Bienvenida, vida.

por Alicia Pérez Gil

Pisces-I-by-Anubis

Señoras, señores, hoy es mi último día en Pullmantur. Entré aquí el once de febrero de 2008 porque quise. Unas semanas antes me habían contestado de otro proceso de selección, me habían dado un puesto muy similar a este y, tras una mañana rodeada de compañeras que temían a su jefe, decidí marcharme y esperar. Aquí, en la Calle Mahonia, me había entrevistado María Escurra, que me preguntó si no estaría yo sobrecualificada para el puesto, si no me aburriría. Contesté que sí, que estaba sobrecualificada y que no, no me aburriría. Por aquel entonces venía de una situación personal muy estresante y pasar ocho horas archivando contratos fechados en 1960 y anteriores era para mí una visión del paraíso. Además estaba la luz. En el quinto piso de este edificio la luz es increíble. Se han empeñado mucho en que no la veamos, pero es luz de Madrid, de la que buscan los pintores. Y viene de fuera, de ese sitio más allá de los cristales donde nos han dicho que hace tanto frío.

Durante estos casi seis años he visto de todo y muy poco bueno. Dejando a algunos de mis compañeros a parte, las cosas que he visto hacer y las decisiones que he visto tomar me han provocado enfados, frustración y mucha impotencia. Los últimos ocho meses, desde febrero, han sido especialmente dolorosos. En esa fecha tuve mi última entrevista de evaluación. Fue prácticamente perfecta. Siempre lo son. Soy una buena empleada, una trabajadora nata, así que no suelo dar muchos problemas. Excepto uno: cuando algo no me cuadra o creo que me están tomando el pelo, lo digo. Y mis jefes me reprocharon cuestionarles en público y me pidieron que, si tenía algo que decir, lo hiciera en privado. Nunca me lo habían dejado tan claro: Alicia, eres buena, pero cállate la boca.

Y este año he estado callada y ellos contentos y yo cada vez más apagada y con menos ganas de nada. Hasta que en septiembre nos dieron la noticia del despido colectivo y se abrieron las compuertas. He recuperado la fuerza, las ganas y las palabras. He dicho todo lo que quería decir y, si no he mandado a nadie al oscuro lugar de donde no debió salir, ha sido porque en ocasiones menos es más.

Hoy me marcho. Y me marcho porque quiero. Podría haber seguido las consignas, podría haber suplicado en un par de despachos y me habría quedado. Estoy segura. Pero no quería quedarme. No he tenido una experiencia sana en esta empresa, pero ese no es el motivo principal.

Quería irme y me voy contenta porque la vida está ahí fuera. Hará frío, pero tengo guantes, bufanda y un abrigo rojo. Tengo tres novelas a medias, cuatro gatos, una casa, a Emilio, a mi familia y a mí. Tengo tanto que hacer, que un solo día más en esta oficina sería la peor pérdida de tiempo. Me esperan miles de palabras propias, millones de palabras ajenas, fotografías, películas, besos y abrazos de los que no te importa que te marquen de babas las mejillas o se te caven en las costillas.

Tengo mucho que aprender aún, pero hay algo que espero no hacer propio nunca: espero no volver a callarme, espero no aplaudir en público lo que mataría a dentelladas en privado, espero no caer en el juego de otros, no halagar en falso, no mendigar atención, no sonreír en vano. Esto es lo que lastra mi carrera laboral y lo que quizá pese en mi carrera literaria, en mi vida. Lo que tiene de bueno es que no hace falta escribir listas de gente a la que quiero o a la que respeto o cuyo trabajo disfruto y admiro.

Y esta, queridos, es mi bienvenida a la vida.

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