Uñas de porcelana

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, relato, horror

Eran preciosas, el esmalte pulido, perfecto, brillante. La línea de luz roja que marcaba la zona de corte reflejaba su color sobre ellas con delicadeza. Mónica las miró antes de sacar las manos del hueco de la guillotina. Aún no la había programado, así que, mientras se aseguraba de introducir bien los datos, repasó la cadena de hechos:

Había escogido la peluquería por la pintura blanca de las paredes. No le había hecho gracia que el profesional fuese chino porque ya era lo bastante difícil que una peluquera le hiciese el corte deseado sin barrera comunicacional, pero la larga cola de clientes que aguardaba y los guantes inmaculados del hombre habían jugado a favor del establecimiento.

Esa noche, ya en casa, había sentido las uñas extrañas mientras lavaba el pelo a la niña. Se le enredaban los cabellos y le dolían las yemas. Lo había achacado a la impericia de la esteticista, una mujer oriental acatarradísima, con los ojos acuosos, que se protegía con una mascarilla. Le había apretado los dedos como si le fuera la vida en ello. Durante el baño, Mónica había arañado a la pequeña y ni siquiera se había dado cuenta. No recordaba con precisión si tras el arañazo había cesado el dolor de sus dedos.

El corte de pelo y el tinte fueron tan profesionales y baratos que se decidió por una manicura. Hacía años que no tenía unas manos presentables: entre la casa, la niña y la cantidad de papel que manipulaba en la imprenta las llevaba como una vieja. Pidió unas uñas de porcelana, la mujer con problemas respiratorios le explicó que tardaría una hora en dejarla lista, Mónica aceptó. Se arrepintió de inmediato.

Con la niña acostada y Paco a cargo del fregado, sacó a Rufo a dar su paseo nocturno. Los dedos le ardían. Temió una reacción alérgica al polvo de porcelana, pero no dijo nada. Era una mujer muy sufrida. Ya en el parque soltó la correa del animal, que en seguida le alcanzó un palo para jugar. Al tomarlo de entre los dientes de Rufo le clavó una uña en el hocico por accidente.  El perro gimió y ella se asustó, pero el dolor ya no estaba allí.

Durante los primeros minutos del tratamiento, mientras la china luchaba por no ahogarse tras la mascarilla y le probaba uñas falsas que encajasen en sus dedos diminutos, Mónica comprobó que el blanco de la pared no era tan inmaculado: manchas de apariencia orgánica salpicaban la zona más cercana a los espejos, el polvo se había hecho fuerte en las esquinas y el esterilizador del que la mujer había sacado su instrumental parecía apagado. Maldijo en silencio su educación exquisita, que le impedía levantarse en ese mismo momento y aguanto, estoica.

Paco desinfectó a Rufo, que se apartaba de ella y le escamoteaba el lomo, de modo que no pudo disculparse con una sesión interminable de caricias. A cambio, su marido la desnudó con parsimonia y se entregó a su propia serie de carantoñas. Mónica no estaba de humor, pero él sabía cómo encenderla. Todo fue bien hasta que, a horcajadas sobre su espalda, comenzó un masaje. A Paco le encantaba cómo le tocaba, pero algo había salido mal. Cuando se quiso dar cuenta, tiras de piel de su marido le colgaban de las uñas. Los gritos despertaron a la niña, Rufo ladraba tras la puerta de la habitación y ella no sabía qué estaba pasando.

La suciedad y la torpeza de la esteticista le recordaron el famoso dicho: lo barato sale caro. Una frase hecha llevó a la otra y se encontró dándole vueltas a las famosas leyendas urbanas acerca del perro agridulce y las bolitas fritas de gato. Imaginaba un cuarto oscuro, maloliente, presidido por una montaña de arroz tres delicias. A su izquierda la cola de clientes disminuía. Todos ellos llevaban las manos en los bolsillos.  La mujer alargó un brazo para coger una lima cuadrada y Mónica se fijó en sus uña: quebradas, sucias, como mordidas. Sin saber de qué manera conjuró películas en las que torturadores chinos arrancaban las uñas de sus víctimas. Se miró las propias, ya lacadas, perfectas. No dejó que le dieran el último retoque: pagó y salió corriendo, mucho menos asustada de lo que más tarde escaparía de su cama de matrimonio.

Esa mañana, mientras planeaba lo que estaba a punto de llevar a cabo, había apoyado la cara en las manos. Le ardían de dolor, pero las ignoró. Descansó el rostro sobre ellas y sólo el sabor de su propia sangre la sacó del trance en el que sin duda había caído. Esa era la última prueba: cuatro surcos rojos chorreaban de cada una de sus mejillas y tenía el labio inferior deshecho. Sin embargo una sensación de euforia inexplicable la embargaba. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para programar la guillotina.

Pulsó el temporizador, colocó las manos bajo la línea de corte y esperó a que cayera la cuchilla.

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