Hiroshima: grullas de papel.

por Alicia Pérez Gil

Hiroshima Dome, Alicia Pérez Gil

El 21 de febrero de 1955 Sadako Sasaki fue hospitalizada por última vez y los médicos le dieron un máximo de doce meses de vida. Murió el 25 de octubre de ese mismo año. Le habían diagnosticado leucemia, también conocida como “enfermedad de la bomba A”. En el momento de su muerte tenía 12 años; cuando la bomba de Hiroshima estalló a sólo un kilómetro y medio de su casa, Sadako contaba con sólo dos añitos. No soy capaz de imaginar el alivio de su madre cuando la encontró viva entre las ruinas de su barrio.

En el Museo de la Paz, en la Hiroshima actual, los visitantes no hablan ni siquiera en voz baja. El precio de la entrada es ínfimo: unos treinta céntimos de Euro que dan derecho a estudiar las maquetas de la primera planta: dos círculos gemelos que muestran el antes y el después de la detonación. En el primero se ven edificios, el trazado de las calles, árboles, el río y el puente que parecía ser el objetivo del ejército aliado. En el segundo sólo quedan las ruinas de tres edificios, uno de ellos el de la foto: un centro comercial espectacular, una especie de Corte Inglés diseñado por un arquitecto checo. El resto de la circunferencia está relleno de una especie de ceniza gris, plana. Cualquier vestigio de una ciudad ha desaparecido. A un lado flota una bola roja que señala dónde estalló el artefacto, antes de llegar al suelo, a una distancia calculada para que la onda expansiva hiciese el mayor daño posible. El puente que los aliados pretendían derribar siguió en pie. Se reconstruyó más tarde. Yo lo crucé este verano.

En el piso superior no se oye nada excepto silencio interrumpido de vez en cuando por el llanto ahogado de algún mujer; por ejemplo, el mío.

He visitado campos de exterminio nazis, entré en barracones donde mantuvieron presos a los judíos, me detuve dentro de la cámara de gas de uno de ellos, paseé por el temible pabellón 5 de Dachau y fotografié todos y cada uno de esos rincones. Me fascina el sufrimiento humano cuando lo infringe otro ser humano de la manera en que el universo fascina a los astrónomos, supongo. Hay mecanismos que no comprendo: los del sadismo o los de la resignación, por ejemplo. En ninguno de esos sitios me abofeteó la conciencia del dolor ajeno como en este edificio moderno de Hiroshima, donde fui incapaz de sacar mi cámara a pesar de que las fotografías, al contrario que en otros muchos lugares de Japón, estaban permitidas. Sé por qué.

La exposición no muestra muchos restos, apenas algunas pertenencias personales: un bento calcinado, unos frascos de vidrio pegados unos a otros por efecto del calor, el triciclo retorcido y oxidado de un niño recuperado de su tumba: su padre le había enterrado junto a su juguete favorito y lo exhumó cuarenta años después para darle una sepultura formal. No sé si hay algo más digno que el entierro a manos de su padre. Todos y cada uno de esos objetos estaban etiquetados con fechas, nombres propios e historias que cabían en unas pocas líneas. No fui capaz de leer más de seis o siete. Todas hablaban de niños, de adolescentes con las ropas derretidas por el calor y pegadas al cuerpo que se arrastraron hasta casa de sus padres y murieron días después, horas después, entre dolores inenarrables que nadie podía mitigar. En Hiroshima las víctimas no eran números, sino personas.

Sadako Sasaki vivió diez años más que la mayoría de sus vecinos. Creció como una niña sana y fuerte, una deportista. Hasta que un día comenzó a sentirse débil. No recuerdo, y no voy a buscar los datos porque no creo que sea necesario, cuantas veces entró y salió del hospital. En un momento determinado se le hinchó el cuello. En las fotografías que le hicieron con un precioso kimono rojo que su madre le había regalado, se ve a una criatura delgada, una fisonomía japonesa típica, con el cuello hinchado como un pez globo.

No había mucho que hacer, pero Sadako no perdió la esperanza. Conocía una leyenda relacionada con el origami, el arte japonés de la papiroflexia: si doblas mil grullas de papel, los dioses te concederán tu deseo. El deseo de Sadako era vivir. Dobló muchísimas grullas, muchas más de mil. Hacia el final de su enfermedad lo hacía con trozos de papel tan pequeños que debía ayudarse con alfileres para hacer los dobleces. Algunas de las figuritas se conservan en vitrinas; son en verdad tan diminutas que cuesta apreciar su forma tradicional. Pero ni las grullas ni su voluntad de vivir ganaron a la leucemia. Sadako murió el 25 de octubre de 1955 a los doce años.

En el parque de la paz de Hiroshima se levanta un pequeño memorial en su honor y aún hoy se reciben grullas de papel. Las envían niños de diferentes colegios, adultos de todas partes del mundo que creen en la paz. Un guía voluntario nos explicó que a dos metros bajo el césped quedaban los restos de las docenas de miles de personas que murieron el seis de agosto de 1945 cuyos cadáveres se volatilizaron debido a las altas temperaturas. Aquello fue como si el Sol bajase a la Tierra.

Yo no sé si creo en la paz. Me enfado casi a diario por una cosa o por otra, pierdo los nervios y me consta que a veces hago daño a la gente que me rodea. Así que no sé si la paz es posible, pero sí sé que el sufrimiento es estéril y que está en nuestra mano no hacer daño de manera consciente.

Sadako Sasaki, Alicia Pérez Gil, Hiroshima

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