A quién le importa

por Alicia Pérez Gil

Tsukudajima, Alicia Pérez Gil, escribir, leer, vivir, amar

Yo os lo digo: no le importa a nadie.

Y, ahora que he captado vuestra atención, dejemos de lado los comienzos impactantes.

La primera vez que viajé a Japón detesté Tokio con toda mi alma. Es grande, enorme, inabarcable. No entendía nada de los carteles que relucían por todas partes, no había nada que mereciese la pena ser mirado durante más de dos minutos y estaba superpoblado. Y allí, en medio de todo eso, agonizaba yo, la reina madre de los control freaks, dependiendo de mi chico para lo más básico.  De esto hace unos seis meses. Cuando volví, tras tres semanas de viajecito estresante, me encontré con un ERE y una muerte en la familia. Así, según aterricé.

De modo que en febrero de este año, cuando me llegó al correo la oferta de la línea aérea de la competencia -los que no vuelan con Emirates- me dije que sí, que volvía.  Y he vuelto.

Tokio es fea, pero ya no me amenaza. Yo he estado más receptiva a la arquitectura contemporánea y he aprendido un par de kanjis. Sé leer agua y shodo. Teniendo en cuenta que la primera es gratis y el segundo un arte que no practico, creo que mi aprendizaje es más bien inútil. Al menos este. Lo otro que he aprendido es que no importa. Nada importa y a nadie le importa nada. Me explico: allí no había televisiones a las que yo tuviera acceso y mi conexión a internet estaba muy limitada, así que tampoco Facebook ni correo electrónico me apartaban de mí misma, de lo que hacía ni de con quien estaba. A mi vuelta he comprendido que esta ausencia de una semana ha pasado, como debía ser, desapercibida. De hecho, y no pretendo con esto ofender a nadie, tampoco yo he echado de menos las interacciones virtuales.

En cambio he pensado en algunas personas, sobre todo en Manu. Porque en varias ocasiones le he leído ofendido, enfadado, harto de las opciones de los demás. Y me he reconocido en esos sentimientos. Muy a menudo pensamos Manu y yo de modo diferente, así que no deja de ser curioso que nos provoquen náuseas los mismos comportamientos que vemos en otros que no somos nosotros y que tienen direcciones contrarias.  Las primeras veces, cuando le leía, pensaba en decirle que no se molestase, que las opiniones ajenas son sólo eso: opiniones. Y que cada uno tiene las propias porque las considera las mejores. Y que si los que pretenden ofender lo consiguen, es porque los ofendidos lo permiten.  La mayor parte de las veces no dije nada porque también a mí me encienden quienes ridiculizan aquello en lo que creo. Y no me veía con autoridad moral para aconsejar una actitud que soy incapaz de practicar.

Eso ha cambiado. No sé de qué manera he llegado a la conclusión de que no merece la pena el esfuerzo de enfadarse porque alguien considere que mis certezas son ridículas. De hecho, es absurdo participar en debates con cuyas premisas no estoy de acuerdo. ¿Acaso convenceré a alguien de que soy yo quien está en lo cierto? No. Ni en un millón de años. Para influir en el modo de pensar de otros es necesaria una relación de confianza, una relación sólida que se base en la certeza de que los criterios del otro son tan válidos como los propios a pesar de que sus conclusiones sean diferentes. Y esa influencia es posible y es enriquecedora a cambio de permeabilidad. Esto, por supuesto, en relaciones sanas, que son las que me interesan.

La fotografía está tomada en Tsukudajima y muestra una fuente de construcción reciente, unas casitas de dos plantas y unos rascacielos al fondo. La tomé porque este tipo de contrastes me atraen muchísimo. Escogería vivir en una de las casitas y trataría de mantenerme alejada de los rascacielos, pero si eliminas unos u otras de la imagen, el interés se desvanece.

Lo que quiero decir es que hay puntos de vista que me resultan tan lejanos como la superficie de Marte. Hay ideas que me parecen incorrectas de base, sí.  Hay posturas, modos, formas, que preferiría no volver a encontrar, pero está en mí dejar que me desequilibren o continuar mi camino con los ojos abiertos y los sentidos alerta. Todo eso no importa. Importa lo que suma, importan la belleza y el amor.

Para todo lo demás, wave goodbye.

 

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