Bus

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil

-Desde luego, es pa darla.

Con un vistazo, Antonia comprobó a qué se refería la mujer  de la permanente  que se sentaba frente a ella: el tráfico lento impedía que el autobús dejase atrás a una señora  mayor vestida con unas pieles muy lustrosas, de zorro, quizá, y calzada con bailarinas. Se movía con dificultad, parecía que con dolor. La otra pasajera siguió con su perorata.

-Mira, que con tal de llamar la atención es capaz de salir así. Si no se puede ni mover. Y pintada de domingo, que va –otra mujer, que viajaba a su lado, asentía con un gesto de la cabeza. Lo hacía tan seguido que parecía uno de esos perros de juguete que se ponen bajo la luna trasera de  los coches.- Así la quería yo ver limpiando la casa.

Antonia no daba crédito. Miró de nuevo a la anciana que avanzaba penosamente, cuesta arriba, por la acera, y se mordió el interior de la boca para no gritarle cuatro frescas a aquella desvergonzada de pelo frito. Su máxima era no meterse nunca en medio de una conversación de amas de casa permanentadas. La experiencia le había ensañado que nada bueno salía jamás de ese tipo de enfrentamientos.

-Debe de ser la edad, de verdad. Yo no sé si es que se vuelven tontas, o qué.  Van como crías.

-¿Pero usted qué sabe? –Antonia no fue capaz de seguir sus propios consejos.

-Perdón ¿habla conmigo?

-¿Y con quien voy a hablar? –Antonia había perdido del todo el control de sí misma.- Debería darle vergüenza, hablar así de una señora mayor a la que no conoce de nada. Pues que sepa que a esa edad llegaremos todos. O al menos los que no estemos llenos de veneno, como usted.

A esas alturas el autobús al completo las miraba. La mujer de la permanente había abierto los labios pintados de granate en una o perfecta y no parecía capaz de reaccionar, pero eso no detuvo a Antonia.

-Tendría que pararse a pensar antes de hablar, que puede usted hacer mucho daño sin saber a quien. A lo mejor esa mujer tiene un hijo enfermo y va a verle. O cita en el médico, que tal y como están las cosas hay que arrastrarse hasta la consulta. Pero a usted le da igual ¡Qué bonito! ¡Qué fácil es criticar!

-Deberías… -intentó la otra.

-Ni me lo diga. No se atreva a decirme que debería tener un poco de educación. Son ustedes de lo que no hay. Al menos yo las cosas las digo a la cara y no detrás del cristal del autobús.

A esas alturas Antonia ya había canalizado la mayor parte de su enfado y se sentía un poco exagerada. Al fin y al cabo no conocía a ninguna de las dos mujeres de nada. Le agradó que los rizos artificiales de su contrincante se le mostrasen en todo su esplendor cuando la otra bajó la cabeza y se puso a hurgar en el bolso. Aquello ya no le interesaba, así que devolvió su atención a la ciudad tras la ventana. Pero poco después sintió que alguien le apretaba la rodilla. Cuando giró la cabeza se encontró una fotografía de tamaño cartera pegada a su nariz. La mano que la sostenía temblaba.

-Esta de aquí –dijo la señora desde detrás del papel brillante.- es mi madre, bocazas.

En la imagen se veía a dos personas. La madre vestía unas pieles muy lustrosas, de zorro quizá, y calzaba bailarinas. La hija se peinaba con una permanente pasada de moda.

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