Determinación

por Alicia Pérez Gil

Fotografia, Alicia Pérez Gil, Mijayima

Tengo una memoria espantosa para los nombres de los templos japoneses. Este está en la isla de Miyajima, un lugar precioso frente a Hiroshima. Quizá os suene el tori gigantesco que queda parcialmente sumergido por las mareas, es la imagen que más ronda por internet.

Hacia el interior de la isla hay como mil templos, estatuas de pequeños budas muy graciosos, una vegetación verde que a la madrileña que hay en mí le pareció tropical y, además, este recinto pequeño con centenas de reproducciones del mismo dios que, espada en ristre y con esa cara de pocos amigos, no muestra otra cosa que su determinación de expandir el budismo sobre la faz de la tierra.

Cuando salimos de allí recuerdo que comentamos que no estaba bien eso de querer inculcar a nadie las creencias de uno, aunque uno fuese un dios.

Hoy me he descubierto a mí misma en una situación tan cotidiana que quizá por eso me haya sorprendido: tras tres horas de reunión con nuestro abogado -preparábamos la reunión de mañana. Una vez que entras en el bucle de las reuniones nada vuelve a ser lo mismo-, he cogido el autobús camino de casa, he encendido el Kindle, me he puesto a leer, he llegado hasta la estación de metro, he caminado mientras leía y me he dado cuenta de que la vida es exactamente eso: pasar tres horas debatiendo cuál es la mejor manera de enfrentarte a tu empresa en nombre de tus compañeros y luego leer una buena historia de zombis. La vida también es esto: escribir un blog tras haber hecho una tortilla de patata y haberte asegurado de que tu gato y su conjuntivitis han tomado caminos separados.

A veces, cuando una cosa se hace tan grande que no nos deja ver las demás, sean buenas, malas o regulares, se nos olvida que no somos una sola persona ocupándose de una sola cosa. Cada uno de nosotros somos docenas de personas: somos las parejas entregadas, los vagos que sólo quieren ver la tele, los enganchados a una novela, los aburridos que dan vueltas sin saber qué hacer, los cocineros, los limpiadores, los humillados, los que humillan. Antes o después todos somos esas personas y muchas otras.

A mí se me olvida tan a menudo mi naturaleza cambiante que no me doy cuenta de que los demás también están hechos de múltiples caras. Paso por alto que aunque yo sólo vea el lado menos amable de una persona, esa persona debe de tener cosas buenas. Y pasa también al contrario: aunque yo sólo aprecie las bondades de alguien, todos tenemos un lado oscuro.

En los últimos tiempos me he creído en posesión de la razón (sigo creyendo que la tengo y que muchos a mi alrededor se equivocan) y, amparada en esa especie de hegemonía moral, me he permitido olvidar la tercera dimensión de muchas cosas y de muchas personas de quienes creo que yerran. Y no me gusta.

Hoy una persona de la que no me fío me ha dicho algo absolutamente cierto que también olvido a menudo: sólo podemos controlar nuestros propios actos. Seguramente pretendía darme un mensaje que no es el que he recibido, porque lo que yo entiendo es que no debo ocuparme de cómo reaccionan los demás, sino de hacer lo que yo considero correcto. Es la única manera de ser feliz y dormir tranquila. Que los otros se salven solos. A partir de aquí yo camino por mis baldosas amarillas. Sin sermones.

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