No seas como la cuchara. Historias de Engaku-ji

por Alicia Pérez Gil

Engaku-ji, Alicia Pérez Gil, escribir, leer, vivir, amar

Este es el KAIKI BYOU, un mausoleo en el que se venera a tres grandes personalidades del periodo Kamakura, pero a nosotros eso nos da igual. En el anverso del folleto que explica los motivos de la veneración está escrita esta historia. Traduzco (Del inglés, traduzco del inglés).

La cuchara

Aunque la cuchara se sumerge en sopa muchas veces a lo largo de un día, no es capaz de apreciar el sabor de esa sopa. Pero, a diferencia de la cuchara, una sola gota de sopa en tu lengua te trasmitirá todo su sabor. Esto significa que no importa  que conozcas a las personas más honorables o que leas los mejores libros si eres insensible como una cuchara. Es del todo inútil leer buenos libros o recibir una gran educación si eres incapaz de aprehender la sabiduría a través de tus experiencias. Aquellos que intentan alcanzar la paz inflingiendo daño a otros nunca serán capaces de liberarse de las cadenas del resentimiento hacia sí mismos. No debemos cultivar este tipo de insensibilidad. Deseemos que este año sea mejor que el pasado y recordemos hacer algo bueno, por pequeño que sea, cada día.

Y tras poner mi incienso en esa fuentecita de piedra clara que se ve en la foto, me dirigí al hall principal de este mausoleo, donde había un tatami y se podía uno sentar al fresco y  pensar en lo sensible y lo no tan sensible de su vida. Como en todos los halls principales, en este había un cartel de “quítese usted los zapatos que esto es un recinto sagrado y además así me limpia usted el suelo con los calcetines”. Yo llevaba sandalias y me senté para quitármelas. Con tan buena suerte que mi estupendo, redondo y apetecible culo golpeó el cartel, el cartel rodó por las escaleras con un estrépito mortal y adiós a la paz zen.

Creo que no me había puesto tan colorada desde tiempos inmemoriales que sí recuerdo pero que no voy a relatar. Lo peor fue, además del ruido que me identificaba como una occidental mastuerza y mastodóntica, que el desastre me pilló con una sandalia puesta y la otra no, así que no pude salir corriendo en busca de la tablilla y restablecer así el orden divino de las cosas. Afortunadamente, una chica que tomaba te verde con pastelillo se apiadó de mí y recogió el desastre.

Cuando encuentre el modo de contados los antecedentes de este episodio comprenderéis por qué casi me echo a llorar. De momento, disfrutad con el cuento de la cuchara y no tiréis nada al suelo, haced el favor.

 

Anuncios