El método

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, Relato

Presionaba el arma contra el muslo. Ya no la sentía fría a través del pijama, así que debía de haberse dormido al menos un rato. Buena cosa. Lo que no parecía tan bueno era el sonido que le había despertado: jadeos ahogados en la habitación de al lado y gruñidos inhumanos que llegaban por el pasillo procedentes del salón. Abrió los ojos, los clavó en las pegatinas de planetas  fluorescentes que salpicaban el techo y esperó, pero en esa ocasión no le sobrevino ninguna arcada. A cambio sintió el pecho pesado.  El Doctor llevaba a cabo la fertilización de la chica de la única manera posible y no debía olvidar que lo hacía por ellos: por Lucía, que dormía a su lado, por él mismo y por todos los supervivientes, si es que los había. Juan no tenía derecho a sentirse asqueado.

En la facultad, el Doctor Onofre sólo había pasado por una crisis, cuando su mujer le dejó porque había descubierto que se tiraba a Lucía y luego Lucía, que nunca hacía referencia a lo que ocurría en el cuarto contiguo por las noches, le había dejado también. En aquella época, el mentor de ambos publicó un artículo sin pies ni cabeza, perdió hasta la última traza de prestigio académico y sólo conservó dos alumnos: él mismo y la propia Lucía, cuyo cabello puntiagudo sobresalía por encima de la funda nórdica estampada de constelaciones  que los difuntos dueños del piso no habían llegado a estrenar. Los dos le habían apoyado y gracias a él habían sobrevivido. No cuestionaban sus decisiones ni su manera de llevarlas a cabo. Aunque Juan sospechase que había modos más humanos de proceder. Podrían sedar a la muchacha, por ejemplo.

Mientras el Doctor Onofre terminaba con la pobre chica, Juan calculó el tiempo que le quedaba hasta la siguiente tarea. Le tocaba a él anotar las constantes vitales del zombi del salón. Carecía de pulso y no respiraba. Había sido así desde el primer momento, por supuesto, pero el método era el método. Poco importaba que los únicos cambios producidos en el espécimen se debieran al deterioro constante de los tejidos. La luz que se filtraba por las rendijas inclinadas de la  persiana le indicó que no se hiciera ilusiones: el amanecer estaba lejos aún y el doctor todavía no resoplaba. A la muchacha y a él les quedaba una larga noche por delante.  Cerró los ojos, apretó de nuevo la culata de la pistola contra el muslo y procuró dormirse, pero el muerto viviente se había excitado con la actividad de Doctor Onofre y la chica gritaba. Debía de ser horrible lo que la estaba haciendo, si gritaba.  Por la mañana le miraría con los ojos perdidos en el centro de unas ojeras inmensas y él no podría apartar la mirada de sus labios amoratados en carne viva. Juan le suplicaría en silencio que dijera algo. Si decía algo se atrevería a actuar. Al principio le pedía ayuda para escapar y él no había reaccionado; luego para morir y Juan no había hecho nada tampoco. Ahora que estaba preparado para salvarla sólo le miraba.

Se giró y quedó tendido sobre el costado izquierdo. Frente a él un montón de ropa se levantaba oscuro sobre una silla de Ikea. Sabía lo bonita que debió de haber sido aquella habitación infantil con sus paredes verde pistacho y los muebles blancos y morados. A Lucía le había gustado mucho y se la adjudicó de inmediato cuando allanaron el piso. A ella siempre le habían encantado los niños y Juan suponía que, ya que no iba a tenerlos, los sustituía por las cosas que habían pertenecido a hijos de otros. Por ejemplo, aquel cuarto infantil.

Por la mañana falseó los datos del zombi. Hizo el esfuerzo de dejar su pistola sobre la mesilla y recorrió el pasillo pintado de naranja con brío fingido. A esa hora el Doctor Onofre solía haber comenzado ya su día. Incluso si se había mantenido ocupado durante la noche, pero no le vio encorvado sobre la mesa del comedor. El cadáver animado en cambio gemía y se retorcía. Las muñecas desolladas se movían como lombrices y su hedor parecía más insoportable que de costumbre. El artefacto que le habían colocado en la pelvis no le molestaba  en absoluto, aunque se bamboleaba de manera grotesca. Si se lo hubiesen implantado a un hombre vivo se habría desmayado de dolor. Cada vez que lo veía, Juan se llevaba una mano a la entrepierna de manera instintiva.

La idea inicial era crear un híbrido. Por eso mantenían al muerto con el pene rígido y a la mujer encadenada. Por eso el Doctor Onofre la obligaba a montarlo y la violaba después.  Juan sintió un escalofrío. Era la primera vez que se permitía ese pensamiento. Hasta entonces se había mantenido a salvo repitiéndose que el doctor sabía lo que hacía, pero ya no. De algún modo extraño los gritos de la mujer, los gritos del zombi y el silencio de Lucía le habían despertado. No pudo acercarse al cadáver, que parecía señalarle con el pene tumefacto  así que  se dirigió a la cocina. Lucía le esperaba con una taza de café soluble preparado en un hornillo de camping. Nada quedaba del brillo de la vitrocerámica, pero los armarios que alguien había pintado de amarillo en un intento de renovar el piso estaban limpios. A los dos les gustaba la limpieza, a él y a Lucía. Les recordaba que eran humanos, científicos. La pulcritud, hasta donde era posible, había ocultado las atrocidades del Doctor Onofre. Pero ya no.

—Hay que llevarle algo al sujeto—dijo Lucía.

—Es una mujer.

—Es un sujeto de estudio. Aunque no va a haber nada que estudiar.

—¿Qué quieres decir?

—Los muertos no se corren y el doctor dispara balas de fogueo, así que…

—No entiendo, Luci.

—¿Por qué crees que le dejé? Se hizo la vasectomía después de su tercer hijo.

—¿Y cómo permites lo que hace?

—¿Yo? —Lucía se encogió de hombros—¿Cómo lo permites tú?

Juan dejó la taza aún medio llena de café caliente en el fregadero y volvió al cuarto verde y morado. Apartó la ropa de la silla, se sentó, cogió la pistola que, ahora sí, estaba fría, y apoyó la nuca en el respaldo. Lucía tenía razón: era culpa suya que las cosas hubieran llegado a ese punto y no podía permitir que continuasen, o que empeorasen.  Se levantó, quitó el seguro del arma se la metió en la boca y se fijó en las pegatinas del techo. El disparo salpicaría la pared color pistacho pero aquellas galaxias deslucidas refulgirían impolutas al anochecer.

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