El arte de la patata

por Alicia Pérez Gil

Patata Alicia Pérez Gil

Queridos amigos y lectores, llegamos al final, juntos y en unión, de un intenso y fructífero periodo de aprendizaje. Hemos estado juntos todo el mes de noviembre, en el que hemos reído, llorado, suspirado, atesorado esperanza, nos hemos cabreado como monas, hemos desesperado y, hoy por fin, tenemos una conclusión: lo único que importa es tallar patatas y hacerlo con la mayor precisión y belleza. También se pueden pintar, como las de la foto. Nos recordarán por nuestro arte en la manipulación de la patata. ¿Por qué lo sé? Porque he tenido buenos profesores que me lo han enseñado.

Aún no soy muy buena en esto de esculpir tubérculos, pero no importa. Se trata de una pura cuestión de paciencia. Por tres euros te compras cinco kilos y con unos buriles puedes hacer verdaderas birguerías. De hecho, según los expertos, es mucho más fácil esculpir la torre Eiffel con patata que ganar un juicio con la razón de tu parte, pruebas que lo demuestren y un buena abogado que exponga todo ello.

Las patatas no mienten. A veces les salen unas raíces un poco molestas, antiestéticas, pero se arrancan y ya está: ya tienes una patata monda y lironda con la que realzar tu obra de arte. Las patatas no te dicen que te admiran y luego se van de copas o se quedan viendo la tele al abrigo de lo que sea. No: una patata extraída de la tierra se quedará contigo para siempre. Puedes sentarla en tu sofá, tomarte unas cervezas con ella y charlar. A ser posible de nada demasiado trascendente. A ver, es una patata.

Una patata no te promete justicia, no conoce la justicia. Promete una dieta hipercalórica, como mucho. Pero nadie está hablando de comer patatas. Tampoco te habla de integridad, de compromiso… Uno sabe lo que puede esperar de una patata. Y las que vienen con gusanito dentro se tiran y listo. Sin pena.

Como las personas.

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