Vivir de pie

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, denuncia

Miramos por la ventana, los que miramos, y enseguida giramos la cabeza porque el desfile de desterrados es un espectáculo desagradable.  La mayoría en cambio no mira. No digamos nada de hablar o de hacer.

Me sigue doliendo, aunque ya no me extraña. No sé de qué manera nos han convencido de que todo irá mejor si permanecemos en silencio. Ayer decía la Garralón, la Julia de “Verano azul”, que todos necesitamos que alguien nos dé un empujoncito y nos diga que tiremos, venga, que hay que tirar. Pero que ahora sólo recibimos palos en el cogote. Es cierto. Creo que ambas cosas son ciertas. Necesitamos líderes y necesitamos conciencias y voces altas y claras.

Sabemos ya todos que las cosas no están bien y que van a peor. No son necesarios más artículos de periódico que nos digan que estamos mal gestionados o que hay corrupción. Ya tenemos más información de la que es posible digerir. Lo que nos hace falta es que alguien con arrestos y carisma y las ideas claras nos diga qué hemos de hacer.

A mí me falta el carisma y me falta la visión a largo plazo y por eso creo que no soy la persona adecuada. Pero sé que somos muchos millones en el mundo, que estamos gobernados por muy pocos miles y que debemos quitarnos las vendas de los ojos y los grilletes de los tobillos.  Y debemos renunciar a la falsa creencia de que estamos bien o, al menos, mejor. Porque no estamos bien. Somos prisioneros del dinero, de las empresas, de las hipotecas y de una sensación de seguridad falsa. En realidad no tenemos nada excepto deudas y relaciones de dependencia ficticias.

Somos muchos. Y la mayoría cobardes. Cobardes hasta la náusea porque preferimos sacrificar la dignidad en aras de un futuro improbable para nuestros hijos. Les criamos como esclavos con la esperanza de que sean más listos que los hijos de los otros, se coloquen mejor y puedan blandir el látigo en lugar de soportar el yugo. Somos tan cobardes que tenemos miedo al hambre de patatas en lugar de temer una vida de prestado. Pero vivimos a crédito.  Entregamos de buena gana nuestro tiempo y, a veces, entonamos eslóganes.

Pero no es mejor morir de pie que vivir arrodillado.

Hay que vivir de pie.

Conozco a mucha gente que ocupa su tiempo, una gran parte de su tiempo, en hablar de lo que hace con la finalidad de vender eso que hace. No nos engañemos: también yo me dedico a lo mismo. Todas las personas que conozco dedican la mayor parte de sus esfuerzos y de sus pensamientos a sí mismas. Este es nuestro mayor mal. Nos dolemos, nos quejamos, pedimos cariño y comprensión en lugar de preguntarnos qué podemos hacer para que las cosas funcionen de otra manera. Porque somos cobardes. Ni siquiera es por egoísmo, aunque algo de eso haya.

Lo que ocurre es que si hay una lucha armada ya no desayunaremos leche calentada en el microondas. Quizá muramos. Quizá perdamos a nuestros seres queridos o nuestros sofás. Y es duro aceptar que lo cierto es que nuestros seres queridos ya están muertos. Porque si no reclamamos nuestras vidas es como si no las tuviésemos.

¿O es que alguno de vosotros está vivo?

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