Perdón

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, escribir, leer, vivir, amar

En Japón no importa a qué hora te subas en un tren. Un sábado a las cinco y media de la mañana había niños vestidos de uniforme que iban a practicar deporte. Algunos llevaban bolsas de tenis, con sus apartados para raquetas. Fueron las bolsas y las horas de manga y anime las que nos dieron la pista. Aquí practicamos deportes en fin de semana y en ocasiones madrugamos, pero no me hago a la idea de encontrar decenas de estudiantes de primaria y secundaria llenando vagones a las cinco y media de la mañana tras un viernes. Y no, no creo que los japoneses sean mejores que nosotros. Son distintos.

A veces también son iguales. Como los abuelos que llevan y traen a sus nietos al colegio.

Como a veces son iguales me pregunto si este abuelo estará cansado de cuidar del niño, si no preferiría que su hijo o su nuera o su yerno o su hija se quedasen en casa. Quizá asuma que el dinero escasea o que la ambición abunda y que su labor es paliar la escasez o apoyar la abundancia. No sé eso. Mi posición natural a pesar de mis cuarenta años es la del niño, que en la foto duerme como un bendito y que el abuelo casi no logró despertar a tiempo en la estación que les correspondía. Me pregunto si no crecerá albergando algún tipo de rencor contra unos padres ausentes. Me lo pregunto, claro, porque yo y algunas personas a las que quiero mucho, hemos crecido albergando rencor contra nuestros padres.

No me canso de decir que no basta con saber las cosas para saber las cosas. Hay que interiorizarlas, creerlas de corazón, hacerlas propias para que sean ciertas. Así que no ha sido hasta hace un par de días que me he dado cuenta del daño que me hacía ese rencor y de lo sencillo que es deshacerse de él. Basta con perdonar. Pasamos la vida perdonando afrentas diarias, disculpando actitudes que de otros que vivimos como defectos. Cuando queremos a alguien, por poco que sea, solemos estar dispuestos a pasar por alto imperfecciones: que no nos den los buenos días, que no se acuerden de nuestro cumpleaños… Porque les queremos. Con los padres pasa algo diferente. Es difícil perdonar a los padres, lo hacemos difícil. No sé si es porque asumimos que deben ser mejores que los demás, mejores que nosotros. Hay un momento en la vida de todo hijo en que sabe de la falibilidad de los padres. Adiós al mito, hola a la persona; pero ¿de verdad es un adiós al mito?

Los niveles de exigencia que tenemos con nuestros padres son terribles: deben amarnos y hacerlo como nosotros necesitamos, deben ser fuertes, estar presentes cuando les necesitamos, ser siempre coherentes, anteponer nuestras necesidades a las suyas, comprendernos, encajar en el molde que hemos fabricado para ellos, no hacernos daño jamás, no equivocarse, querernos tal como somos… ¡Un momento! ¿Querernos tal como somos? ¿No es esta una exigencia injusta cuando nosotros les obligamos, al menos dentro de nuestras cabezas, a ser todo eso que acabo de mencionar? Muchos de nosotros no queremos a nuestros padres tal y como son. Deseamos que se conviertan en los padres ideales. Pero no son crema pastelera, sino personas. Casi nadie ama los defectos de sus padres y pocos los perdonan. No muchos somos capaces de perdonarles por habernos hecho daño.

No justifico las malas acciones ni creo que todos los errores deban ser aceptados. Pero sí hay que perdonar. Con ese perdón que significa que no permitiré que vuelvas a herirme, pero tampoco me haré más daño aferrándome al dolor. En ocasiones nos retorcemos por las esquinas, como poseídos por demonios de cosas que pasaron hace décadas. No conservamos ni una sola de las células que componían nuestros cuerpos entonces, pero llevamos a la espalda el dolor. Y no sirve de nada.

Tras este viaje he escogido perdonar y agradecer. Sé que no soy la hija que mis padres querían, pero eso no es culpa mía. Ellos no son los padres que yo quise y tampoco es culpa suya. A veces las uniones no son como nos gustaría. He tratado a muchas personas con las que me he cruzado en mi vida mucho mejor que a mis padres. A ellos no les he reconocido casi nunca lo mucho que han hecho por mí. Porque asumía que era su obligación y además juzgaba que cumplían con ella de modo poco eficiente. En los bares doy las gracias cuando me ponen un café que he pagado. Ya es hora de agradecer también lo que de verdad importa.

 

 

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