar lo que de verdad desea, dejará de pintar.

— Y si ella abandona su sueño, nosotros nos desharemos en esta fuente ¿No lo ves? Ya hemos empezado a disolvernos.

Aquello parecía cierto: los tres Darumas no habían pasado el día con los pies en el agua porque, ahora se daba cuenta, no tenían pies. Xam-Puh se miró los suyos: de momento seguían ahí, pero no sabía por cuanto tiempo.

— Debes correr a casa del mercader de telas y conseguir que Tihn-Tah te pida valor, fortaleza y perseverancia.

Tanto se había acercado Xam-Puh a la fuente, que uno de los tres ancianos le empujó dentro. Entre los tres hicieron un remolino con las manos y, justo cuando pensaba que se ahogaría sin remedio, su cabeza grande y redonda emergió. Aunque ya no estaba en la fuente de los logros, sino en el vaso en el que la pintora triste limpiaba los pinceles.

El padre había salido. Tenía un gran encargo que entregar en la aldea de al lado y Tihn- Tah aprovechaba para dibujar flores de loto que cubrían un estanque verde donde las hojas de los nenúfares permanecían inmóviles como rocas de algodón verde.

El Daruma suspiró.

La joven suspiró.

Pareció que la superficie del lago, sobre el papel, se agitase levemente. Ella no lo vio, pero el espíritu creyó encontrar la manera de comunicarse con ella. Sin ningún empujón esta vez, tomó aire por la nariz y se zambulló en el frasco de tinta negra, la más usada por la pintora, que mojó en ella las cerdas de un pincel con que pretendía esbozar los ojos de una carpa que buceaba bajo los lotos.

Los pelillos de poni le hicieron cosquillas a Xam-Puh, y tampoco fue muy agradable que le arrastrasen por todo el papel de arroz, pero al menos había cubierto la primera parte de su plan: ya se había introducido en el dibujo. Ahora sólo debía hacerse presente.

Tihn-Tah miró su dibujo con sorpresa e indignación: había pintado unos ojos, sí, pero no los que quería. Buscó frente a ella el tarro de la tinta roja y se decidió a arreglar el desaguisado, pero el espíritu fue más rápido y, de un salto mortal con cuatro tirabuzones, se plantó en el fondo del frasquito antes que ella. Así, la joven trazó una nueva línea, curva, equilibrada, perfecta, pero distinta de la que pretendía.

— Eso no se parece nada a una carpa.

Como no comprendía lo que estaba sucediendo, apartó el papel sobre el que trabajaba y tomó uno nuevo. No solía hacerlo, porque su padre no le daba más que una resma cada mes, pero le pareció importante averiguar por qué el pececillo que buscaba se le resistía de aquella manera.

Dentro del tarro de tinta, el Daruma saltó de la alegría. Dio un pequeño grito de júbilo, pero el líquido rojo le llenó toda la boca, así que no volvió a abrirla. En cambio, permaneció muy atento a los movimientos de la pintora.

Ella tomó la tinta roja, la negra y la amarilla y comenzó la tarea. Repitió las líneas, sin nenúfares, lotos, ni agua alrededor y se encontró con algo similar a un cuerpecillo encarnado, rechoncho hasta la redondez, coronado por una cara muy seria en la que los ojos carecían de pupilas.

Había pintado una de ellas de negro cuando apareció el mercader, su padre, que la miraba, emocionado.

— Hace años que no he visto uno de esos.

La hija ocultó su sorpresa bajando la cabeza en señal de respeto. Esperaba que la regañasen con severidad.

— Tu madre dibujó uno cuando construí el almacén. Entonces no era sencillo encontrar seda. Mi padre se negó a prestarme el dinero, pero mi esposa sabía que un Daruma nos ayudaría. Trabajamos mucho y conseguimos todo lo que tenemos.

Tihn-Tah notó la melancolía y un temblor en la voz de su padre. No le conocía otra cosa que la exigencia y la ira disimulada.

— Siento mucho haberte ofendido, padre.

A sus pies, una sombra alargada se fundió con la de su kimono y sintió la mano nudosa del padre sobre el complicado moño y sus agujas perfectas.

— No me has ofendido. Al contrario: soy yo quien debe disculparse por no haberte permitido trabajar en tu sueño. Eres una hija obediente y buena y tienes derecho a pintar si es lo que deseas. Colgaremos este dibujo tras el mostrador. Así los dos veremos que hay tiempo para todo si hay voluntad.

En el tarro de tinta roja, Xam-Puh lloraba de emoción. Fue una suerte que los tres darumas ancianos lo devolvieran a la fuente. De otro modo, se habría ahogado en sollozos colorados.

— Bien hecho.

— Muy bien hecho.

— Ahora ya puedes sentarte con nosotros.

El joven espíritu  trepó hasta donde los otros estaban sentados, comprobó que los tres habían recuperado sus pies y disfrutó, por fin, de un merecido descanso.

 

Alicia Pérez Gil

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