Alumno y maestro: cursos de narrativa

por Alicia Pérez Gil

hermione Granger, Harry Potter, Alumno, Maestro, Films

A veces pasan cosas.

La mayor parte de mis entradas de blog podrían resumirse así.

Este verano, que he invertido en formarme un poco como escritora, lo que ha devenido en que invertiré otoño, inverno y primavera en formarme más, ha pasado eso: que he hecho un curso.  Hoy he terminado un ejercicio para ese curso y me siento satisfecha. Se trata de un relato en el que había que trabajar dos aspectos concretos.

El relato ha surgido de una idea que apareció de la nada una noche, sentada en el asiento del copiloto del coche de Emilio. Era de noche, no se veía nada excepto las líneas blancas y el reflejo del quitamiedos. Había muy pocos tráfico y, durante algunas horas, sólo un par de vehículos nos adelantaron. Aburrida de la oscuridad, dejé vagar la mente y, de repente, ahí estaba el germen de la historia: ¿y si nadie nos adelantaba porque había una maldición y todos la conocían menos nosotros? Vale, una idea peregrina, me dije, pero la voy a anotar.

Un año después, repasando mi cuaderno de notas, me encontré con ella. Hace pocos meses, dos o tres. Le di un par de vueltas,  hice un primer intento de llevarla al papel  y volví a aparcar el tema porque no  me convencía nada.

Entonces, hace dos semanas, encontré a los personajes perfectos para protagonizarla: dos chicas jóvenes y atractivas, una de ellas muy new age y la otra una fumadora empedernida con ataques de estrés.  Escribí un borrador de unas tres mil palabras, me desesperé porque algo no funcionaba y no sabía identificar qué y entonces vino la clase número nueve de mi curso intensivo de narrativa, de la mano de Factoría de Autores. Hablamos de la atmósfera y del tono.

La atmósfera era algo que yo creía dominar a la perfección porque alguien, en algún momento –posiblemente varias personas en varios momentos- me habían dicho que lo mejor de mis relatos era el regusto incómodo que dejan y las atmósferas que creo. Aún así presté atención. Era la novena clase y ya me había sorprendido varias veces aprendiendo cosas. Aprender en un curso, ya me vale…  Y me vino muy bien escuchar, porque me enteré de que la atmósfera no está ahí por inspiración divina, sino que cumple un papel importante, que debe relacionarse con personajes y acción y que es un elemento de gran importancia a nivel emocional.

Así las cosas, retomé mi relato y comencé con la tarea de revestir su esqueleto con algunos ropajes: paisaje, humo, nubes, tormenta, colores determinados, escenas aparentemente superfluas que no lo son… Y luego me he ido a comer con un amigo y hemos hablado de eso: del talento, la técnica, el oficio, la intuición. No está mal para un contable y una secretaria.

Es importante el talento, que se tiene o no se tiene pero que por sí solo no sirve para nada.

Es importante la intuición porque se parece mucho a la zanahoria delante del burro: te dice cuando debes seguir (siempre) y si se pudre, te paras y buscas un camino nuevo donde huela a zanahoria dulce y rozagante.

Yo siempre había creído que el oficio era sencillo de aprender, que los trucos estaban en los libros, que había que leer mucho, con ánimo de aprender, y que con eso bastaba. Pero no. No es lo mismo leer doce libros e intuir cuáles son sus puntos fuertes, que  tener a alguien que sabe de lo que habla explicándote cuáles son los elementos de los que se compone una narración y de qué manera puedes usarlos. La ventaja que te ofrece disponer de un profesor profesional no tiene rival. Es como meterse en un museo y ver un montón de cuadros bonitos o acudir al mismo museo con un guía que te explique, no sólo qué hace bonitos esos cuadros, sino qué hay detrás de lo aparente.

Y luego está la piedra de toque: el trabajo. Trabajar, trabajar, trabajar. Trabajar un texto con tesón, con paciencia, dejarlo a un lado cuando no avanza pero no perderlo de vista y retomarlo en el momento justo.

Leemos acerca de todo esto casi todos los días, pero somos humanos y a los humanos nos cuesta interiorizar. El maestro, que dirían los señores de ojos rasgados, llega cuando está preparado el alumno. A mí me ha tocado ahora. Y me fastidia saber que soy un alumno parcial, que aprenderé sólo un porcentaje muy pequeño esta vez y que deberé estampar mi dulce naricilla contra una roca virgen docenas de veces antes de que se me vuelva a encender la bombilla. Pero he dado un paso hacia adelante.

Y eso está bien.

Anuncios