La recompensa

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIR

—¿Mari, qué pasa?—contestó Elena, aliviada por la interrupción. Llevaba un buen rato pegándose con el motor del ventilador, uno de esos incorporado a la lámpara, sin ningún resultado. Del otro lado sólo llegaban sollozos entrecortados y sonido de sirenas.

—¿Mari? Tranquilízate, por favor. ¿Es Félix?

Pausa, moqueo,  sirenas y barullo. Seguro que era Félix.

—Se ha… ti…, Elen… ¡Se ha tirado!

Como en una mala película, Elena miró la pantalla del móvil. “Madre de Félix”, se leía. También sonaba igual que ella. La nariz taponada y la misma voz ronca de las resacas de los lunes. Quizá llevase el turbante habitual, de flores amarillas, anudado bajo la oreja. No sabía enrollárselo pero tampoco podía prescindir del toque exótico. Seguro que se sonaba con la versión más cara de pañuelos de papel del mercado; sin embargo no parecían lágrimas de alcohólica. Los dramas de su suegra contaban con una dicción perfecta, de actriz aficionada. No balbuceaba jamás.

—Viene ya la ambulancia. Al puente… de… de… Accio. Se ha tirado. Me ha… Félix me ha llamado y ha saltado. Está muy mal, nena, vente. Vente… Es culpa mía, ya lo sé… Ha sido por mi culpa.

—Mari ¿qué acabas de decir? —Elena ya había cogido las llaves del coche. Echó un vistazo al ventilador destripado en el techo antes de cerrar la puerta de casa. Dejaba unos cables colgando, pero no serían un problema. Al parecer su marido había escogido otro método para lastimarse en esa ocasión.

II

La ambulancia se alejaba cuando Elena llegó al pie del puente. Quedaba aún un coche patrulla con las luces encendidas. Un agente hablaba con un hombre muy bajito cerca del cordón policial. Ellos le dirían a qué hospital se lo habían llevado. El Cadillac anticuado de su suegra estaba mal aparcado un poco más allá. Tenía las llaves puestas. Con suerte no volvería a verlo nunca.

—Disculpe, agente.

—Un momento, señora. Enseguida terminamos.

—Creo que el hombre que… el del accidente. Creo que era mi marido. Se llamaba Félix Jardiel. Ese coche rosa es de su madre. Sólo quiero saber a qué hospital le han llevado.

El policía le dio la espalda a su testigo y la miró, incrédulo.

—Al Central. Perdone la pregunta pero ¿tenían problemas en casa?

—En absoluto.

—Se lo he dicho un millón de veces, agente —intervino el hombre. —El tío sonreía cuando saltó.

—Así es Félix.

—Es cierto, se lo juro, señora. —el hombrecillo parecía mucho más afectado que ella. — Miró hacia allí —señaló el edificio de cristal de un concesionario. — tomó aire y saltó con una sonrisa en los labios. Ni siquiera tuve tiempo de gritar que no. Luego en seguida llegó la mujer del pañuelo amarillo. Creo que era su madre. Lloraba muchísimo.

—Al contrario que usted. —dijo el policía.

—Yo le conocí en el hospital. Ambos estábamos en tratamiento ¿sabe? Por intento de suicidio.

III

—¿Estás bien, Elena?

—Limpia como una patena… Ya me entiendes. Adoro la vida ¿Y Félix?

—Esta vez quizá no salga. Su madre está con él, en la UVI. Ha llegado semi inconsciente: los calcáneos destrozados, fracturas en ambos fémures, los antebrazos partidos también… y hemorragia interna. El corazón no va a aguantar, no creemos que pase de esta noche.

—Ya.

—Me preocupas más tú.

—Qué va. Yo estoy bien. Ya sabía en lo que me metía.

—Ya, pero eso no quita para que duela.

—Lo único que me gustaría saber es por qué. ¿Crees que me lo dirá?

—Sabe que se está muriendo. A veces, en el último momento, la gente dice cosas. Para quitarse peso. Pero quizá no te guste lo que oigas.

—No me lo dirá. Ha tenido mil oportunidades. Bueno, mil no: cuatro. Y en todas ha venido mi suegra con la solución mágica.

—¿Echas la culpa a tu suegra?

—De las tentativas de Felix no, de mimarlo para que no afrontase los motivos: primero el viaje de novios. Por mí podíamos haber ido a las Alpujarras, pero pasó lo del gas y la señora nos mandó  a la Patagonia. Luego la moto, cuando intentó colgarse. Se toma las pastillas y le compra una casa. Ha boicoteado todas las terapias. Sin piedad. Puto sentimiento de culpa, joder. Mis padres igual. Como si comprar cosas arreglase algo.

—Ahí viene…

Cierto: allí estaba con una mancha amarilla arrugada alrededor del cuello, el pelo revuelto y los ojos hinchados. Elena no le dirigió la palabra, pero sí oyó el comienzo de la conversación.

—¿Cree que podrá conducir después de esto, doctor? ¡Le gustaría tanto un deportivo rojo! Estoy segura de que con eso…

IV

Con la cabeza vendada y todo el cuerpo escayolado bajo la sábana del hospital Félix no parecía tan pequeño como en otras ocasiones. Tampoco parecía tan despreocupado. A su alrededor, un par de monitores mostraban líneas de colores diferentes que dibujaban picos y valles. Los pitidos sonaban a intervalos constantes, pero eso no tranquilizó a Elena. Su marido tenía miedo. Por primera vez. Se acercó a la barandilla de metal, pero no supo si cogerle la mano. Temía hacerle daño. Le miró a los ojos asustados, rodeados de piel amoratada, que dirigieron su mirada hacia los dedos. Los movía. Posó los suyos sobre ellos sin ejercer presión. Estaba frío. En el ambiente asfixiante de la UVI Félix ya estaba frío.

—¿Por qué? —Habría preferido decirle cuánto le quería o besarle, pero no le salió nada más que aquella maldita pregunta, la de toda las veces, la que nunca obtenía respuesta, la que su suegra quería callar con un descapotable en aquella ocasión en la que ya no hacía falta porque Félix no volvería a hablar nunca.

—No quiero morir.

—¡Y por qué has saltado!

La línea que marcaba el latido se hizo irregular y los pitidos insoportables. Félix arrugó la frente y entreabrió los labios.

—Por el helado…

Un grupo de enfermeros se apresuraba por el pasillo.

—… de vainilla.

V

El turbante amarillo se había quedado en un asiento mientras la madre del muerto se deshacía en llanto de cara a la pared. Elena llegó hasta ella en dos zancadas y la zarandeó.

—¿El helado de vainilla?

—¿Ha pedido helado? ¿Sólo eso?

Elena gritó tanto que su voz reverberó en todos los corredores.

—Tenía cinco años. Se había caído del columpio… Le dieron puntos en la sien. Fue tan valiente… Le compré su helado favorito. De vainilla. Por ser tan valiente…

Anuncios