Los deberes

por Alicia Pérez Gil

Advertencia: Varios lectores opinan que el relato no es apto para todos los estómagos. Al parecer da, literalmente, asco.

Es lo que tienen los ejercicios, supongo.

Ardilla relato Alicia Pérez Gil

—Tu madre es una alternata, tío. Eso es lo que pasa. Yo ahí no entro.

Y le había dejado en la puerta del bar de Apu, sin más. Como si a Jaime le hiciera la menor gracia pasar la tarde con los Patel  y sus olores asquerosos. Su madre decía que eran las especias, pero de eso nada. Apu olía a mierda. Cuando pasaba tu lado en el patio no dejaba una estela de curry: olía a aceitunas prensadas y tenía el mismo color.

Se lo asignaron de pareja para el trabajo de cono y le sentó como una patada. Los demás resoplaron de alivio mientras él intentaba recordar si conservaba algún pañuelo de tela que empapar en colonia. Luego se le ocurrió que su mala suerte quedaría compensada si Apu se marcaba unas buenas páginas acerca de algún animal exótico. El tigre de Bengala, por ejemplo. Pero, cuando entró en el bar y divisó a su compañero sentado cerca de la barra, se le cayó el mundo a los pies. Sobre la formica salpicada de pegotes de la mesa se veía un libro de proporciones descomunales cuya cubierta mostraba la fotografía de una ardilla gris, tan aumentada que los pelos de la cola parecían los de un cepillo de limpiar zapatos. Las garras delanteras del bicho, que aferraban una bellota del tamaño de un kiwi, terminaban en cuatro uñas negras y afiladas, como de rata; y los incisivos, amarillos debido al paso del tiempo sobre el papel satinado, daban miedo.

—No me gustan las ardillas, pero a mi padre le encantan—dijo Apu a modo de saludo. —Nos sentaremos aquí.  En menos de diez minutos vendrá con nosotros y nos preguntará cómo vamos.  Di alguna chorrada educada y luego deja que se enrolle.  Yo tomaré notas. Tardaremos menos que en leernos esto. —El chico apuntó al libro con un lapicero afilado. La punta de grafito cayó sobre un ojo negrísimo de ardilla y a Jaime le dio un escalofrío.

—Tengo que ir al baño.

Jaime quería terminar cuanto antes, pero no iba a dejarse intimidar. Se metería en el lavabo y tardaría cuanto quisiera. Con eso habría dejado claro quién mandaba allí. O, al menos, quién no mandaba. O eso pensó hasta que, una vez abierta la puerta, se encendió la luz y deseó no haber puesto un pie allí jamás. Había salpicaduras por todas partes, una línea amarilla pintaba el interior del inodoro, apestaba a meados, no se distinguía el color de las baldosas y, lo peor, alguien había extendido algo marrón junto al  pomo de la puerta. Jaime se miró la mano con la que había abierto y, aunque no vio nada sospechoso, se la frotó en los pantalones. Para asegurarse. La luz se fue en ese momento. Para que volviera Jaime sólo tenía que moverse, pero no sirvió que diera un paso adelante ni atrás. El detector sólo se dio por enterado cuando puso las manos por encima de la cabeza.

Cuando volvió al bar el señor Patel ya se había sentado con su hijo y le esperaba con impaciencia. Jaime ocupó su silla y sonrió. El padre de Apu despedía un tufo muy desagradable pero, si no se acercaba más, no pasaría nada. Eso sí, pensaba decirle a su madre que aquello no tenía nada que ver con la cocina exótica. El hombre olía peor que una manada de perros mojados. Y no era racismo, era un hecho.

Por supuesto, se acercó. Cuanto más hablaba acerca de los hábitos ahorradores de las ardillas, más se emocionaba y cuanto más se emocionaba más se aproximaba a Jaime, que no tardó más de unos minutos en sentirse completamente enfermo. En el momento en que vio cómo un salivazo del padre de Apu aterrizaba en la manga de su jersey no pudo más. Se levantó sin excusarse y corrió al baño. A vomitar.

Asi, con la cabeza sobre la taza, el tufo a orines parecía una brisa de aire fresco en comparación. Pensó que a su madre le iba a encantar cuando se lo contara. Pero que se fastidiase. Él había querido cambiar de compañero y ella no lo había permitido. Mientras disfrutaba de su pequeña venganza se fue la luz. Estiró un brazo y volvió. Se tomó un poco más de tiempo, por si aparecía una arcada de última hora. Seguro que se había puesto la ropa perdida.

Volvió a irse la luz.

Estiró un brazo.

Lo bajó de repente, asqueado. Había tocado algo peludo y áspero. La cubierta del libro de Apu se le apareció sin esfuerzo: unos pelos de cepillo para zapatos. Se levantó con prisa, por si se marchaba la luz. Arriba, en el techo no vio nada. Seguro que sólo era una de esas telas de araña de un hilo. El espejo le devolvió el rostro asustado de un crío y se reprendió por el ataque de pánico.

La luz se fue.

Jaime no quería volver a subir los brazos. Estaba muy quieto, pero sólo oía su propia respiración… y la de alguien más. Por encima. En el techo. Justo donde hacía un momento no había nada. No tenía el menor deseo de separar los codos de los costados, pero tenía que salir de allí y la alternativa era darle un manotazo a la plasta que habían esparcido en la puerta. Así que estiró el brazo derecho y subió la mano hasta la altura de los ojos.

No pasó nada.

Respiró hondo, lo que le provocó de nuevo el reflejo de vomitar. Entre lo que había salido a presión desde su estómago y el estado del lavabo antes de eso, aquel no era lugar para quedarse mucho tiempo. Cerró los ojos, apretó los dientes y subió ambos brazos. De golpe. Con fuerza. Como si no tuviera miedo.

Cuando la luz volvió la ardilla gigante ya había seccionado las muñecas de Jaime. Cuando se apagó por última vez la mayor parte del cuerpo del muchacho había desaparecido por el conducto de ventilación.

Fuera, el señor Patel y Apu se encogieron de hombros.  Tendrían que mudarse. Otra vez.

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