De lo que se come se cría

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil relato 

Dany Gámez miraba los tubos, los cables y los aparatos que ocultaban el cuerpo empequeñecido de su hija y se preguntaba si habría sido culpa suya, si no podría haber impedido que cumpliera los dieciocho, o que no dejara escrito ante notario que no aceptaba maniobras de reanimación; o, al menos, que no tomara en secreto el camino contrario al de su madre.

Dany Gámez era policía y se tenía por un tipo precavido. No le gustaban las flacas porque nunca estaba seguro de que no fuesen yonkis o anoréxicas. Enfermas no, gracias. Aurora estaba buena, era algo más joven que él y movía sus curvas generosas a lo largo y ancho de la pista de baile con gracia y hasta con descaro. No le aceptó la copa, pero sí la conversación y la caricia en la palma de la mano. Le invitó a su casa tras el cierre del local. Caminaba erguida sobre sus tacones a pesar de la noche larga y no se los quitó mientras le preparaba un bocadillo vegetal buenísimo. A medio día, unas horas más tarde, le despidió tras un desayuno increíble que se había empeñado en cocinar sola.

Dany Gámez era un buen policía y por lo mismo no se explicaba cómo había pasado dos años completos sin darse cuenta de que Aurora, su chica, su pareja, su prometida, no le había permitido jamás asomar la cabeza en el frigorífico. Al principio, cuando quedaban en su casa ella lo tenía siempre todo listo y a mano. Cuando iniciaron su vida juntos fue ella quien se encargó de la compra y la cocina mientras él cargaba con la colada y el planchado. Era tan buena cocinera y los menús tan razonables, quizá un poco exagerados, pero sanos y completos, que él ni se enteró. Cuando quiso recortar, el toro ya se le había echado encima.

A la vuelta del viaje de novios Aurora tuvo que pasar más tiempo en la oficina. Se le había acumulado el trabajo, sus compañeros no se habían hecho cargo, jamás volvería a echarles una mano… lo de siempre. Era temporada de entregas y pasó una única noche en blanco fuera de casa. Dany se acercó a la nevera de la cocina por primera vez. Se le habían acabado los refrescos light que guardaba en la portátil de su estudio. Llamaba estudio al cuarto donde atesoraba las consolas y los video juegos.

Abrió la puerta sin percatarse aún de que nunca antes había llevado a cabo ese gesto. Dentro encontró todos los estantes rotulados, lo mismo que las gavetas. Los carteles habían salido de las tripas de la pequeña impresora doméstica  a la que Aurora llamaba su pequeño ángel de tinta. La usaba para todo: identificaba los cajones de la ropa, las secciones de su biblioteca, una pequeña estantería barata, en realidad y, por supuesto, los compartimientos de la fresquera: las frutas y hortalizas se separaban en la parte más baja, los lácteos en la más alta, yogures a un lado y queso a otro. Un cartelito rezaba bricks en el primer estante de la puerta, y una huevera en el último no había evitado la nota correspondiente: huevos. Las rejillas del centro mostraban indicadores para la carne, el pescado y las aves de corral. Incluso había recordatorios de la duración de los alimentos: pollo  menos ddd (de dos días), salmón menos dud (de un día). Tomaban ambos a menudo debido al omega tres del pescado azul y a la poca grasa del ave.

Todo eso no extrañó a Dany Gámez. Hacía tiempo que se había acostumbrado a que cada rincón de su casa estuviese decorado con pegatinas. Lo nuevo, lo desagradable, lo que le indignó de verdad, fue que donde decía lácteos se amontonaran envoltorios de bollería industrial. Algunos de los dulces habían quedado a medio comer y las migas cubrían el contenido de las estanterías inferiores. En los cajones, donde la temperatura era más fresca, tabletas de chocolate que debían de haberse reblandecido fuera se habían pegado unas a otras, botellas de batidos de vainilla y fresa invadían el lugar de los bricks y enormes amalgamas de bolsas de papel con el logo rojo y amarillo de la hamburguesería más cercana habían tomado el territorio de la carne y el pescado. No se veía un solo paquete sin abrir, ni un comestible sin probar. Las paredes interiores del electrodoméstico habían dejado de ser blancas hacía tiempo y sólo el frío atenuaba el olor nauseabundo de los restos de comida.

Dany Gálvez era policía y sabía ejercer su autoridad, así que, a partir de ese día, fue él quien se hizo cargo de la alimentación. Aurora encontró el refrigerador desinfectado y vacío al día siguiente. Dentro olía a lejía y en el cubo de la basura encontró unos guantes de tamaño grande. Nunca se habló de lo sucedido, las raciones de comida menguaron un poco y la variedad de los platos aumentó porque al policía le gustaba cocinar. Su mujer perdió un poco de peso, pero lo recuperó con el embarazo y ya nunca volvió a su figura anterior.

Todo había ido bien desde entonces. La pequeña tenía buen apetito, había sido el bebé de tomas más regulares del universo. Su padre le daba el biberón en todas las ocasiones. La quería, pero no confiaba en la calidad de la leche materna de Aurora, que tampoco se quejó. En el colegio parecía un poco más baja que sus compañeras y siempre mantuvo la complexión delgada de su padre. Incluso juguetearon con la ilusión de que se hiciese gimnasta pero aquello no prosperó. La niña siempre tenía un poco de anemia y sus huesos se rebelaron más frágiles que flexibles. Terminó por pasar mucho tiempo encerrada en su cuarto, estudiando. Había que ver sus boletines de notas: impecables.

Hasta el día de la pérdida de conciencia y el ingreso Dany no había entrado en su cuarto. Porque Dany Gálvez era policía y sabía cuánto valían la confianza y la intimidad. Pero ese día pasó a buscar un poco de música. Se la pondría bajito a la nena, en el hospital, por si la ayudaba a despertar. En el cajón donde decía cedés encontró restos de la cena del día anterior. Se distinguían pedazos sin digerir de judías verdes a través del plástico azul de la bolsa de congelados.

Dany Gálvez era policía y conocía el significado de la verdad. No continuó abriendo puertas ni cajones. Sobre lo que no se sabía a ciencia cierta no se podía mentir. Tampoco a uno mismo.

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