Azafata AVEnturas by So Blonde

por Alicia Pérez Gil

azafave

Tener amigos es un inconveniente. La leyenda urbana y el cancionero popular dicen que como a millón mejor para poder cantar más alto, pero mi experiencia personal es que los amigos son una lacra. Como las parejas. Son esa clase de personas de las que no te puedes fiar porque te quieren y procuran animarte, ofrecerte la mejor cara de tu trabajo y alabar tu mejor rasgo facial. Ya sabéis:

-Cariño, estoy bien.

-Preciosa, como siempre.

O, en el caso de una amiga:

-Oye ¿Te lees esto y me cuentas?

-Seguro que es bueno, todo lo que haces es bueno.

Yo no soy de esas. Vamos, que el día de reyes tuve un encuentro con mi muchacho por un “pues justo precioso, no” y a la rubia del título le he soltado en alguna que otra ocasión que se mire los seres, los estares y los pareceres, que se distingue el idioma de Camela por la pluralidad de sus verbos. Así que doy fe y mi palabra de que cuando algo me gusta, me gusta y cuando no, pues no. Por ejemplo, al señor ilustrador que ha compuesto la portada esa de ahí arriba le dije una vez que lo mismo el público no estaba preparado para su genio y fue y ganó el concurso al que se presentaba. Una es humana y el artista Calavera Diablo. Para que conste.

So Blonde escribe en Con un par de tacones, un blog multifirma, multitema,  con personalidad también múltiple donde lo hacen otras muchachas de letra afilada y reconocido prestigio -o desprestigio, según quien lea-. Por ejemplo, Irene Comendador, Carol Eskandiu, Connie Jett y Regina Roman y en sus inicios la que suscribe. Allí ya deja pistas de lo que tiene debajo del pelo con el que cubre su cara. No negaré que además de las pistas deja un pelín de caos. Laca de uñas y Plutarco: una combinación en potencia mortal que ella maneja en las distancias cortas de manera más que eficiente. Lo que pasa es que al avezado lector de Don Celes a lo mejor le parece que novecientas palabras son pocas. En novecientas se pueden cubrir las carencias, tampoco hay para mucha trama, ni para mucho más que la ocasional ida de pinza y el amigo desbarre.  Pero ¿Qué pasa cuando la loca de las armas de fuego y las fotos de infarto -sí, sí: Facebook no miente– se pone con una novela entera, con sus personajes, sus diálogos, sus escenas, sus climax y todo lo demás.

Pues yo sólo puedo decir lo que me ha pasado a mí, que no soy de mucho reír y me pasé las 250 páginas con la sonrisa en los labios. Bueno, las 250 no. Al principio no. Al principio me volví un poco loca porque la mujer se me pasó dos carillas completas de descripción de uniforme, que me pensaba que de repente saldría un elfo cantando a lo Tolkien; mientras que  los cinco personajes sólo tenían nombre y un par de rasgos. Eso me confundió, lo reconozco. Me costó un poco identificar a unos y a otros. Sobre todo porque unos están muy bien definidos -Emi Prado, Aitor Vázquez y Monjecillo los que más- y los otros a mí se me han hecho un poco más nebulosos. La pobre Marta Lobo y Rico, el gay, tienen menos peso -o a mi me han interesado menos, vete tú a saber- y se quedan un poco más a medias. Pero una vez solucionado eso en mi cabeza, ha sido todo coser y cantar.

Lo mejor la agilidad. El librito este de Renfe, que no es de Renfe, que es de alguna subcontrata, que lo explica la rubia, es tan rápido como el Trenecito que Va muy Rápido. El ritmo es muy bueno, no te da un respiro y, además, cuenta con la participación activísima del  narrador, un personaje más, que ofrece todo tipo de explicaciones, pone al lector en su sitio y a veces parece que le fuera a traer una refresco y unos frutos secos. Amabilísimo, correctísimo pero no por ello menos ácido, procaz, observador y, en pocas palabras, cabrón. Antes de seguir, una nota: no confundamos autor con narrador, hagamos todos el favor. El autor es la rubia sin rostro que escribe y el narrador una voz en off que nos guía por los vericuetos del AVE en su recorrido Madrid-Málaga y vuelta. Un narrador tan bien construido como la criada de Cumbres Borrascosas, por poner un ejemplo.

Lo otro mejor: que me ha gustado mucho ser lectora y reconocerme en todos los papeles que desempeñamos los lectores como usuarios de servicios públicos como trenes, líneas aéreas, tiendas de ropa o lo que se tercie. Una sátira que ya quisieran Marcial o los Pimpinela del siglo de oro español. Uno se ve en un asiento de tren mirando con malos ojos a la azafata que se ha retrasado veinte segundos en llevarle su comida repugnante, precocinada, que en la vida real no se tomaría ni por dinero. Eso es lo otro mejor: que te das cuenta de que el tren no es la vida real, que la vida real es otra, que allí la gente muta la personalidad y se convierte en… No sé ¿en sí misma?

Y el final. Me gustaría mucho que leyeseis el libro y hablásemos todos de ese final tan chulo, tan bien traído, tan sorprendente aunque no contenga una sorpresa al uso.

En definitiva, rubia, mundo, un libro de sobresaliente: original, diferente, muy poco español pero nada internacional. Me lo he pasado bomba.

 

Anuncios