Amar en Rusia. La estupidez de la homofobia.

por Alicia Pérez Gil

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Lo que sucede lo explica la prensa con todo lujo de detalle: en Rusia se persigue a los homosexuales. Se aprueban leyes que multan a parejas del mismo sexo que vayan de la mano, proliferan los grupos que torturan a gays y lesbianas para colgar luego, en la red, vídeos del cómo se hizo; deportistas de élite defienden la homofobia nacionalizada, institucionalizada. Todos lo hemos visto.

Ocurre con esto lo de siempre, que algunas palabras ocultan algunos hechos. Homofobia y persecución de homosexuales son expresiones asépticas, no dicen nada. A mí al menos me transmiten poca cosa. Persecuciones suena a paranoia y fobia suena a miedo. Despiertan cierto rechazo porque estoy educada en lo políticamente correcto y lo socialmente aceptado, pero no se me disparan señales de alarma reales.

Ahora bien, saber que personas se organizan para apalear a otras personas, para mear sobre sus cuerpos desnudos, arrancarles el pelo a puñados y/u obligarlas a humillarse en público, me da una medida un poco más exacta de las cosas. Esto sucede en el año 2013, a cinco horas de avión de mi ciudad. Y se traduce en que hay personas que temen abrir los ojos por las mañanas, que temen cerrarlos por las noches. Hay personas que salen de sus casas disfrazadas de otras personas, que no se atreven a declarar su amor a quienes aman porque, igual que en España nos quitan el derecho a ir a la escuela o acudir al hospital, en Rusia les privan del derecho a amar.

La homosexualidad es amor lo mismo que es amor la heterosexualidad. Desde que recuerdo, cada vez que he tratado sobre homosexuales y derechos ha sido en un contexto en el que se hablaba sobre todo de sexo. Y he defendido que  a mí me trae al pairo con quien se acueste cada cual. Me da lo mismo: mientras no se acueste conmigo no me interesa. Mientras el sexo sea libremente consentido, las combinaciones que no me afecten no son cosa mía. Pero es que ser homosexual no es sólo que, en mi caso, me exciten las mujeres. Es que, si me enamoro, me enamoraré de una mujer. Querré vivir con ella, la querré, me preocuparé por su felicidad, la cuidaré, saldré corriendo de la oficina porque me faltará el aire si no la veo, querré conocer a sus padres, me perderé en sus ojos, añoraré su piel, la apoyaré en sus proyectos, secaré sus lágrimas y compartiré su risa.

El amor es universal. De todas las cosas que afectan a los seres humanos, no se me ocurre otra que lo haga de un modo más homogéneo. Quizá la muerte. Y nadie sobre la faz de la tierra tiene derecho a decidir que un amor vale más que otro. Es absurdo, enfermo, ególatra, retorcido, feo. Muy feo. El amor es amor y por sí solo hace más grandes y mejores a las personas. Quienes no entienden esto son estúpidos y pequeños.

Repito: quienes no entienden que el amor homosexual y el heterosexual son iguales, son estúpidos y pequeños.