Histórico

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil

 

Hace algún tiempo que no hago galletas. Se supone que estoy centrada en escribir novelas y convertir mi vida en esa cosa que quiero que sea. Me ocurre, no obstante, como a mi tocaya la famosa, que no importa mucho cuál sea el camino porque no tengo mucha idea de cuál es el destino. En cualquier caso, estoy en mitad de un sendero; donde mitad significa que he empezado el recorrido, no que haya llegado ya a su punto medio.

Hoy he descubierto que, como en tantas otras ocasiones, he echado a volar antes de aprender a caminar; y me he encontrado a mí misma aleteando con las mismas posibilidades de salir de mi lodazal que tenía aquella gaviota, damnificada del Prestige, de salir con vida de su desastre. Con la diferencia de que lo mío es cosa mía y lo de la gaviota era cosa de otros. Pobre animal. Iba  a poner una imagen del bicho, pero todas son mucho más terribles y más importantes de lo que merece esta entrada.

Hoy, como decía, me he dado cuenta de que no podía seguir escribiendo tal como lo estaba haciendo, porque hay preguntas sobre MI novela para las que aún no tengo respuesta. En cuanto me he dado cuenta, animada además por la mala leche que se me pone cuando me azotan los primeros calambres menstruales (no, no nos volvemos locas, es que duele MUCHO), iba a escribir en Facebook que acababa de descubrir que no sé escribir. Pero ha ocurrido un milagro y no lo he escrito. Ha ocurrido el milagro de la reflexión. Un rato después ha ocurrido el milagro de la liberación y ya he tenido el día.

¿Por qué no lo he escrito? Pues porque no. Porque yo sé que sé escribir. Lo que viene a ser unas pocas palabras detrás de otras que despierten cierto interés en el lector se me da bien hacerlo. Lo que yo había descubierto hoy era que estaba en un camino que no llevaba a ninguna parte, así que, de haber soltado en Facebook lo primero que he pensado; es decir, algo así: “Ahora resulta que no sé escribir”, habría obtenido algunas reacciones bienintencionadas que me habrían hecho sentir fatal. Se me ocurren un par de personas que me habrían dado ánimo, que me habrían palmeado la espalda con calor, que habrían dejado patente lo muy talentosa que creen que soy. Y no era eso lo que buscaba. Por lo general, cuando riego las redes con declaraciones de ese estilo, busco una comprensión que es imposible que llegue.

¿Por qué?

Hombre, pues porque la premisa es equivocada. Porque si lo que quiero es un poco de apoyo para recoger mis miguitas de pan y volver a depositarlas en el suelo, pero de mejor manera, no puedo decir: “Los pájaros se han comido las migas de pan”. Tendré que decir algo del estilo: “Santo Dios, me duele la espalda ya, de tanto agacharme a recolocar las migas de los huevos”. Pero no sólo para que la comunicación sea mejor, sino, leche, porque es verdad.

Así que, primera epifanía de la semana: No digas lo primero que se te ocurre porque recibirás un feedback poco útil.

En serio: las redes sociales son criaderos de lo que mi amigo Diego llama “princesas de internet”. Aclaro que también hay “princeses”. Hombres y mujeres que escriben estados lastimosos una y otra vez, una y otra vez, venga, más. Y que a cambio obtienen docenas de mensajes de ánimo. Hay damas y damos desvalidos. A los viandantes despistados, a veces, nos la cuelan. Pocas, porque en seguida se distingue a una plañidera profesional de alguien que pasa un mal rato. Pero en ocasiones sucede y les mandamos un poco de aliento virtual. Así somos, de majos.

La parte más naif de mí misma diría que lo peor es que no se dan cuenta de que su actitud victimista juega en su contra a largo plazo, porque a nadie le gusta tener ese tipo de persona al lado; pero no es verdad. Lo peor de esta gente es que son MUY CANSINOS. Que no, no es que yo sea una bruja sin piedad, es que el abuso, la manipulación y el chantaje emocional son lacras a eliminar de raíz. Con una segadora si es preciso.

Así que, con la segunda epifanía del lunes; a saber: no quiero quejones en mi muro, gracias. Me he librado de una de esas perlas. Ha sido como adelgazar cinco kilos, oye. Una cosa…

Dicho lo cual, me toca ponerme firme a hacer y contestar preguntas; porque a este paso mi novela no va a ser la del siglo XXI, sino la del siglo XXII, y no puedo permitir que muráis sin haberla leído…

 

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