Las tiendas del barrio

por Alicia Pérez Gil

 

Alicia Pérez Gil

Una de las cosas que da la autoconciencia, y lo de querer ser una persona comprometida y mejor, es que tratas de portarte de manera un poco más sostenible. Esto no evita que uses bolsas de plástico para tirar las heces de los gatos, pero te ayuda a darte una vuelta por el barrio para ver a qué pequeño comerciante le vas a dar los pocos cuartos que le quitarás al Carrefour o al Leroy Merlin. En este periplo encuentras varios tipos de comerciantes, de entre los cuales destacan dos:  aquellos que se han convertido al 2.0 y los que no han pasado del modelo Cuéntame.

Pequeño comerciante 2.0:  Pollería G. Romero

Esta es una pollería de barrio. Me suena que ya he comentado alguna vez que se dedican a vender pollo y derivados. Para algo es una pollería. Pero han comprendido que un pollero del siglo XXI no puede limitarse a vender gallináceas en trozos o enteras, así que han añadido valor a sus productos y servicios. Para empezar, preparan hamburguesas con carne de pollo y diferentes ingredientes: espinacas, judías y zanahorias, especias orientales, especias andaluzas… Todo hecho en la trastienda por ellos mismos, sin más aditivos que los de las especias. Están todas riquísimas. Incluida la que sabe a kebab, que tiene todo el aroma y ni una de las calorías. Además hacen rollitos de pechuga rellenos, albóndigas de pollo listas para cocinar… Luego han abierto una página web donde puedes hacer tu pedido para que te lo entreguen en casa o para ir a recogerlo a la tienda a la hora que más te convenga.  Pero no sólo eso: puedes pagar en efectivo o con tarjeta porque se vienen a entregarte tu pedido con un datáfono portátil.  Y, por una compra superior a no recuerdo cuanto, te quitan los gastos de envío. Por si todo esto os parece poco, en la web tienen una sección especial fitness con ofertas de pollo para gente que lo compra a granel. Está dirigido a los adictos al gimnasio que se hartan de la proteína de ave porque es la menos calórica y la que menos grasa tiene. Por supuesto, en la tienda puedes pedir el pollo como te venga en gana, que ellos te lo preparan. Por último, pero no menos importante, son encantadores. Tienen una orientación al cliente espectacular: son cercanos, te dan todas las facilidades, te tratan como a un rey y, en definitiva, quieres volver a comprar allí. Toda la experiencia de compra es buena. Como muestra un botón: hace dos semanas hice un pedido para recoger. Trataron de ponerse en contacto conmigo porque les faltaba un producto, no me enteré, cuando llegué no estaba el pedido listo, hicimos una competición de disculpas, finalmente me llevé una parte y, cuando fui a pagar, resultó que no llevaba dinero. No hubo problema. Me fui de allí sin soltar un duro y, al día siguiente, pagué todo junto. Ni una mala cara, ni un mal tono de voz… Al contrario, el pollero senior me estuvo contando una vez que se tuvo que montar en el bus sin billete. Esto es lo que viene a ser un buen negocio. De hecho, ahora mismo están recibiendo toda esta publicidad gratuita.

Pequeño comerciante del pleistoceno: Ferretería España, en la Glorieta Valle de Oro. Olvídate de una web, hombre por favor.

Esta mañana, cuando he salido del gimnasio, me he pasado por la ferretería en cuestión. Un sitio con un escaparate pequeño que hace poco ha reformado el local. He entrado en esa y no en otra porque desde fuera se veía que tenían lo que yo necesitaba: unas ruedas para que mis estanterías del Ikea no destrocen el suelo que acabo de poner cuando me de el siguiente tabardillo y me ponga a cambiar muebles de sitio. Entro en la tienda y pregunto si se puede pagar con tarjeta. Lo pregunto con reservas porque el señor que me recibe tiene cara de pocos amigos. Me da la sensación de que le estoy molestando, porque nos mira alternativamente a mí y a un cuaderno milimetrado. De todas maneras, hago de tripas corazón y formulo mi pregunta. La respuesta es que no. Nada de tarjetas. La verdad es que estaba preparada para el palo, así que sigo a lo mío y le explico lo que necesito. El señor, sin soltar su boli ni su hoja milimetrada de papel, estira hacia abajo las comisuras de los labios, se encoge de hombros y no suelta prenda. Las ruedas estaban justo detrás de él. En serio, a centímetros de su cogote. Sigo contándole que quiero seis por estantería porque llevarán libros y pesarán. Me pregunta si pesarán. Me muerdo la lengua y le digo que sí. Resulta obvio que no me va a ayudar, pero yo estoy en plan angelical, así que señalo unas ruedas de tamaño mediano y le pregunto si van con cuatro tornillos, si necesitan tacos y cuanto valen. El dependiente -me juego un meñique a que es el dueño- se da la vuelta, saca la caja y me da la cifra. Por supuesto no tiene doce ruedas ni yo el dinero en efectivo; de modo que le doy las gracias y me vengo a casa. No sé cuántas posibilidades hay de que me vuelva a meter en esa ferretería, pero le calculo pocas.

 

Y esta es mi perla de sabiduría de hoy: sé un buen comerciante y hazles la vida más fácil a tus clientes. Te lo agradecerán… Y Obama también.

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