Hip, hip… ¡Hipster! (¡Puaj!)

por Alicia Pérez Gil

Hipster, Andy Warhol,cool,petardeo

Modernos ha habido siempre. Ya en los 40 les bautizaron como “hipsters”. Y petardas hay de toda la vida, también. Almodóvar, en este estado español nuestro, ha amasado una fortunita aprovechando el tirón del petardeo.  Me temo, además, que también son añejas esas especies híbridas de hipstardos y hipstardas que no renuncian a las gafas de pasta ni a los topos blancos sobre fondo rojo, que van con su chaquetita de colores discretos, sus pitillos con vuelta sobre el tobillo y coquetean con la música de Malú.

Tres días llevo con la historia en la cabeza porque tres días es lo que tardan estas cosas en caerse de mi guindo mental. Tres días para llegar a la conclusión de que la afectación, todo tipo de afectación, ha poblado la faz de la tierra desde que el primer primate con dedos prensiles agarró un tizón y se puso a emborronar paredes de cuevas. Luego llegarían las pinzas y las sisas en las pieles de leopardo y todo lo demás.

Y es que ni siquiera es nueva la proliferación. Los ochenta generaron una cantidad de neón, colores gritones y ¡Mariíííííííi!s que  parece que queremos olvidar, pero ahí está. Y en los noventa nos asaltaron los suicidas originarios de Seattle y ya no se fueron nunca.

Lo que sí es relativamente nuevo es internet, que está lleno de fotos y letras. Es muy alucinante lo que hacen las letras y las fotos. Un poco como hacía antes la tele, que si había salido allí era verdad y por eso los españoles creyeron un 28 de diciembre que Miguel Bosé se había quedado embarazado mediante una avanzadísima técnica de reproducción asistida.

Ahora pasa eso con blogs, cuentas de Twitter y perfiles de Facebook:  Las tonterías que se escriben  toman de inmediato  más cuerpo porque están escritas y llevan apoyo gráfico. Si además van acompañadas de eso que llamamos fina ironía cuando no es más que burdo insulto gratuito, nacido de la necesidad de menospreciar a otros para apuntalar la propia estima, el éxito está asegurado.

Lo que pasa es que Internet compartimenta y ahora no hay gurús nacionales, sino gurús de portal. Eso sí, todos cortados por el mismo patrón, con el mismo criterio y la misma mala baba; todos riéndose de los demás, todos haciendo bromitas absurdas y escribiendo entradas ultra cool. Todos posicionándose más allá de las nubes, no vaya a ser que las nubes huelan a algo. Todos, por supuesto, ofreciendo sus decálogos, a lo Kieslowsky. Tan decadentes todos que parece que Oscar Wilde hubiera apostatado de la decadencia.

Son como las animadoras en las películas de instituto. Los hipstardos se consideran en posesión del poder, la popularidad, la verdad y el derecho de usarlos: ellos deciden qué se debe escuchar, a dónde se debe ir, dónde se debe comprar, cómo se debe emplear el ocio. Y tienen una dobla vara de medir absolutamente fascinante: si eres del club puedes hacer lo que quieras porque es auténtico. Ser auténtico es lo único que salva a una persona de la mofa más absoluta –quien dice persona, dice colectivo-. Si eres hispatrdo puedes acudir a un museo, pero si eres un padre que lleva a sus hijos al Reina Sofía en domingo eres un impostor que se cuela ahí porque es gratis y hace fresco hasta la hora del aperitivo.

Lo hemos hecho todos, imagino. Yo lo hice. Lo de juzgar a los demás desde un punto de vista estrecho y absurdo. Les hacía encajar en la minúscula idea que me había hecho del mundo porque del mundo real había visto un fragmento mínimo.  Ahora en cambio me molesta ver cómo otros los hacen.  Lo confieso: me molesta. Lo detesto con toda mi alma. Y como no quiero terminar amargada sin soltarlo, os lo dejo aquí: Que no, que no sois ni originales ni más listos que nadie. Y además vuestro ingenio es más de segunda mano que vuestros abrigos de cuadros.  Además, el tiempo está de mi parte: creceréis, os haréis mayores y os avergonzaréis de vosotros mismos.

Es una pura cuestión de paciencia.

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