Descansar de escribir… Escribiendo

por Alicia Pérez Gil

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Cuando lees los decálogos de todo hijo de vecino para ser un buen escritor, o las cartas para escritores jóvenes o los consejos bienintencionados marca ACME para crear una obra literaria excelente, sueles toparte con dos recomendaciones base: lee hasta la extenuación y escribe hasta que te sangren los dedos. En principio, ambas cosas parecen razonables: sólo leyendo, repasando lo que otros han hecho, te pones en contacto con los aciertos, los errores, los trucos y las mañas de escritores que tuvieron éxito antes que tú; y sólo escribiendo los pones en práctica.

Si bien la función de leer tiende a infinito (hay tanto y tan bueno), la función de escribir tiende a dar vueltas sobre sí misma en intervalos cíclicos que comienzan con grandes dosis de entusiasmo, pasan por baches donde te preguntas si alguna de las palabras escritas tiene algún sentido y terminan en abismos de insondable amargura. Lo bueno de los ciclos y del eterno retorno es eso: que son ciclos y que retornan eternamente. Pero ¿Qué pasa en el periodo de tiempo que empleas en escalar por las resbaladizas paredes de tu abismo y llegar a un nuevo comienzo entusiasta?

Cuando llevas largo tiempo enfrascado en un proyecto y alcanzas el bache definitivo que te obliga a aparcarlo hasta que sean mejores momentos para la lírica, lo que sucede es que dejas de escribir. A lo mejor sólo durante un par de días o una semana, hasta que la cabeza se desintoxica y te ves con fuerza para enfrentar esa obra de nuevo. Durante ese descanso obligado ves películas, recuerdas que tienes familia, limpias tu cuarto, que se había llenado de latas de bebidas energéticas y envoltorios de sándwiches, sales a la calle y ya está. Pero es que el consejo de ancianos dice que hay que escribir hasta que sangres.

¿Qué hago yo?

Escribo.

Uno de los motivos por los que se abren los abismos de la desesperación a mis pies (todos ellos) cuando trabajo en una historia larga, como una novela, por ejemplo, es que no le veo el final. Soy una persona que necesita resultados. El día del reparto de la paciencia me pilló despistada y no me tocó mucha; así que, cuando tardo en terminar algo me pongo nerviosa, se me disparan los fusiles del autocuestionamiento y me desespero.

He descubierto que me merece mucho más la pena dejar la novela en cuestión un par de días –o un par de horas- y despejarme la cabeza con un artículo de blog o un relato corto. Parecería que no, que cuando uno escribe, escribe y ya está, pero la verdad es que cambiar de proyecto es estimulante, reactiva mis neuronas y me deja limpia y relajada. Así consigo escribir más, lo que contribuye a una fluidez mayor, y a que el tiempo que aparco los proyectos largos se reduce. Más productividad, una sensación más placentera y cubro mi necesidad de tener cosas terminadas.

Pero no es necesario escribir relatos o artículos. Se pueden escoger ejercicios: tomar uno de tus textos favoritos y reescribirlo como comedia o en caló. Hay docenas (¿centenas?) de maneras de escribir, de entretenerse escribiendo, que te alejarán de tu novela y surtirán sobre ti un efecto balsámico y reparador.

Y este, queridas y queridos, es mi consejo de hoy.

 

Además, por si os interesa, en este enlace os pagan por escribir…

 

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