Moscas, moscas, moscas

por Alicia Pérez Gil

ALicia Pérez Gil Jordi Évole

Me pasa a menudo. Suelo sentirme egoísta y miope y me fijo en que muchas de las personas que me rodean parecen tan egoístas y miopes como yo me siento. Pero como el pecado es, en primer lugar, mío, no soy yo la más indicada para tirar piedras a ninguna parte. Me gustaría, no nos vamos a engañar, poder erigirme en ejemplo de algunos valores y principios, pero soy una tía muy humana, miope y egoísta.

Mi mayor preocupación estos días es que no me gusto. Hasta ahí he llegado. Todo lo demás, las cosas que hago para confirmar que no debo gustarme son accesorias. Mi problema principal es que no me gusto y de ahí llegan los demás. De ahí viene también la idea de que no debo explicar a nadie lo que voy a explicar a continuación. Porque, si yo no actúo en función de esto que sé ¿Quién soy yo para abrir la boca? Pues nadie. Me consta. Pero…

Desde que estoy en paro paso menos tiempo en las redes sociales y el que paso en ellas se debe exclusivamente a que no me apetece enfrentarme a lo que hay dentro, así que miro fuera. He encontrado en Facebook personas por las que he desarrollado afectos. Y he encontrado otras que ni me van ni me vienen. No se trata ahora de a quien quiero o a quien desprecio o quien me parece deleznable. Esto es una observación que nos incumbe a todos. A mí la primera, repito.

Se nos olvida que somos unos privilegiados. Se nos olvida que estamos vivos. A mí ahora se me olvida todo lo que no sea mi cuota diaria de palabras porque me he puesto unos plazos y unas normas. A otros se les olvida que la vida va más allá de sus novelas, de su trabajo, de sus hijos, de sí mismos. La vida es mucho más que nosotros.

Hoy hablaban en un telediario de los inmigrantes que asaltan las fronteras de Melilla para venir a España. Y me he bloqueado. Hace nada no habría dudado en absoluto: si quieren entrar que entren ¿Quienes somos nosotros? Están peor, hay para todos. Hoy he llegado a la misma conclusión, pero no ha sido automático. Una es permeable y está más cerca de creer que los recursos son limitados cuando no es cierto: no lo son. Ni siquiera los ipads son limitados.

Lo que de verdad es necesario: la comida, el agua, la educación, la vivienda, el vestido, la dignidad; todo esto es ilimitado.

Lo que escasea son las ganas de entender que no necesitamos ocho pares de vaqueros ni un móvil de quinta generación cuando ni siquiera sabemos qué funciones tenía el de cuarta que acabamos de tirar a la basura. Escasea -escasea en mí- la voluntad de portarnos con los otros como querríamos que se portaran con nosotros.  Yo no necesitaba tirar abajo las paredes de mi casa, ni necesitaba irme a Japón, ni necesitaba el precioso cojín con brazos que he pedido y obtenido por mi cumpleaños.  Todo eso, junto con los resultados de la Liga de Fútbol Profesional y el programa de Évole de anoche son moscas. Y me distraen de la verdad, de la vida que quiero vivir.

Hoy he comido en casa de mis suegros y, en el camino de vuelta, bromeaba con Emilio acerca de un comentario de su madre. Y he sonreído de manera que se me marcaban las patas de gallo. Eso es la vida y ha costado un arroz blanco con huevo. Emilio está enfermo, el pobre, y su arroz ha sido sin huevo.

Hay una manera de vivir que no tiene que ver con el éxito obtenido, con el valor de lo que se hace o de lo que se tiene. Hay una manera de vivir en la que ser pobre, carecer de recursos, no es motivo de vergüenza. Pero el techo de cristal para vivir de esa manera es mucho más opresivo que ese otro techo de cristal del que cada vez se habla menos. Y yo no sé cómo hacer para atraversarlo. Lo veo un poco en destellos y luego se esfuma, como los sueños. Pero existe.

Y esto no es ninguna broma.

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