Cosas de familia

por Alicia Pérez Gil

Familia VAsca Alicia Pérez Gil Relato1.

–No se te olvide.

–Ez.

–Le dices lo de tu aita.

–Bai, bai.

–Que se dejó la vida en la huerta. Y lo de tu aitite. Lo de que se hizo aizkolari pero sólo cortaba troncos de su monte.

–Bai…

–Y que ganó todos los concursos cortando sólo troncos de su monte.

–Que sí.

–Y le subes el precio al doble o así. Seguro que eso le echa para atrás. Al final lo que les importan son las perras. Ese se ha creído que te puede robar.

–El doble es mucho. Sospechará.

–¿Qué va a sospechar? ¿Es que le has “dau” motivos o algo? Ese quiere la huerta por cuatro duros. Cuando vea que plantas cara se marchará.

El espejo de la entrada devolvía a Imanol una barbilla huidiza y una mirada quebrada. Había nacido en la planta alta del caserío. Su ama, cuando aún vivía,  contaba que había llorado más fuerte que ningún otro crío que ella hubiera oído y que el sonido de su llanto le había cortado el dolor de traerle al mundo. Hasta que Peio asomó la cabeza entre sus piernas  y no lloró. La huerta, que en realidad era un terreno de varias hectáreas fértiles, con acceso a la parte del Nervión que no habían destrozado las acerías del valle, sería para los dos. A aitite se lo llevaban los demonios cuando veía a Peio. Si nadie le oía murmuraba que habría sido mejor que no naciera. Si aita le sorprendía, ya estaba montada. Las voces llegaban hasta el pueblo.  Al final el crío murió y en el caserío no hubo más gritos, ni risas, ni canciones hasta que nació Aritza.

–Imanol.

–¿Qué pasa?

–No le hables de Peio.

–¿Qué te crees, que soy idiota o qué?

–Tú no le digas más que lo de tu aita y tu aitite. Y que de aquí no nos movemos.

–Déjame en paz, ya, hostia. A ver si el retrasado voy a ser yo.

2.

Ekain Mendbil esperaba nervioso. Imanol no le había dicho que no a la primera oferta. Había despedido a su abogado al menos tres veces, pero a él le había escuchado. A lo mejor lo único que buscaba era un poco de respeto. Los vascos de toda la vida eran así para sus cosas. Si le vendía su huerta, todo el valle sería propiedad de la familia Mendieta; o sea, suya.  Para que luego dijeran que el País Vasco era un coto privado. Su segundo apellido no iba a impedir que se convirtiera en el mayor terrateniente de la zona.  Allí el latifundio había sido una quimera, pero él sería el primero en contar con suficiente terreno para acceder a subvenciones europeas. Lo tenía todo bien atado. Sólo quedaba que Imanol le estrechase la mano.

–Ekaintxo.

Le llamaba por su diminutivo. No le gustaba un pelo, pero no se quejaría.

–Dice mi mujer que te cuente cosas que ya sabes.

–Si ya las sé, no me las cuentes ¿no?

–Te las voy a contar. Para que lo entiendas.

–O sea, que no me vendes la huerta, ¿no?

–Mi aitite fue el mejor aizkolari del valle. Todavía no ha nacido quien corte más rápido que él.

–Ya, pero eso fue hace la hostia de tiempo, Imanol…

–Y mi aita se dejó la vida en la huerta.

–¿Y para qué cojones me haces venir si no me la vendes?

–Yo quería venderla.

–Me cago en la hostia, Imanol.

–Pero no puedo.

–¿Con quien tengo que hablar, pues? ¿Con tu mujer?

–De mi huerta se habla conmigo. Y ya he dicho todo lo que había que decir.

–Joder, Imanol. No me lo esperaba.

–Ni yo.

Ekain observó cómo el hombre, de la misma edad de su padre, desaparecía por un sendero entre dos campos. Llegaría a su caserío en diez minutos, se quitaría las botas de agua y la cena que le preparase su mujer ya no sería la última que tomaría allí. Las subvenciones europeas se iban a la mierda por unos pocos metros cuadrados.

3.

–¿Le has subido el precio?

–No ha hecho falta.

–Aritza sigue sin hablar.

–Ekain se ha ido.

–La echan de menos en el coro.

–Hablará.

–Yo también la echo de menos, Imanol.

–Bai.

–Quiero que vuelva.

–Volverá. Peio sólo quería que nos quedásemos con él. Ahora que Ekain se ha ido, la dejará.

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